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Josu de Solaun
JULIO-AGOSTO 2015 / Número 887

Josu de Solaun

El pianista ante el espejo

Nada más sentarnos con Josu de Solaun, que almuerza a horas inusuales para acostumbrarse al jet lag de su traslado a España desde su residencia en Nueva York, de su conversación fluyen sus admiraciones hacia la música y las artes sin discriminación alguna. Como se habla de George Enescu, del que está asociado tras lograr el Primer Premio en el Concurso Internacional de Bucarest y del que se encuentra grabando para Naxos su obra completa para piano, se habla igualmente de poesía y de cine y se habla de Tarkovsky y de un arte que debe hacer reflexionar como reflexiona la protagonista de El espejo, poético filme que ha dejado su huella en el pianista. De Solaun defiende el reconocimiento a quienes le formaron y reconoce igualmente la fuerte influencia que ha ejercido una ciudad como Nueva York en su formación como músico. Recalca la música de Granados y Schumann como parte importante de su repertorio, señalando ese fascinante periodo de finales del XIX y principios del XX como cocedero de creaciones innovadores que abrían puertas sin cerrar otras. 

Nació en Valencia pero a los 17 años se trasladó a Nueva York, ciudad en la que desde entonces reside…

Me fui en realidad con 15 años, la primera vez. Desde pequeño estudié en el Colegio Americano de Valencia, por lo que siempre estuve familiarizado y vinculado con esa cultura. Soy bilingüe desde los 4 años. Nueva York siempre había ejercido sobre mí una fuerte influencia; hogar de artistas multidisciplinares, muchos de ellos grandes músicos, espacios físicos que en el cine tenían mucha presencia, siendo yo como soy un amante del séptimo arte, Nueva York (NY), por decirlo de algún modo, era mi ciudad, parafraseando el comienzo de Manhattan de Woody Allen. Con aquellos 15 años que tenía entonces, mi colegio hizo un intercambio con otro colegio público de NY. Una de las profesoras que había tenido ese colegio neoyorquino había conocido a un valenciano y se había enamorado, trasladándose a Valencia e impartiendo clase en el Colegio Americano de Valencia, en un pequeño pueblo a las afueras llamado Puçol. Gracias a ella, que organizó el intercambio, pude ir con otros compañeros a NY, quedándome prendado de la ciudad. Posteriormente hice unas pruebas de selección para la Manhattan School of Music, donde había una profesora que había sido alumna directa de Heinrich Neuhaus, el legendario profesor de Richter, Gilels o Lupu y del que yo me había leído en profundidad uno de sus libros, “El Arte del Piano”. Para mí, pensar que había una señora que era condiscípula de estos pianistas, con los que me había criado escuchando sus grabaciones, y que además vivía en Nueva York, fue una gran oportunidad. Y así fue, en España contacté con ella y tras unas pruebas obtuve unas becas, tanto españolas como americanas. Y me marché a la gran manzana…

Y desde entonces esa es su ciudad…

Desde entonces, sí. Pero desde el año pasado en parte también vivo en Houston, donde soy profesor de la S. Houston State University. Pero los últimos 16 años los he vivido completamente en Manhattan. Para bien o para mal, me siento neoyorquino; la ciudad me ha formado como persona y como músico.

Alumno de una escuela tan prestigiosa como la Manhattan School of Music…

Es una escuela que Pau Casals ayudó a su fundación en 1917, junto con un fantástico pianista, Harold Bauer. Mi experiencia, teniendo en cuenta que NY es una ciudad de emigrantes, por lo que ha reunido a músicos de las procedencias más diversas, es que podías encontrarte con músicos escapados del régimen soviético, pero que ahora enseñaban allí. Había una curiosa mezcla. Mis dos grandes influencias fueron Nina Svetlana (que fue la primera mujer del director Evgeni Svetlanov), con la que estudié 6 años, y el gran pianista nacido en Cuba pero nacionalizado americano Horacio Gutiérrez, que fue a NY de la misma forma que tantos otros, escapando del régimen político de su país. Tuve acceso a una formación que podríamos decir que fue rusa, además de la posibilidad de estudiar composición con un compositor italiano muy bueno, Gian Paolo Bracali, que había sido alumno de Stravinsky y Nadia Boulanger y que estudió dirección orquestal con Leonard Bernstein…

