Ritmo "On Line"
Las grandes óperas
Selección de grandes óperas con el detalle de sus personajes, trama, comentario y versiones discográficas de referencia. Cada mes un nuevo título.

Wagner, Richard: El holandés errante

Wagner, Richard:  El holandés errante

Los personajes

El holandés. Montado en su barco de velas rojas y acompañado por la marinería zombi surca los mares eternamente. Fue castigado por el diablo por enfrentarse a él al intentar cruzar el paso de un intransitable cabo. Su castigo: cada siete años desembarcará en un puerto para buscar una mujer que le redima de su pecado. Papel para bajo con importantes agudos. Se le exige resistencia en más de un pasaje, pero sobre todo carácter, amplitud, mucha dimensión dramática.

Senta. Hija de Daland y prometida de Erik. Será la redentora del Holandés. Personaje de tintes surreales que premoniza la grandeza de aquel a quien, sin embargo, ella ha de salvar de la ruina. Papel para una soprano dramática que se mueva con soltura en lo alto de la tesitura.

Daland. Capitán de barco. Un hombre egoísta, exasperantemente burgués y de espíritu mercantilista. Otro bajo, pero de menor envergadura y presencia. Pero se le exige una importante parte canora.

Erik. Cazador. Locamente e irracionalmente enamorado de Senta; esta le viene muy grande. No sabe ni quiere comprender lo que sucede con ella y el extranjero holandés; también eso le viene enorme. Un tenor de línea de canto italiana.

Mary. Ama de Senta. Mezzosoprano.

Timonel. Tenor lírico. Pequeño gran personaje: él nos informa de los aspectos de la vida marinera del lugar, las verdaderas claves de las relaciones que se establecen entre los personajes principales.

Coro. Importantísimo rol de marineros, los noruegos de Daland y los muertos vivientes de El holandés.

La trama

La ópera ha de representarse sin cortes entre actos. Comienza con una tempestad. Daland y los suyos han sido apartados del puerto y ahora regresan a casa. Un marinero hace la guardia, nos habla de la vida marinera, pero el cansancio y el sueño le vencen. Un enorme barco de velas rojas se aproxima. Desembarca el Holandés, que explica quién es y por qué está aquí: condenado a vagar por los mares con sus marineros muertos-vivientes, cada siete años dispone de un día para encontrar a una mujer que lo ame con absoluta fidelidad y sin condiciones. Esa será su redención. A continuación aparece Daland, con quien negocia cómo conocer a su hija Senta. Le ofrece riquezas y tesoros a cambio, y Daland se entusiasma ante él para tan formidable idea.

Ya en el segundo acto, Senta, su criada Mary y las hilanderas charlan mientras trabajan en la casa. Senta se dirige hacia un cuadro para contar sus deseos de redimir al protagonista retratado en el lienzo. Lo hará amándolo. Ante tal perspectiva el joven Erik reclama a Senta lealtad. Senta mira hacia otro lado. Llegan Daland y el Holandés, quien queda fascinado ante la muchacha. El amor se hace mutuo desde el primer momento.

Tercer acto. Coro de marineros noruegos. Celebran su llegada a puerto. Invitan a sus compañeros del barco del Holandés, pero los espectrales marinos no responden. Mientras tanto, en la casa de Daland Senta y Erik tienen más que palabras, lo que produce un malentendido entre ella y el Holandés, que piensa que no le es fiel. Senta, para demostrarle que está equivocado, se lanza al mar. El barco se hunde y sobre él aparecen los espíritus de Senta y El holandés abrazados.

Comentario

El holandés errante es una ópera que ha ido ganando valor a través de los años. Tras las dos óperas de juventud (Las hadas y La prohibición de amar) y la musculosa Rienzi, Holandés no solo es el primer gran logro dramático de Wagner, sino una obra que puede mirar de frente a cualquiera de las otras dos de la trilogía llamada romántica (con Tannhäuser y Lohengrin), y antes de meterse en harina (el  drama y la obra de arte total). Nace impulsada por el mito del judío errante, una leyenda que Wagner conoció a través de diversas lecturas, pero sobre todo a raíz de tomar contacto con una obra de Heine, las Memorias del señor Schnabelewopski, referida al asunto de la redención por el amor.

