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Silvia Sanz
MARZO 2014 / Número 872

Silvia Sanz

Y el valor social de la música

Silvia Sanz pertenece a esa brillante generación de músicos españoles que son el máximo exponente del siglo XXI. Es el claro ejemplo del artista moderno que, además de forjar una sólida carrera en la dirección orquestal, su fuerte compromiso social le ha llevado a desarrollar otras facetas profesionales vinculadas a la pedagogía, la divulgación musical e, incluso, la gestión cultural. No en vano, Silvia Sanz acumula una experiencia de casi 20 años al frente de orquestas infantiles y juveniles, así como en la organización de encuentros orquestales. Su capacidad para exprimir los sonidos y la naturalidad con que construye un discurso musical se ponen de manifiesto cada vez que dirige a la Orquesta Metropolitana de Madrid, la Orquesta Infantil Jonsui, la Madrid Youth Orchestra (MAYO) y el Coro Talía, agrupaciones que conforman el Grupo Concertante Talía, un singular proyecto con el que está consiguiendo sus mayores éxitos artísticos y personales. Cercana y profundamente comunicativa, Silvia Sanz nos recibió en la sede del GCT para hablarnos de sus inicios, inquietudes y de su gran pasión, la música.

Remontándonos a sus inicios, ¿cómo fueron sus primeros contactos con la música y, más concretamente, con la dirección orquestal?

Lo tuve bastante claro desde el principio porque he estudiado distintos instrumentos polifónicos, piano que es muy completo, guitarra que también es capaz de sacar muchísimos sonidos distintos… pero me faltaba algo. Quería tocar un instrumento que lo tuviera todo y el único instrumento que lo tiene todo es la orquesta. Una agrupación orquestal ofrece todos los sonidos, todas las notas posibles y, además, a la hora de trabajar, no lo estás haciendo con un instrumento inerte al que tú le das vida, sino que ya tiene vida propia porque estás trabajando con otros músicos. Y me parecía precioso. No soy consciente de si me levanté una mañana y me planteé ser directora de orquesta, pero aparecen detalles en mi vida; grabaciones de cuando era pequeñita, con cinco años, que se me escucha en una grabadora decir: ‘Yo quiero dirigir el coro’, en un cumpleaños cuando toda la familia nos disponíamos a cantar. No recuerdo en qué momento quise estudiar dirección, pero la vida te lleva. Es mi vocación.

Usted se ha formado con grandes maestros de la dirección coral y orquestal, entre otros, Helmuth Rilling y Aldo Ceccato. ¿Cómo han influido sus enseñanzas a la hora de crear su propia personalidad artística?

Mi personalidad artística es el reflejo de la visión musical de cada uno de los dos. Aldo Ceccato es un hombre muy pasional, es latino, italiano, y de él me ha influido la fuerza e intensidad con que afronta cada concierto, el entusiasmo con que dirige los ensayos, la euforia que desprende al enfrentarse a una partitura. Nunca se cansaba tras largas horas dirigiendo. Terminaba un ensayo y seguíamos conversando sobre las incidencias de la jornada, seguía dándome clase y compartiendo conmigo sus profundos conocimientos. Con Rilling profundicé en los aspectos técnicos y musicales esenciales para dominar el repertorio sinfónico-coral, la cuadratura de las piezas y a tener todo en la cabeza. Es un hombre que dirige todo de memoria, hasta las obras de estreno absoluto. Me acuerdo de él cada vez que estudio e interiorizo una partitura, ya que me enseñó las claves para tener, en todo momento, el control de la obra que estoy dirigiendo. Creo que Bach es distinto desde que Rilling está en este mundo.