Otro icono en NY…

Desde luego… En música de cámara también estudié con Isidore Cohen, que fue uno de los miembros del Cuarteto Juilliard y del Beaux Arts Trio y David Soyer, cellista del Cuarteto Guarneri. Además de estudiar con el director de orquesta Bruno Aprea, a quien considero un genio, y quien ha influido mucho en mi manera de entender la música. NY me dio la oportunidad de formarme con eminencias musicales y culturales muy ricas, casi en vías de extinción, sin contar toda la oferta cultural que tienes a tu disposición: las mejores orquestas, solistas, directores, etc.

¿Considera que puede existir una escuela pianística americana?

Si hay una cosa que la define podría ser esa especie de eclecticismo. Se podría decir que en los sesenta y setenta se fraguó una escuela con gente como Garrick Ohlsson, Horacio Gutiérrez, Murray Perahia o Richard Goode, mientras que una generación anterior también la motivó, como William Kapell, que ha sido el gran pianista americano, o el mismo Van Cliburn o Gary Graffman. Las dos principales fuentes de la que bebe la escuela americana son la eslava (la rusa) y la alemana.

Cómo se considera, ¿más pianista o más músico?

A través del piano soy músico, sin él no soy músico. Sería como decir si se es aristotélico o platónico… En este sentido me decanto por lo primero.

Porque aún no ha dado ese paso que dan muchos pianistas, que llegan a convertirse en directores…

A pesar de que me haya formado en la dirección orquestal, soy reacio a la idea de que simplemente por ser buen pianista puedes llegar a ser buen director. Ser un buen director es algo muy difícil.

¿Cómo son sus programas pianísticos? ¿Hay mucho siglo XX?

Estudio todo el repertorio, del Barroco a nuestros días, pero el que elijo para presentarme ante el público es con el que tengo una mayor afinidad. Hay dos periodos con los que me siento muy ligado, cierta parte del romanticismo alemán, sobre todo Brahms y Schumann, siendo éste mi compositor preferido. Este es un núcleo importante de mi repertorio; el otro periodo sería los compositores que habitan entre dos siglos, en el XIX y XX, de 1870 a 1930, esos creadores de lenguajes muy propios, de una fertilidad creativa impresionante.

Compositores que habrían puertas sin cerrar otras…

Exactamente. Me atrae mucho esa síntesis entre la tradición y la vanguardia, esos instantes en los que no se rechaza la herencia recibida pero, al mismo tiempo, se abren puertas mirando al futuro. Hablamos de músicos como Janácek, Szymanowski o Scriabin…

Creadores con lenguajes muy propios…

Son músicas muy sincréticas y fértiles, con lenguajes absolutamente personales. Hablamos también del primer Schoenberg, de Berg, de Enescu o de la música rusa de esa época, que es maravillosa. Y sin ir más lejos, es la época también de mayor esplendor en la música española.

Y hablando de música española, como pianista español residente en NY, ¿le piden que toque música española en sus recitales?

No por ser gaditano se va a tocar mejor Cádiz de Albéniz. O por ser polaco se va a tocar mejor a Chopin. Son cosas que a muchos programadores les gusta destacar, pero que en la mayoría de las veces no tienen nada que ver.

Qué cosas dice usted, cómo si un chileno llegara a tocar bien Schumann o Beethoven…

Habla por Arrau… Es otro ejemplo más. De todas formas, toco mucha música española. Se tienen como los dos grandes de España a Falla y Albéniz, incluso internacionalmente, pero yo me decanto más por Mompou y especialmente Granados, con el que tengo mucha afinidad.

