Ritmo "On Line"
Discos para la historia
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BELCANTO: The Tenors of the 78 Era.

BELCANTO: The Tenors of the 78 Era.

BELCANTO O CÓMO ESCUCHAR CON LOS OJOS

Arrojen confeti y descorchen su mejor botella de vino, pues vuelve al mundo de los vivos la mítica serie “Belcanto: The Tenors of the 78 Era”, que filmara a finales de los noventa el gran Jan Schmidt-Garre, al que muchos recordarán por sus legendarios y proverbiales acercamientos visuales a ese obelisco sonoro con patas que fue Sergiu Celibidache. Editada primigeniamente por EuroArts, se presenta de nuevo repleto de sorpresas para regocijo de aficionados despistados, además de con un rejuvenecedor lifting (sus inmortales imágenes se han trasvasado a formato panorámico) que deja en entredicho aquello de que la arruga es bella. Ese “78” del título original es el acrónimo esgrimido para dar nombre a esos primeros discos de gramófono comercializados que giraban a la velocidad de 78 revoluciones por minuto, ya que en su esencia la serie es un rendido homenaje y un fascinante retrato de aquellos tenores que con sus emblemáticas voces pusieron banda sonora a la primera mitad del siglo XX.

Endiosados pioneros que lograron registrar su privilegiada voz delante de un artilugio del demonio como era el micrófono. Doce son las divinas gargantas agasajadas. Aunque la lista es irreprochable (no sobra nadie), alguien podría echar en falta a los Lorenz, Pertile, Tagliavini, Patzak o nuestro Miguel Fleta. Esa docena de elegidos para la gloria son: Caruso, McCormack, Slezak, Schipa, Tauber, Melchior, Gigli, Thill, Rosvænge, Kozlowsky, Schmidt y Björling. La sensación al enfrentarse a ellos es la misma que se percibe al abrir un gigantesco libro de Historia.

La duración de cada uno de los 13 episodios (existe un capítulo extra dedicado a la factura técnica) abarca media hora y su estructura narrativa es general y reiterada para toda la serie. Pese a todo, cada capítulo adquiere personalidad y vida propia, por lo que puede ser disfrutada a trocitos y por separado. Rodada en su integridad en blanco y negro y con subtitulado patrio, el sabio realizador acierta de lleno a la hora de recrear y retratar los ambientes de la época vivida por el susodicho tenor, intentando hacer tangible mediante la fuerza de la imagen cinematográfica, su tiempo y las circunstancias vitales y profesionales que le rodearon. De ahí que, por ejemplo, el dedicado a Caruso (uno de los mejor y más bellamente confeccionados) nos traslade hasta una tienda de ultramarinos (los populares grocery) del neoyorquino barrio de Little Italy. O para sumergirnos en la menuda silueta de Joseph Schmidt transitemos una sinagoga, donde descubriremos sus orígenes como jazán (el cantor guía del templo), visitemos una granja bávara cerca de donde vivió Leo Slezak o transitemos el coro de la iglesia irlandesa en la que despuntó el genio vocal de John McCormack, antes de lograr vender cuatro millones de discos con su canción “I hear you calling me!”. Y todo narrado bajo una enfática mirada repleta de nostalgia y admiración, que hace que muchos nos emocionemos, ante su ilimitado poder de añoranza por unos tiempos que jamás volverán.

Mejorar lo inmejorable

Cada capítulo posee denominadores formales comunes, como los breves apuntes biográficos o ese enternecedor manoseo de viejas fotografías que resucitan el fantasma del artista. Los documentales además están plagados de sabrosísimos registros visuales y sonoros del retratado. Filmaciones restauradas y felizmente recuperadas (algunas de carácter privado y casero), de incalculable valor museístico (ideal para fanáticos coleccionistas). Documentos notariales que certifican la unicidad de la voz dibujada. Los comentarios y análisis del experto en canto Jürgen Resting (para entendernos, el Arturo Reverter alemán), salpica los retratos abriéndonos las orejas de par en par. A ellos se les complementan los ofrecidos por otro ilustre analista, Stefan Zucker, que nos lleva de la mano en este didáctico viaje sobre la evolución del “ars canendi” durante el siglo pasado. De la febril rama carusiana (germen del que descenderán casi todos los tenores del siglo XX), al claroscuro de Gigli, pasando por la irrepetible messa di voce de Schipa, haciendo un alto en el arte de la modulación de Tauber o embelesarnos con ese arrollador fenómeno de la naturaleza que fue Melchior. A sus valores pedagógicos y formativos, se le unen los meramente musicales, pues uno puede simplemente disfrutar (sin más divagaciones) con los numerosos pasajes ofertados.

Es obligado hacer una mención especial a algunos de sus estupendos capítulos. Como, por ejemplo, por su riqueza y monumentalidad histórica, el dedicado a la sollozante megaestrella Enrico Caruso. Delicioso el consagrado al gigantón danés de Lauritz Melchior (con la aparición estelar de la gran Astrid Varnay), ese tenor mitad cantante mitad superhéroe, que Wagner buscó siempre en vida sin llegar nunca encontrarlo. Su hijo Ib, sentado en el Festspielhaus de Bayreuth junto al nietísimo Wolfgang Wagner, nos muestra la partitura que usaba para encarar sus más de doscientos “Tristanes”. El dedicado a Ivan Kozlovsky nos sumerge en la terrorífica Moscú estalinista. La gran Elisabeth Söderström nos introduce el cosmos vocal del inalcanzable Jussi Björling, que en palabras de la viuda de Caruso (Dorothy) era “el único digno de poder llevar su corona”.

Para mejorar lo inmejorable, a los filmes se le han añadido unos jugosos bonus. Un DVD con filmaciones completas, sin cortes, de algunos de los tenores de la lista, así como dos entrevistas de media hora (en inglés y sin subtítulos) de Stefan Zucker y John Steane, sobre los orígenes del canto moderno. A los dos cuadernillos (en inglés) con ensayos y fichas con notas de cada capítulo, se le incluyen dos impagables CD con la banda sonora restaurada de la serie. En ellos podemos sondear la sima con el “canto fiorito” del último de los castrati, Alessandro Moreschi, o la antediluviana cantilena de Fernando de Lucia. Y es que no podemos pretender conocer el presente sin haber echado antes un vistazo a nuestro áureo pasado. Un verdadero tesoro que todos tenemos la obligación de volver a desenterrar.

Javier Extremera

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