Wagner tenía en su cabeza la obra cuando salió de Riga junto a su esposa Minna en dirección a París. Pero lo que sucedió en el barco que les llevaba, un viejo cascarón cargado de cereales que estuvo a punto de naufragar en varias tormentas a cual más salvaje, precipitó su escritura. El capitán se vio obligado a atracar en un puerto noruego, y aquel paisaje, aquellos colores acerosos, aquel mar indómito y aquel sufrimiento definieron el espacio físico de la obra. A la postre, quizá lo más impresionante de la misma, y seguramente lo más creíble. El músico ganó en las dos óperas siguientes, pero tengo muchas dudas acerca del dramaturgo, del hombre de teatro: para mi gusto Holandés es la más auténtica de las tres y la que, desde luego, me genera mayor empatía.

El estreno absoluto tuvo lugar en Dresde, en 1843. Pero Wagner la tuvo que reformar, porque eso de que los tres actos fueran seguidos se llevaba mal. Tuvo también problemas con la escritura del relato de Senta (la famosa Balada), que tuvo que bajar de tono, porque la soprano de turno no podía con ella. Al paso de los años hubo más reformas, aunque la pieza siempre conservó su atractivo inicial, una maravillosa relación entre fondo y forma, una locuaz sinceridad y una ausencia total de ´grasa´ lírica y dramática. Wagner, después de Holandés, nos enamora cada vez. Pero rara vez lo vemos tan directo, tan expeditivo, tan, insisto, veraz.     

Las versiones discográficas           

Seguramente más de un lector pensará que soy un antiguo en mis recomendaciones. Seguro que lo soy, pero mejor ser antiguo que mentiroso: hace muchos años que no escucho un disco con un Holandés que me guste. Y como ya no estoy para contemporizar, solo hablaré de lo que me gusta, y ya está.

Me sigue pareciendo que las dos versiones que me apetece escuchar (versiones musicales; hablamos de discos) son las de Otto Klemperer (Emi, 1968) y Daniel Barenboim (Teldec, 2001). Y por razones bien distintas. La de Klemperer es una interpretación poco fina, muy contundente, que poco tiene que ver con la tradición interpretativa wagneriana. La de Barenboim, en cambio, sí recibe directamente la herencia del mejor Knappertsbusch. Es un Holandés el suyo de pura síntesis entre fondo y forma, entre la realidad dramática impulsada por el alemán y la técnica orquestal al servicio de esa realidad. Es muy curioso (para mí, naturalmente: sé que en esta materia hay quienes opinan exactamente lo contrario) que no se suela ver esta relación, que hay un empeño en defender que tras Kna, la nada, y que desde luego este señor no dejó seguidores.

Seguramente eso sea verdad, pero en el caso que nos ocupa, invito al lector a que escuche el Holandés que dirigió Kna en Bayreuth en 1959 y este de Barenboim; si lo hace sin prejuicios encontrará agradables sorpresas. Por lo que se refiere al Wagner de Klemperer, lo que impera aquí sobre todo es un complejo sonoro apabullante que siempre está al borde del límite, pero sin hacer esfuerzos. Es increíble cómo este señor movía los muros del gran sonido con solo su respiración, cómo sin esfuerzo y una naturalidad insultante hacía mover las masas sonoras. Era único en eso hasta haciendo Mozart.

Hay otras opciones a conocer, pero ninguna moderna. No es recomendable, sorprendentemente, la de Solti (Decca, 1977). Y por ejemplo es excelente la de Antal Dorati (1962) y magistral la de Fritz Reiner con el descomunal Hans Hotter  en el Met neoyorquino (1950), fotografía que reproducimos más abajo. Y en DVD me gusta mucho el montaje de Harry Kupfer para Bayreuth (toma oficial: 1985). Y en fin, decir que no hay un reparto vocal perfecto en ningún caso. Normal.       

Foto: Con dirección de escena de Àlex Ollé (La Fura dels Baus) llega al Teatro Real El holandés errante.
Acred: Jean-Louis Fernández 

por Pedro González Mira

 

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