Hace poco le escuché en concierto unos preciosos Valses Poéticos, dónde hay mucho de Schumann…

Sí, hay mucho Schumann en ellos, y también mucho Grieg. De hecho, en el ADN de la música de Granados el cincuenta por ciento proviene de Schumann y Grieg. Su entendimiento de la música folklórica española es muy distinto a como lo entendían Albéniz y Falla; la influencia de Pedrell fue muy importante en todos, pero en Granados hay también algo muy propio. Para mí, Granados es un genio de una altura inconmensurable, entendió el instrumento, el piano, como muy pocos compositores. Quizá solo podrían ponerse a su altura Chopin o Rachmaninov. Hay grabaciones suyas en las que se escucha a un pianista impresionante. Y hay un conocimiento del instrumento, de las capacidades ornamentativas del piano, del uso del pedal y un elemento de variación muy esencial en su música. A mí, que me gusta improvisar, acabo conectando muy bien con esto. Y no solo está el Granados de Goyescas o de las Danzas, está el Granados de los Valses Poéticos y de las Escenas Románticas. Estas Escenas son, seguramente, la mejor obra para piano escrita en España en el siglo XIX. Granados es un compositor al que dedico buena parte de mi estudio, tengo pensado grabar también las Goyescas, que las llevo estudiando muchos años.

Su respuesta me obliga a hacerle esta pregunta, ¿tiene alma de poeta?

Qué casualidad, soy lector de poesía desde muy joven y también la escribo, de hecho algo me han publicado e incluso una actriz española, Edith Checa, ha recitado mis poemas en Radio Nacional. Es una forma de serle infiel al piano…

Stendhal decía que todas las artes le habían llevado a la música, en su caso ¿la música le ha llevado al resto de las artes?

No soy muy hegeliano y no creo que todas las artes sean lo mismo y solo es el material lo que cambia. Cada arte tiene sus propias categorías cerradas. Sin embargo, si tuviera que encontrar relaciones entre la música y las otras artes, para mí hay tres que son claves, la poesía, el cine y el teatro. Son tres formas artísticas muy presentes en mi vida. Son artes que van en la misma dirección, como la música, van hacia delante. Si observamos un cuadro podemos regresar cuando queramos a cualquier punto del mismo, pero en la música, la poesía y el cine es el creador el que nos guía hacia delante, el retroceso viene de la repetición, como un recuerdo de lo que no debemos olvidar. Y en la dramaturgia, en una obra de teatro la labor del actor es lo más parecido a un músico intérprete. Como lector de poesía leo abundantemente a Luis Cernuda, podría recitarle poemas completos de memoria; también a Valente. De los poetas vivos me encanta Álvaro Valverde, con el que mantengo cierta correspondencia, o Justo Navarro.

La misma poesía tiene una línea melódica en su recitado…

Sí, esa es una de las tantas conexiones, pero también los parámetros de construcción. En la poesía la metáfora es muy importante, como la música, que funciona también a un nivel muy connotativo. No creo que la música sea abstracta, ni mucho menos. Lo que ocurre es que tiene un campo semántico, si así puede llamarse, muy amplio. Y en este aspecto la poesía se parece a la música, sugiere más que dice algo concreto.

El problema que se tiene a veces con la poesía es tratar de entender su significado, cuando en ese momento solo hay que dejarse llevar por la misma belleza de las palabras…

Eso es así, pero siempre tiene un sentido, aunque no sea fácil de acotar. Exactamente como en la música. En el cine, a nivel de construcción, la similitud con la música es muy grande, ambas transcurren en tiempo real. Si tuviera que hablar sobre cine en este instante, quizá no habría revista para repasar mis pasiones y mis cineastas… Hablamos de los Tarkovsky, Antonioni, Bresson…

Ha citado a Bresson y eso no es cualquier cosa…

Vi hace poco en NY una retrospectiva sobre Bresson y pusieron Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s'est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956), una película maravillosa, con música de Mozart. De Tarkovsky me gusta mucho una película llamada El espejo (Zerkalo, 1975), que no es un cine fácil, pero que es una absoluta joya, contando que Tarkovsky tenía unos grandes conocimientos musicales. La música es un personaje más, usa con frecuencia la música de Bach…

Y ahora cita a Bach, y eso no es cualquier cosa…

Tengo una relación muy compleja con Bach. He pasado épocas de mi vida en las que pensaba que uno no debía tocar a Bach en el piano, pero llevo unos años escuchando a András Schiff en directo y me ha convencido de todo lo contrario. También escuché a Murray Perahia hacer una versión de la Cuarta Partita que me hizo reflexionar. Bach es una piedra de toque para cualquier músico. Estudio el Clave bien temperado todos los días, siendo una columna vertebral de toda mi formación. Otra cosa es presentar a Bach en el contexto de un recital, que no le he hecho muy a menudo, y no sé qué pasará en el futuro…