Desde sus inicios, usted ha desarrollado una gran labor pedagógica y de divulgación musical, movida por un fuerte compromiso social…

Todos tenemos una misión. Para mí la música es algo tan grande, tan maravilloso y tan infinito que no puede acabar cuando yo no esté. Tengo que transmitir al resto del mundo el amor que siento por la música y cómo puede cambiar corazones, sentimientos, estados de humor e incluso mover montañas…Y toda esa ilusión me ha llevado a desarrollar el Grupo Concertante Talía y todo lo que conlleva este proyecto artístico, pedagógico y de divulgación musical. Esa fuerza se la debo a los niños que están empezando y a la gente que nunca se ha acercado a un concierto. Podría haberme dedicado simplemente a la dirección, pero seguramente no estaría tan llena. Simplemente, el ver que chicos que han empezado conmigo desde muy pequeñitos ahora son músicos profesionales y te dicen que se engancharon a la música gracias a la orquesta de los niños o porque en la orquesta juvenil teníamos un ambiente tan maravilloso que sus compañeros de entonces ahora son sus mejores amigos, para mí es la mayor satisfacción. Esa función pedagógica la tenemos que hacer los músicos profesionales para formar nuevos públicos, para hacer que la gente se acerque a la música clásica y a cualquier tipo música. Es una labor en la que hay que trabajar poco a poco, paso a paso, sin esperar resultados a corto plazo. Es crear una sociedad más unida a través de la música.

La figura de Leonard Bernstein ha tenido mucho que ver en la visión que usted tiene del director de orquesta como un músico integral que debe ir más allá…

Sin duda. Para mí Leonard Bernstein es todo un referente. En mi opinión, era de los músicos más completos: compositor, además de un pianista maravilloso y uno de los mejores directores del siglo XX. Era capaz de sacar con una mirada, con los gestos, todo lo que llevaba dentro. Y, además, el arte que tenía para la comunicación, para conseguir que la música se acercara a los jóvenes a través de sus conciertos pedagógicos y didácticos, pero también al público no entendido. No hay duda que la divulgación de la música a través de los medios de comunicación tuvo en él a un auténtico pionero. Cuando empecé a estudiar dirección Bernstein ya no estaba; pero si ahora mismo resucitara, recorrería medio mundo simplemente para sentarme y verlo dirigir. Hay vídeos suyos dirigiendo, como el final de la Segunda de Mahler, que lo puedo ver 50 veces y siempre me emociono.

¿El año 1996 qué le sugiere?

El inicio del Grupo Talía. Fue entonces cuando decidí tener mi propio hijo y formar un proyecto, un coro de cámara y una orquesta de cuerda con los que quería abordar sobre todo el repertorio barroco. En aquel momento no podía imaginar que el Grupo Talía podría llegar a situarse donde se encuentra ahora, con la Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía y su temporada estable de cuatro conciertos en el Auditorio Nacional, por un lado, y  su proyecto pedagógico orquestal con la Orquesta Infantil Jonsui y la Madrid Youth Orchestra. Con cariño, mucho trabajo, ilusión y cuidando muy bien a ese equipo que está detrás, se pueden conseguir unos magníficos resultados artísticos. A la primera de cambio no podemos tirar la toalla, sobre todo si tenemos en cuenta los tiempos que corren. A lo último a lo que se presta atención es a la cultura, y más concretamente, a la música. Lo que nos faltan son ayudas o subvenciones, pero hay que seguir. En ese sentido, siempre he sido una mujer muy emprendedora, que tira siempre hacia delante porque no estoy sola en esto, sino que hay mucha gente detrás de este maravilloso proyecto.

Sí porque además de dirigir, hay que destacar su faceta como gestora.

Podría centrarme única y exclusivamente en mi carrera artística, pero también me gusta mucho el trabajo de gestión. Estoy pendiente absolutamente de todo, desde si falta un enchufe en la oficina a si no funcionan las lámparas de las salas de ensayo. Si ha llamado alguien porque quería un presupuesto, hago personalmente todo el seguimiento. Lo saben todos aquí (risas). Es cuidar lo que tienes y no dejar que tu casa se deteriore.

Y gracias a esta labor, a través de un convenio con el Ayuntamiento de Madrid y las Juntas Municipales de Hortaleza y Ciudad Lineal, el GCT tiene su sede en el Centro Cultural Sanchinarro y dispone de otros espacios en el Centro Cultural Joaquín Turina.

