Ritmo "On Line"
Las grandes óperas
Selección de grandes óperas con el detalle de sus personajes, trama, comentario y versiones discográficas de referencia. Cada mes un nuevo título.

Strauss, R.: Elektra

Strauss, R.: Elektra

Los personajes 

Elektra. Protagonista de la obra. Es la hija de Agamenón y Klytämnestra; hermana de Orestes y Chrysothemis. Tremendamente difícil papel para una soprano dramática de gran resistencia física y personalidad dramática. Ha de cantar en una tesitura que va desde el Sol2 hasta el Do5, y está permanentemente en escena.
 
Chrysothemis. Se mueve entre el Sib2 y el Dob3, es decir, una soprano lírica de buena gama. El rol es menos exigente que el anterior, y el personaje también, por su carácter, menos enajenado, envolvente y extremo que el de Elektra.
 
Klytämnestra. La asesina de Agamenón a manos de su amante Egisto. Es un rol de mezzosprano que también cantan sopranos dramáticas de voz flexible. Su tesitura abarca desde el Sol#2 al Sol#4.
 
Orestes. El vengador de su padre, Agamenón. Mata a Klytämnestra y a Egisto tras regresar de su exilio. Es una papel corto pero importante en el relato dramático. Se trata de un barítono que canta entre Sib1 y el Sib3.
 
Egisto. Muy breve papel que puede cantar un tenor lírico o un ligero. Va desde Mib2 al Sol.
 
La trama
 
Hofmannsthal utilizó, básicamente, el texto de Sofocles para escribir su maravilloso libreto. Como es sabido, la historia se desarrolla una vez finalizada la Guerra de Troya. A su regreso, Agamenón es asesinado por Egisto, en connivencia con Klytämnestra, su amante y esposa de aquél. La ópera gira, así, en torno a los conflictos que se van creando entre las dos hermanas, Elektra y Chrisothemis, ante su madre, Klytämnestra. Y esos conflictos tienen su origen en la distinta postura que cada una de ellas adopta ante una posible venganza, cuya organización ha de correr a su cargo ante la imposibilidad de hacerlo su hermano Orestes, exiliado desde la muerte del rey.
 
A partir de la historia Strauss y Hofmannsthal desarrollan un denso y carnoso drama sicológico de tremenda y espesa atmósfera sonora. El personaje de Elektra evoluciona hacia la degradación y la locura para acabar en la aniquilación (¿el descanso espiritual?), una vez materializada la venganza, mientras que Chrysothemis, más preocupada por formar una familia, tener hijos y ser feliz, marca un contraste que podríamos denominar político: en una sociedad en la que el arte de la guerra y el manejo de las armas corre a cargo de los hombres, la hermana “buena” suspira por el regreso de Orestes para cumplir su misión, frente a una Elektra impaciente y nada sumisa a sus obligaciones sociales y políticas; se crea, por esa actitud, enemigos por todas partes, lo que agudiza su desaforado comportamiento, repleto de fantasmas internos. Klytämnestra, por su parte, vive artormentada por el peso de la culpabilidad; sus terroríficos sueños son confiados a su hija Elektra, de la que recibe el más singular de los consejos: un sacrificio... pero de ella misma. La impaciencia de Elektra llega a su límite cuando recibe la noticia del fallecimiento de su hermano; urge desenterrar el hacha para hacer efectiva la venganza, cuando llega un extraño que resulta ser Orestes. La última secuencia marca la muerte de Klytämnestra y Egisto a manos del hijo del rey (en un lúgubre ambiente, cuya asfixiante atmósfera es creada musicalmente por un Strauss en auténtico estado de gracia), y la de la propia Elektra, que tras una loca danza de alegría por haberse consumado su soñada venganza, cae, rota, de manera fulminante.
 
Historia
 
Elektra es la cuarta ópera de Richard Strauss y la primera escrita sobre un libreto de Hugo von Hofmannsthal. De las tres anteriores es necesario significar el título anterior, de 1905, la seguramente más popular Salomé, que sin duda abre un camino de modernidad en el que Elektra alcanza el final. Más tarde El caballero de la rosa, Ariadna en Naxos o La mujer sin sombra llegarán a ese mismo límite de modernidad pero desde otro enfoque expresivo y, sobre todo, sico-dramático. La música en Elektra, de marcado acento expresionista, se entremezcla con la palabra, que adquiere una inusitada importancia: nada parecido en la ópera alemana desde Wagner, y seguramente de una mayor audacia teatral, entre otras cosas porque Hofmannsthal fue, evidentemente, mejor libretista que Wagner. Otro audacia a resaltar en Elektra es su complejo armónico, al que por cierto el propio Strauss se refirió diciendo que con esta ópera llegaba “al límite de la armonía”. La obra fue estrenada en Dresde, el 25 de enero de 1909.
 