A quien sí está muy vinculado es a George Enescu, cuya música conoce muy bien, entre otras cosas porque obtuvo el Primer Premio del Concurso Internacional de Bucarest que lleva su nombre…

Mi relación con la música de Enescu viene de antes de lograr este Premio. He tocado mucha música de cámara en mi vida, por diversas circunstancias, primero porque he tenido que trabajar de pianista acompañante en mis años de estudiante, siendo una de las maneras de hacer una de las músicas que más me gustan. Los profesores que mencioné anteriormente son grandes músicos de cámara y ellos me volcaron esa pasión en este repertorio. Creo que fue en el año 2001 cuando toqué con un flautista una obra de Enescu llamada Cantabile y Presto, un Enescu más de juventud, no es precisamente una música del Enescu más maduro, pero ahí conocí al compositor. Más adelante comencé a escuchar referencias admirativas de otros músicos como Menuhin, que había sido alumno de él. Pero la gran epifanía me ocurrió con un disco del sello ECM, donde Leonidas Kavakos y Peter Nagy interpretaban de manera asombrosa la Tercera Sonata para violín y piano del compositor, y ahí fue cuando comencé a profundizar más en su música. No solo era un compositor fascinante, y uno de los más grandes violinistas de todos los tiempos, sino también un pianista de primera categoría, que acompañaba a Oistrakh, Casals, etc. Era un director requerido por la New York Philharmonic, era un profesor muy requerido; lo tenía todo.

Pero es un maldito

Sí, debería estar ahí con Stravinsky, Bartók o Schoenberg. Y no está entre ellos por muchas razones, una de ellas porque era una persona excesivamente humilde, no tenía ningún interés y ninguna habilidad en la autopromoción. Su música fue apropiada por el gobierno, su instrumentalizó políticamente. Las ediciones de sus obras eran muy difíciles de conseguir; tenía contratos con, entre otros, Salabert y Enoch en París, que no volvieron a hacer muchas copias de su música, ni siquiera los editores rumanos se preocuparon mucho de ella… Hasta hoy en día es difícil encontrar partituras de Enescu, incluso en Rumania. Si no fuera por Internet, que ha sido la que ha relanzado su música en los últimos diez años, la música de Enescu sería de muy difícil acceso. Que Enescu no se conozca mejor es de las pocas cosas que no acabo de entender. Un sociólogo debería hacer un estudio de recepción sobre esto…

Cuando interpreta esa alucinante Primera Sonata para piano, suele dirigirse a los espectadores de la sala, sea la que sea, salvo excepciones, apuntando que estarán con toda seguridad ante su primera audición de la obra…

La gran tragedia de Enescu, por llamarla de algún modo, fue que su fama de violinista nubló por completo su faceta social como compositor. Es ligeramente parecido a lo que le ocurrió a Rachmaninov en Estados Unidos, donde era conocido sobre todo como un virtuoso del piano. Enescu era un violinista de tal talla, que eclipsó por completo al compositor, aunque hay que decir que curiosamente en Estados Unidos se le respetaba mucho como compositor. Y contestando y ampliando su pregunta, vi que había un concurso muy histórico, enmarcado dentro de un Festival Enescu, una institución que abarca más actividades además del Concurso. El Festival se fundó en 1958 por el gobierno comunista anterior al de Ceacescu, que era bastante pro ruso, en una época en la que se intentaba que hubiera más contacto entre occidente y Rusia; la Segunda Guerra Mundial estaba todavía muy presente… Este Festival fue creado con la ayuda de Menuhin, y en las primeras ediciones del Festival asistían todos los grandes, desde Rubinstein a Arrau, de Nadia Boulanger a Carlo Zecchi, Stravinsky, Lipatti, en fin, la crème de la crème. El Concurso de Piano se instauró, y a día de hoy se han celebrado trece ediciones, dos quedaron desiertas y se han dado once primeros premios. Si le enseño imágenes de participantes del concurso, está la historia de la interpretación del piano del siglo XX (el entrevistador aclara que así fue, ya que Josu de Solaun envió un e-mail con fotografías de las páginas de los programas de cada edición, estando en ellas pianistas fundamentales del siglo XX, muchos de ellos no premiados, como suele ocurrir…), como los españoles Rafael Orozco, Cristina Bruno, Albert Atenelle, Enrique Pérez de Guzmán, o ganadores del mismo como Leonskaja, Lupu, Alexeev…