Efectivamente. Disponemos de varias aulas en los que hacemos los ensayos parciales y generales abiertos al público, así como multitud de actividades musicales gratuitas. Hasta junio tenemos hasta 60 actividades entre ciclos pedagógicos, conferencias, charlas, cursos de especialización, cineforum, conciertos familiares… Me parece muy importante que los padres disfruten con los niños de las mismas actividades. Tenemos que conseguir que los papás y los niños, incluso los abuelos, puedan disfrutar de un espectáculo común, todos juntos, sin que ninguna de las partes se aburra. Y en ello estamos trabajando, en ese objetivo final que me he marcado de conseguir que la música se convierta en un elemento dinamizador de la sociedad.

Precisamente, otra de las estrategias del GCT para acercar la música al gran público es salir a la calle.

Es una forma de abrirnos a otros públicos. Creo que estamos en un momento en el que tenemos que conseguir que el público se aproxime a nosotros y que no vean la música clásica como algo aburrido, difícil e inaccesible. En esa idea de acercar la música clásica a otros públicos, organizamos conciertos en la calle, veladas nocturnas en verano, encuentros orquestales… En Centroeuropa llevan muchos años haciendo actividades de este tipo con mucho éxito. ¿Por qué no podemos organizar conciertos en los que participe el público con nosotros? Hay que buscar nuevas propuestas. En nuestra temporada estable de conciertos ofrecemos programas alternativos, dedicados a la música de cine y a otros géneros musicales como el soul, el jazz, etc., pues quién no nos dice que aficionados a esos géneros musicales salgan encantados del concierto y, la próxima vez, decidan asistir a un concierto de música sinfónico-coral. Además, organizamos conferencias previas a los conciertos en las que un especialista les va a explicar de forma amena qué es lo que van a escuchar. El Auditorio Nacional no tiene que dar miedo, lo mismo que el Teatro Real al que puedo ir en vaqueros y no pasa nada. Hace muchos años que estamos hablando ya de otro tipo de música clásica, de otro tipo de interacción con el público que viene a escucharnos. Y en esa línea estamos trabajando porque es el futuro.

Volviendo a los buques insignias del GCT, el Coro Talía y la Orquesta Metropolitana de Madrid. ¿Cómo han evolucionado, en su opinión, estas dos agrupaciones desde su creación? ¿Cómo organiza el trabajo?

Cuando decidimos meternos en una temporada de conciertos en el Auditorio Nacional, nos pilló el peor momento ya que coincidió con el comienzo de la crisis. Pero, con mucho esfuerzo e imaginación hemos conseguido que tenga una estabilidad increíble y un público cada vez más fiel. Esta ya es nuestra tercera temporada en la Sala Sinfónica del Auditorio y ya estamos preparando la próxima. Hay miembros del coro y de la orquesta que llevan conmigo desde que empezamos, hace casi 20 años, y esto ha permitido que exista una mayor comunicación entre nosotros y que el empaste sea perfecto. Hay veces que corto un ensayo y es muy divertido porque digo: ‘Violines segundos tenéis que…’, y enseguida me responden: ‘Ya’. O hago cambios sobre la marcha que, simplemente con una mirada, ellos ya comprenden. Y me está pasando incluso con los niños, que miras a uno y te piden perdón por un fallo. Cuando se produce ese alto grado de comunicación entre los músicos y el director es cuando se obtienen los mejores resultados artísticos. Un concierto puede ser completamente distinto, dependiendo de lo implicado que esté el público. El director de orquesta se encuentra entre los músicos y el público, canalizando toda la energía que se traduce en una mayor motivación de los profesores de la orquesta y de los cantantes del coro. Es ahí donde se produce la magia…

En cuanto a cómo organizo el trabajo de las dos agrupaciones, sin duda, viviendo al límite. Necesitaría muchas más horas al día. El trabajo que hago con el coro y la orquesta funciona porque me encargo de dirigir a las dos agrupaciones. Primero, hago los ensayos parciales con el coro todos los martes, independientemente de si queda mucho o poco tiempo para el concierto. Ensayo luego con la orquesta aparte, para cerrar con el trabajo en conjunto de la orquesta y el coro. Esta parte va mucho más rápido dado que soy yo la que marco los tempos y las mismas articulaciones en uno y en otro; sería distinto si el coro tuviera su propio director y tuviera que estar cambiando después las articulaciones. Además, los miembros de las dos agrupaciones se conocen muy bien y trabajan con mucha ilusión y mucha complicidad. Los comienzos siempre son complicados, pero en la actualidad las dos formaciones son capaces de mantenerse en el panorama musical madrileño con importantes logros artísticos.

