Ritmo "On Line"
Discos para la historia
Selección de grabaciones fonográficas y audiovisuales de referencia, con su presentación y crítica. Cada mes diez nuevos títulos.

Birgit Nilsson: A league of her own.

Birgit Nilsson: A league of her own.

BIRGIT NILSSON: LA HIJA DEL GRANJERO

Producido por su propia fundación y esculpido en ese cuarzo que caracterizó su indestructible voz, sale a la palestra mercantil para conmemorar el centenario de su llegada a este mundo, este completo, didáctico, ameno y divertido retrato de la artista, que podríamos traducir como “Birgit Nilsson: una categoría propia” (es un crimen que estas joyas documentales no contengan subtitulado patrio). En espera de ver si un día publican en este país su libro de memorias (“La Nilsson”), esta nueva aproximación fílmica a ese monumento canoro con falda, bebe de muchas y variadas fuentes para su ejemplar cimentación (entrevistas, representaciones de ópera, conciertos, videos caseros, fotografías, artículos de prensa, testimonios de artistas de ayer y hoy…). Puesta al día que complementa aquel filme de los años sesenta, en el que la cámara de Eric Nilsson se convertía en inseparable sombra, olisqueando sobre su vida mientras recorría medio planeta.

Resulta curioso que la gélida Suecia pariera a las que quizá fueran las dos voces (cada una en su sexo) más abrasadoras del siglo XX: Björling y Nilsson. Heredera y sucesora directa de otra deidad escandinava, Kirsten Flagstad, su voz poderosa y fornida, de atronadora resonancia, era capaz de convertir la gigantesca orquesta wagneriana en una agrupación liliputiense. Su energía y capacidad de aguante, los altísimos decibelios, esa depurada técnica y unos agudos sobrehumanos alcanzados de forma natural (sin esfuerzos, ni sudores), auparon a la Nilsson a la cúspide vocal de toda una era (su áurea y referencial discografía así lo refrenda). Esa emisión marmórea e irrompible, que la convirtió en altar wagneriano, se puede resumir con una de las anécdotas que nos narra la soprano Irmgard Seefried, que asegura que en el inmortal cuarteto de Fidelio le costaba alcanzar oír su propia voz. Esa era la Nilsson, un prodigio de la naturaleza. Alto voltaje vocal.

La lista de testimonios reunida para ensalzar su rechoncha figura es de esas de poner bajo guirnaldas. Plácido Domingo (amigo cercano y primer galardonado con el Premio que gestiona la Fundación Nilsson), Otto Schenck, Valerie Solti (recalca su electricidad, algo en lo que ella era experta), Barry (hijo del tenor Richard Tucker), James Levine, Eva Wagner-Pasquier, Christa Ludwig, Jonas Kaufmann, Marilyn Horne, el realizador Brian Large o el director Antonio Pappano, que nos explica con su habitual apasionamiento (cogiendo prestado un fragmento de su programa de la BBC “Classical Voices”) un pasaje vocal de su Turandot, en el que como bien señala, la Nilsson es capaz de mezclar en el mismo tarro hielo y fuego (“su voz es como un cuchillo cortando la textura de la orquesta” sentencia al piano).

La riqueza de los documentos fotográficos y cinematográficos es cuantiosa e interminable. Desde infinidad de fragmentos de programas y entrevistas catódicas (como el legendario “Da capo” de la tele germana), a numerosos fragmentos de recitales y representaciones operísticas que fascinan nuestros sentidos. Las variadas y divertidas anécdotas sobre su personalidad (ella siempre hizo gala de un desbordado sentido del humor), nos muestran quién demonios fue la mujer que escondía esta “matatristanes” (así la despachó Ramón Vinay, cuando en 1959 cantó el rol en el MET con un tenor distinto en cada acto).

Origen y esplendor

Viajamos hasta la granja de Båstad donde nació en 1918. Allí aprendió a cantar antes de echarse a andar. Curiosamente mismo año e idéntico signo zodiacal y terruño en el que verá la luz otra de las gargantas de mayor estirpe wagneriana de todos los tiempos, Astrid Varnay. Los esfuerzos de los padres (hija única) por intentar aferrarla a la tierra que la alimentaba, no le impidieron ingresar en el coro de la iglesia más cercana (donde hoy descansan sus restos, junto a los de su esposo, un veterinario que conoció viajando en tren), logrando que muchos ojos se fijaran en sus inusitadas dotes canoras, que finalmente la alejaron del ordeño, para hacerla recalar en la Ópera de Estocolmo. Allí debutará en 1946 como Ágata de El Cazador Furtivo, chispa que encendió como la pólvora su carrera. Tres ciudades gravitan principalmente sobre el relato: Viena, Nueva York y la pequeña Bayreuth (16 años en su Festspiele). Ella fue uno de los iconos ungidos por el nuevo Bayreuth, gracias al matrimonio artístico que mantuvo con el revolucionario Wieland Wagner.

Cuatro personajes emblemáticos penden sobre su todopoderosa figura. Elektra, Brünnhilde, Isolde y la princesa Turandot (difícil hacerle sombra en el In questa reggia), fraguada muchos años junto al legendario Franco Corelli, el único capaz de aguantar su envite sobre un escenario. Como ella misma solía decir, “Isolda me dio la fama y Turandot me hizo rica”. Ruborizada, confiesa que cuando cantaba la heroína wagneriana con otro tenor distinto a Wolfgang Windgassen, se sentía como si estuviera cometiendo adulterio. El filme se detiene también en los lazos estrechos que entabló con algunas de las grandes batutas de su momento, como Böhm, Kleiber y sobre todo Solti. Asistimos a los encontronazos y desencuentros con el virrey Karajan (“un gran artista pero un ser humano minúsculo”). “Birgit, repite de nuevo pero esta vez con más corazón”, le sugirió una vez el salzburgués, “ya sabes que el corazón está allí donde guardas tu cartera”, a lo que ella le replicó con un lapidario “bueno… al menos tenemos una cosa en común”.

El documental incide también en la pureza y unicidad de su emisión escuchada en vivo. Como aseguran muchos testigos, sus grabaciones discográficas no poseen el mismo efecto, ni obran el milagro de la verdadera escucha, pues su prodigiosa voz nació para ser oída en la expansión de una sala o un teatro y no bajo los límites de unos micrófonos. Desde 2005 sus cuerdas vocales de acero retumban sobre los muros del Valhalla. Sus últimos años de vida los dedicó a la docencia, siendo su alumna más aventajada, la compatriota Nina Stemme, la que concluye un relato apasionante, sobre una voz aún más apasionante.

Javier Extremera

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