Josu de Solaun…

Sí… Yo me presenté con la idea de mi último concurso y con la intención añadida de empaparme de todo el Enescu que pudiera. Le cuento brevemente la historia porque es algo surrealista. El Concurso costeaba los gastos de estancia a cada concursante ya admitido, hospedándonos en buenos hoteles. Pero yo quería hacer un viaje distinto… Mi idea era más buscar que concursar, aunque iba muy bien preparado. Con todos los respetos a la organización, no acepté el hospedaje que me ofrecieron, prefería no compartir habitaciones con los demás concursantes, prefería ir a solas. En una página web de alquilar de casas y apartamentos, vi una que se adaptaba muy bien a mis necesidades. Una vez en Bucarest, el taxista me llevó a la dirección de la casa que había alquilado a través de la web y curiosamente era la “strada” (calle) George Enescu, concretamente en el número 7, mi número de la suerte. Una vez allí, la casera me preguntó el por qué de mi visita a Bucarest y le informé de mi participación en el Concurso del Festival, que todo el mundo conocía en Bucarest. Ella, asombrada por mi participación en el Concurso, me giró y me señaló una placa en el portal en la que se indicaba que Enescu había vivido en esa casa entre 1939 y 1945, los años de la Segunda Guerra Mundial, en el piso de más arriba en el que yo me hospedé. Era un piso antiquísimo, del siglo XIX, que me conectó completamente con Enescu. El Concurso era en la Sala Athenaeum, una sala que durante el siglo XX ha acogido a los mayores músicos y que tiene una acústica excepcional. Tras ir superando pruebas, y sin pensar mucho en mi positiva evolución prueba a prueba, me encontré en la final, tocando con la Filarmónica de Bucarest el Concierto n. 1 de Tchaikovsky.

Y lograr el Premio Enescu le vinculo evidentemente con su música…

Sí, para Naxos me surgió la posibilidad de grabar su integral de la obra para piano en tres discos, en la que actualmente estoy enfrascado y que saldrá en 2016. Lo interesante de Enescu es que en su música se ven dos fuentes, por una parte la influencia del aspecto motívico y variacional de Brahms a la par que del contrapunto bachiano y, por otra, el uso no funcional de las armonías de la estética francesa. Hay impresionismo, si puede definirse así, pero también mucho contrapunto. Estas dos fuertes influencias tienen su causa en que estudió de joven en el Conservatorio de Viena, donde llegó a conocer a Brahms y a tocar como violinista en la misma orquesta que dirigió Brahms. Posteriormente a su graduación en Viena, se trasladó a perfeccionarse al Conservatorio de París, que estaba en las antípodas estéticas del de Viena. Estudió composición con Fauré, en la misma clase de Ravel y Casella. Esta es la gran victoria de su música, que es partícipe de dos tradiciones casi opuestas. Y en este sentido él es un compositor increíble, ya que al escuchar a Enescu escuchas a Bach, Brahms, a Strauss y Wagner, pero igualmente se escuchan a Ravel, Debussy, Couperin; en definitiva, hay una vertiente neoclasicista muy raveliana y una vertiente expresionista muy presente, como puedes encontrar en un Berg, todo unido por un pegamento fundamental que es su conciencia nacional, su profundo conocimiento de la música y el folklore de Rumania y de los Balcanes. La mezcla es un cóctel-molotov.

Su ópera Edipo fue una constante durante toda su vida y su cumbre...

Fue una ópera que le obsesionó durante décadas, de 1910 a 1936. Toda su música para piano, como la Primera Sonata, retomando en parte su observación anterior, está imbuida de esa obsesión con el tema del destino, la fatalidad. Con la tensión entre el determinismo y el libre albedrío, esta era su obsesión personal. En su música se percibe un gran conflicto entre lo estático, lo que está predeterminado, con el intento de romperlo. Básicamente es una tensión entre forma e improvisación, una tensión entre la sugerencia germana y la francesa. Su fertilidad y su riqueza hacen que su música sea la de uno de los grandes genios de la historia de la música. Su música es de segunda escucha, es como una película que hay que ver varias veces para captar su dimensión. Enescu es como un Tarkovsky.