¿Qué criterios sigue a la hora de elaborar la programación de la temporada?

Nosotros nos debemos a nuestro público y por eso intento que la programación abarque distintos géneros y estilos musicales, alternando obras de gran repertorio como la Novena de Dvorák, con otras menos conocidas como el Gloria de Poulenc, la música de cámara e incluso con otras iniciativas de carácter más festivo, como nuestro Concierto de Navidad o de fin de temporada, con presencia de soul, jazz, swing…que están teniendo una gran acogida. Evidentemente, a mí de vez en cuando me gustaría programar otro tipo de repertorio, pero tenemos que ser realistas. El GCT no tiene ningún tipo de ayudas, ni públicas ni privadas, y nuestros ingresos son a través de la taquilla. Luego, tenemos que ser inteligentes porque es el público el que puede sacarnos de la situación actual. Tenemos que preocuparnos por descubrir qué es lo que el público quiere escuchar y animarlo a asistir a nuestras salas de conciertos, con programas con los que les podamos enseñar a escuchar también esa otra música que no conoce. Hay que conseguir darle una de cal y una de arena. Normalmente, el público sale de nuestros conciertos diciendo: ‘Yo venía a escuchar la Quinta de Beethoven, pero resulta que la obra que he escuchado en la primera parte también me ha encantado’. Esta es una labor muy a largo plazo, pero se puede conseguir. De hecho, no creo en el éxito inmediato. Quiero dejar proyectos artísticos de poso y que la gente disfrute con la música tanto o más que yo. Mi vida sin música no existiría, y creo que la de mucha gente, lo que pasa es que no son conscientes de ello.

Dentro de su vertiente pedagógica, el GCT agrupa a otras formaciones como la Madrid Youth Orchestra y la Orquesta Infantil Jonsui. Es la mejor manera de ir creando cantera.

La pedagogía musical es otra de mis grandes pasiones. Seguramente, no todos esos niños que están empezando con nosotros o los que han pasado por nuestras orquestas infantiles y juveniles van a ser músicos profesionales en un futuro; pero sí, son un público potencial, que sabrá escuchar la música de una forma más abierta y crítica. Por otra parte, todos somos conscientes de los beneficios que la formación musical tiene entre los niños y los jóvenes. Pertenecer a una agrupación musical, ya sea una orquesta o un coro, potencia aspectos fundamentales en el desarrollo de las personas. Un niño muy activo, se centra; un niño muy tímido, se abre. Desde muy temprano se adquieren valores tan importantes como la constancia, la responsabilidad, el compromiso y el deseo de superación. La sensación de sentirse parte de un grupo es fantástica por muchas razones. El grado de comunicación y de unión que se produce entre los miembros de una orquesta infantil es como el de un equipo de fútbol, que va evolucionando y del que se sienten orgullosos. Luego, esos niños crecen y llegan a los 14 ó 15 años, esa edad tan difícil en la que se aíslan del resto del mundo. Son capaces de estar una tarde entera con un amigo sin hablar, cada uno jugando con una maquinita. De ahí el papel tan importante que ejerce la música en su educación. Saben que de su trabajo depende el del resto y que no pueden dejar colgado a un compañero. Y eso está pasando con nuestras orquestas juveniles. Los niños que han pasado de la orquesta infantil a la juvenil, se sienten mayores y los protectores de los más pequeños; y los más pequeños ven en los mayores un modelo a seguir. Además, hay muchísimas salidas profesionales relacionadas con el mundo de la música, no solo como instrumentista. En cualquier trabajo, lo primero que te piden son aficiones. Quién te dice que no vayas a una entrevista de trabajo y la persona que te esté entrevistando tenga conocimientos musicales y puedas tener una conversación sobre ópera, sobre orquestas famosas y eso a lo mejor te da puntos. La formación que te da la música clásica facilita el aprendizaje de idiomas y aporta una sensibilidad especial hacia el resto de las actividades artísticas…No entiendo como no se le da en este país la importancia que tiene.