 
Las versiones discográficas
 
  • Regina Resnik, Birgit Nilsson, Marie Collier, Gerhard Stolze, Tom Krause. Coro y Orquesta Filarmónica de Viena/Sir Georg Solti. Decca, 4173452. 2 CDs.
  • Leonie Rysanek, Asrid Varnay, Catarina Ligendza, Dietrich-Fischer Dieskau, Hans Beier. Orquesta Filarmónica de Viena/Karl Böhm. D.G., 0044000734095. 2 DVDs.
  • Waltraud Meier, Deborah Polaski, Alesandra Marc, Joahn Botha, Frank Struckmann. Coro de la Ópera Estatal Alemana de Berlín. Staatskapelle Berlin/ Daniel Barenboim. Teldec, 4509991752. 2 CDs.
 
Tratándose de la música que se trata, es decir de una de las obras maestras más indiscutibles de la ópera moderna, no se puede afirmar que esté tratada discográficamente con mimo. Entre los clásicos se puede citar a Beecham y Mitropoulos como intérpretes interesados en la pieza; en un segundo término cronológico habría que referirse a Böhm, Karajan o Solti; y ya prácticamente en nuestros días a Sawallisch, Ozawa, Abbado, Sinopoli o Barenboim. Si se trata de ecoger tres opciones, ¿con cuáles me quedaría? El lector ya habrá visto, por las carátulas y las descripciones expuestas arriba, cuáles son. Ahora sólo me resta decir por qué.
 
Hay dos opciones indiscutibles. La primera, sería la de Solti, una edición de 1967 que me parece ha pasado a la historia del disco como un hito; lo es por varias razones. La primera porque, como solía hacer el maestro húngaro cuando acertaba de verdad, llamó a las cosas por su nombre, sin más complicaciones; aquí está claro: unos cantantes de poderío vocal e interpretativo y una orquesta impresionante en el límite de sus posibilidades para descender a la inmensa caverna sonora en la que Strauss, después de horadar la tierra con una imponente perforadora, metió a sus personajes; sus tétricos, neurotizados y un punto primitivos personajes. En otras palabras: una versión bestial, la que a uno más le pide el cuerpo para una obra tan alucinantemente brutal como esta. Y en ese sentido son ejemplares las intervenciones de los cantantes, que es justo lo que transmiten: sentimientos en estado puro, egoístas y únicos, quintaesenciados dentro de un complejo sonoro imponente y acongojante. En fin, una maravillosa burrada.
 
Pero la segunda, la de Böhm para el vídeo, de alguna manera su testamento operístico, no le anda a la zaga; e incluso en algunos aspectos es superior porque los cantantes, un equipo de lujo, matizan más, probablemente porque sus actuaciones están más perfiladas, por tratarse de un filmado sobre la versión musical. La interpretación se convierte, así, en un espectáculo visual y musical de esos que sólo acontecen de tiempo en tiempo.
 
La versión de Barenboim, por último, es interesante y singular, pero desigual. No comprendo que de un temperamento tan volcánico como el del argentino pueda salir un experimento como su Elektra, una versión que, en general, tiende a la introversión. Sus razones tendrá, supongo. En el grupo de las cantantes hay una maravilla irrepetible y un, a mi entender , error de bulto grave. La primera, la mejor Klytämnestra que he escuchado nunca. Encarnada en Waltraud Meier, es, sencillamente, la que mejor explica por qué la magnicida se comporta como se comporta. Pero frente a ella, su hija Elektra (una Polaski bastante confundida en el estilo y la vocalidad), rara vez nos hace comprender cabalmente sus razones para la venganza. Es de esperar que en las funciones del Real veamos a otra Poslaski. En fin, el resto es bueno, y es necesario reseñar que la dirección de Barenboim va a más en el transcurso de la obra.
 
Por: Pedro González Mira
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