Como amante de estos compositores “fuera del circuito”, me ha llamado la atención que la música que suena al entrar en su web sea Malipiero…

Es un compositor italiano que me fascina. Aunque su música para piano no sea su mejor parcela, es de una belleza muy poco usual. Es un compositor a descubrir, pero es la de Gian Francesco, no Riccardo.

¿Y el Josu de Solaun profesor?

Como profesor lo más importante es desbloquear y ayudar para entender la música y las cualidades del músico. Liberar a la persona, que haya un vínculo fuerte entre la voluntad musical y lo que se realiza, es decir, la técnica. Un músico hoy en día no puede simplemente tocar un instrumento, tiene que saber escribir sobre música, transmitir… El piano no agota el campo de la música. Trato de hacerles ver a mis alumnos algo sobre las artes contemporáneas a la obra que se están estudiando en ese momento. Creo en el rigor del arte, el arte no es solamente territorio de lo lúdico, aunque lo engloba, no puede reducirse a eso.

Es un pianista que prefiera acabar un recital con un pianissimo o con fortissimo

Entiendo por qué lo dice, pero, a veces, el preciosismo tímbrico es como una especie de virtuosismo invertido, siendo casi más narcisista que el virtuosismo primario. No se trata de acabar en pianissimo en contraposición al fortissimo. Trato de ser fiel a ciertos principios estéticos que tengo, pero el hedonismo tímbrico, la valoración del sonido por el sonido, sin mensaje, no acaba de estar en mi modo de entender la música. El sonido no debe primar sobre el contenido, en caso contrario sería una violación de los principios en los que creo.

¿Se deja llevar por las emociones o las controla?

Hay dos procesos y ambos son muy misteriosos. El proceso de preparación de una partitura es bastante racional. Hay análisis, trabajo, repetición. Progresivamente se va pasando a un proceso más emotivo, hasta llegar al escenario, donde el estado es de trance, hablando a nivel metafórico.

¿Qué música no estaría en uno de sus programas?

Diría quizás que el Clasicismo vienés, Haydn, Mozart y Beethoven, que los he tocado mucho. Quizá con Haydn conecto más y si soltara una herejía, diría que es el más grande de los tres… Toda su música es de excepcional maestría, desde la obra de cámara a la ópera, pasando, claro, por el piano y la sinfónica. Me identifico también con Haydn porque veo mucha conexión con Schumann. Aunque hay que dejar claro que tanto Mozart como Beethoven son dos iconos de la cultura occidental, dos genios absolutos, y es irrelevante que yo los toque más o menos…

Y hablando de Schumann, ¿habría sido otro sin una chica llamada Clara?

Schumann no fue el único compositor que se enamoró… Hay mucho mitificado sobre esta relación. La quinta descendente, que se asocia como vinculo directo con Clara, está en Schumann mucho antes de conocerla. Para Schumann Clara funcionó como un ideal distante. La relación de Schumann con Clara respondía a un tropo romántico por excelencia, esa amada inalcanzable… Una vez que Schumann se casó con Clara, su música se volvió más conservadora, menos radical que cuando Clara era una fantasía inaccesible. Reducir la música de Schumann a aspectos exclusivamente autobiográficos es desvirtuar el potencial modernista y restarle importancia en su lugar en la Historia de la Música.

Algunas de las mejores obras para el piano de Schumann también llevan una voz, como los Dichterliebe

Adoro estos ciclos, así como los de Schubert, que he tocado bastante. Una de mis grandes influencias musicales viene de Catherine Malfitano, la soprano americana. Con ella he trabajado y estudiado y me ha dejado una huella, como músico y como persona, de una hondura tremenda. En mi manera de hacer música persigo muchísimo el vocalismo, la línea melódica debe estar presente y ser reconocible.