¿Qué diferencias hay entre dirigir una orquesta profesional y una agrupación de niños de 6 años?

La técnica de dirección orquestal es la misma cuando dirijo a los músicos profesionales de la orquesta que cuando dirijo a los niños o al coro. Lo que cambia es la psicología, que no nos enseñan en la carrera y que vas aprendiendo con la experiencia. Es saber hasta qué punto puedes forzar la máquina para obtener los resultados artísticos que persigues. En una orquesta profesional puedes forzarles en un 100% y no pasa nada. Pero a los niños tienes que llevarles a tu terreno de otra forma, tienes que motivarles de alguna manera. Los ensayos tienen que ser más distendidos, con bromas, con ejemplos divertidos, que si en un momento no sale una pieza, luego les hagas un guiño… Es mucho más trabajo dirigir una orquesta de peques porque no sólo tienes que conseguir que la agrupación funcione musicalmente a pesar de las limitaciones internas y externas que se producen, pues muchos de ellos no cuentan con instrumentos de calidad, sino que además tienes que ilusionarles con lo que están haciendo, hacerles ver su potencial y que traten de dar lo mejor de ellos mismos.

Siguiendo con su faceta pedagógica, ha estado involucrada en interesantes proyectos solidarios con la Orquesta Sinfónica Juvenil de El Salvador o en Addis Abeba, donde ha colaborado con la única escuela superior de música en Etiopía. ¿Cómo fue la experiencia?

En el Salvador hay un movimiento de orquestas infantiles y juveniles que sigue el modelo de “El Sistema” creado por José Antonio Abreu en Venezuela. Se trata de conseguir alejar a los niños y jóvenes de los entornos violentos y de las situaciones de exclusión social a través de la formación musical. He tenido la suerte de poder dirigir en varias ocasiones a la Orquesta Sinfónica de El Salvador y siempre ha sido muy enriquecedor. En mi último viaje, dirigí un concierto en el que participaron 400 músicos sobre el escenario, ya que a la orquesta juvenil se juntaron distintos coros, con la particularidad de que uno de ellos estaba formado por sordomudos. Para mí fue una experiencia única dirigir un coro que hacía música simplemente con los gestos de sus manos. También tuve oportunidad de trabajar con niños ciegos, alguno autista…Para muchos era su primer contacto con la música y la experiencia les permitió perder el miedo escénico y aprender a expresar sus sentimientos. El que termine un concierto y que te venga un niño a darte un beso (y la mamá te diga que eres de las pocas personas a las que su hijo se ha acercado espontáneamente a demostrarle su cariño) resulta muy enriquecedor. Todas esas cosas son las que te hacen pensar en esa otra dimensión social que tiene la música, que va más allá de que consiga que una obra suene más rápida o más lenta, con esta afinación o con la otra.

A Addis Abeba he viajado en dos ocasiones para poner en marcha la única orquesta de Etiopía, en colaboración con la única escuela superior de aquel país, la Yared School of Music*. Cuando llegué a Etiopía por primera vez, no se había celebrado un concierto de música sinfónica desde hacía 40 años. La orquesta no disponía de determinados instrumentos; no había oboes, ni fagotes, por lo que hubo que hacer algunos arreglos. Tuvimos que hacer un duro trabajo, pero el concierto fue todo un éxito. Esta última vez, hacíamos un trocito del Capricho español, de Rimsky-Korsakov y en el primer ensayo me di cuenta de que nos faltaba la pandereta. Llevaba en la maleta parte de los instrumentos, las castañuelas, porque conseguirlas en Etiopía es un poco complicado, un triángulo… pero no teníamos pandereta. Ya no teníamos tiempo material para que nos mandaran una desde España, así que me senté con ellos para ver qué podíamos hacer. Al día siguiente, cuando llegué al ensayo, me encuentro a un niño dando golpes con una piedra a unas chapas de botella. Las engarzó en un alambre que sujetó en un palo a modo de tirachinas… La “pandereta” la guardo en casa de recuerdo. Evidentemente, el efecto sonoro no era el de una pandereta, pero más allá de los resultados musicales, lo importante era el grado de implicación y de intercambio que se había creado entre nosotros. Un día les dije: ‘Coged los atriles y las sillas que nos vamos a tocar a la calle’. En principio me miraron como si estuviera loca. Nos pusimos a ensayar en el patio de la escuela. Tengo fotos en las que se ve a los niños pegados a la barandilla de la entrada de la escuela mirando con la boca abierta; a lo mejor era la primera vez que veían un violín… La gente que pasaba por la calle también se paraba. Posiblemente era la primera vez que escuchaban un concierto de música clásica; y para los chicos era todo un orgullo que sus propios vecinos les vieran tocar, ya se sentían parte de un proyecto.

También impartiste un taller de dirección orquestal. ¿Ha seguido la orquesta en funcionamiento?

Por desgracia no. La agrupación no ha seguido haciendo ensayos porque no cuentan con una persona con liderazgo para llevarla adelante. En este último viaje, el día que nos despedíamos me decían: ‘Y no te interesaría quedarte con nosotros y estar un par de años viviendo aquí’. Y ya les dije que tenía muchísimo trabajo en España. Pero ellos lo siguen intentando. Todas las semanas me mandan un email en el que me dicen que me echan de menos y me preguntan cuándo vuelvo. Este tipo de experiencias te crean unos lazos afectivos y un grado de satisfacción y realización personal que están muy por encima de los resultados artísticos.

El próximo 8 de marzo, la Orquesta Metropolitana y el Coro Talía ofrece su tercer concierto de la temporada en el Auditorio Nacional. ¿En qué va a consistir?

Vamos a interpretar un programa en torno a Falla y su tiempo. Me hace muchísima ilusión, primero porque me siento muy española y muy madrileña (risas). Será porque como a lo largo de mi carrera he tenido que viajar mucho fuera, escuchar o dirigir música española en el extranjero es para mí todo un orgullo. No en vano, tenemos músicos y compositores de primera fila, y un bagaje musical que, aunque sin tanta tradición como el centroeuropeo, es igual de valioso desde el punto de vista artístico. Y segundo, porque hacía mucho que no dirigía a la orquesta y al coro con obras de autores españoles. Por eso pensamos dedicar la segunda parte a Falla, uno de los compositores españoles que más admiro. Ofreceremos una selección de El amor brujo, El sombrero de tres picos y La vida breve; y una primera parte en la que interpretaremos obras de otros autores españoles de la misma época, como Turina, Albéniz o Granados.

¿Qué nuevos retos se plantea de cara al futuro? ¿Ya puede adelantarnos algo de la próxima temporada?

Como siempre iremos paso a paso, primero preparando el último concierto de la temporada que, como ya es tradición, estará dedicado a la música de cine para cerrar con un programa distinto, de carácter festivo. Será el 31 de mayo y estáis todos invitados. Para la próxima temporada, continuaremos con los cuatro conciertos en el Auditorio. No puedo desvelar aún la programación. Puedo adelantar que en Navidad no habrá una nueva “Noche de Soul” pero sí un concierto sorprendente. Y, por supuesto, seguiremos con nuestros conciertos extraordinarios con distintas empresas privadas, fundaciones y ONGs para recaudar fondos para la educación infantil, así como para promocionar a nuestros jóvenes valores.

+ Info: www.grupotalia.org

Por: Elena Trujillo Hervás 

Foto de Portada: Manuel Pavón. 

* En YouTube podemos disfrutar del extraordinario trabajo que Silvia Sanz llevó a cabo con la orquesta de la Yared School of Music de Addis Abeba: www.youtube.com/watch?v=U1dZP9QYDck

 

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