Esto me lleva a preguntarle sobre Chopin…

Es un compositor en el que hay una tensión muy fuerte entre la tradición y la pasión codificada vocalmente, es una mezcla de disciplina absoluta y pasión total. Encontrar el punto donde realmente habla la música de Chopin, un lugar muy concreto, es muy difícil. Generalmente el que toca Chopin se decanta por uno de los dos lados, que es donde se siente más cómodo. Estar continuamente en el lugar donde se produce el cortocircuito entre esos dos extremos es lo maravilloso, pero exige un estado de entrega tremendo, uno acaba exhausto. Esta frontera en Chopin es como andar como un trapecista sobre la cuerda, tal vez por eso lo programo menos de lo que me gustaría…

¿Y pianistas? ¿Escucha a sus colegas?

Por supuesto, es como un joven poeta que dijo recientemente que no leía poesía, menudo disparate… Tengo un amor muy grande por Alfred Cortot e Ignaz Friedman, entre los históricos (con Cortot estoy casi obsesionado), y entre los “vivos”, admiro muchísimo a Lupu, Schiff y a Perahia sobretodo, pero nombraría también a muchos más, como el checo Ivan Klansky o el búlgaro Evgeni Bozhanov, dos pianistas maravillosos.

Y con su vida en EE.UU, ¿qué recuerda de su etapa española?

Hay que reconocer que cada músico no nace espontáneamente, como se lee a menudo en sus biografías, donde omiten a sus profesores. Es justo recordarlos siempre y reconocer su labor. Tuve tres profesores de piano en España, quienes me prepararon antes de marcharme a Estados Unidos. En primer lugar, mi primer profesor de piano fue Ricardo Roca Padilla, un gran pianista, cuyo disco de piano contemporáneo español es ya una referencia. En segundo lugar, a mi principal influencia en España, la genial y desgraciadamente fallecida pianista mexicana María Teresa Naranjo, alumna predilecta de Magda Tagliaferro, quien a su vez estudió con Alfred Cortot, de ahí mi pasión por él. María me enseñó casi todo lo que sé sobre tocar el piano, en especial a prestar atención a las diferentes calidades del sonido. En tercer lugar, pero no menos importante, a Ana Guijarro, por su increíble sabiduría musical y pianística, su fe en mí, su apoyo y su amistad durante todos estos años. Me gustaría también poder agradecer a los agentes que me han ayudado, como Carlos Magán, entre 2007 y 2011. O desde 2011 hasta ahora (y esperando que muchos años más) a Iberkonzert, en especial a Juan Carlos Sancho y María González, pero también a Raquel Urquijo, Carmen Bolaños y Saray García. Sin su ayuda, tesón y dedicación constante, no habría llegado hasta donde he llegado hoy. Les debo mi carrera. Son personas dedicadas a la promoción de la cultura musical en una época en la que nadie se lo pone fácil. A pesar de todo, ellos siguen luchando por todos nosotros. Y por último, agradecer a Margarita Morais y la Fundación Eutherpe, el director de orquesta Juan José Aguado Baena y el Estudio de Música Pentagrama en Valencia, que tanto me ayudaron y a quienes nunca olvidaré.

¿Qué nos espera de usted en los próximos meses?

Acabo de cerrar una gira por China en agosto de 2016, en las siguientes ciudades: Beijing, Tianjin, Dalian, Xi’an, Chongqing, Shanghai, Suzhou, Nanjing y Guangzhou. Del mismo modo, en la temporada que viene, tengo un concierto en el Festival de Ravello en Italia con la Orquesta de la Fenice de Venecia (Triple de Beethoven), dos actuaciones distintas con la Orquesta Sinfónica de Bilbao (Noches de Falla y el Concierto n. 1 de Tchaikovsky); el Primero de Rachmaninov con la Orquesta de Valencia, el Primero de Brahms con la Filarmonica Paul Constantinescu de Rumania y el Segundo con la Washington Idaho Symphony y con la Port Angeles Symphony. También saldrá el disco de Les Noces de Stravinsky en Naxos con JoAnn Falletta y, también para Naxos, los 3 CDs de Enescu del que ya hemos hablado. Además tendré conciertos en EE.UU, en las Bahamas para la Nassau Music Society y proseguiré mi labor pedagógica en la S. Houston State University.

Discos, conciertos…, un futuro muy intenso, que seguiremos con atención bressoniana desde RITMO. Gracias por su tiempo.

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Por Gonzalo Pérez Chamorro
Fotografías de oniricafotografos.com

 

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