Ritmo "On Line"
Discos para la historia
Selección de grabaciones fonográficas y audiovisuales de referencia, con su presentación y crítica. Cada mes diez nuevos títulos.

ADAMS: Doctor Atomic. GLASS: The Perfect American. BERNSTEIN: Trouble in Taiti.

ADAMS: Doctor Atomic. GLASS: The Perfect American. BERNSTEIN: Trouble in Taiti.

Publicada en OCTUBRE 2015 / número 889 Article Rating

Varias orquestas, intérpretes y directores
Opus Arte, OA1179BD (3 DVDs)

La crítica

¿EXISTE UNA ÓPERA NORTEAMERICANA? 

Existe, sin la menor duda, como demuestra la colección de Opus Arte Contemporary American Operas, que reúne tres títulos significativos. Una grata sorpresa y un saludable efecto educativo.

Tres títulos muy diferentes entre sí, con un estimulante denominador común, la demostración de que la forma ópera es capaz de hablar del presente, tratando asuntos tan próximos como una crisis conyugal en un medio urbano, tan serios como la invención de la bomba atómica y tan polémicos como el retrato de una de las figuras esenciales del siglo XX.

De auténtica delicia cabe calificar la película que la BBC (aun quedan televisiones culturales) ha dedicado a la breve ópera de Leonard Bernstein, Trouble in Taiti. El cine le va muy bien a la historia de Dinah y Sam, un matrimonio de clase media a punto de perder, tras una década de convivencia, las ilusiones de la boda. Ambientada en la misma época en que se escribió, el libreto del compositor sorprende a la pareja en el inicio de un día cualquiera, donde la fatiga de la esposa y el tedio del marido asoman desde el momento del desayuno. Viven en las afueras, el área suburbana poblada de casitas blancas donde miles de hogares se despiertan a la misma hora, el padre tomará el tren para presentarse en su oficina en el centro de la gran ciudad, la madre atenderá las tareas domésticas y el único hijo va a intervenir en una función escolar, a la que ninguno de los papás acudirá. El talento teatral del Bernstein dramaturgo despieza los distintos momentos de la jornada con la hábil incorporación de un escueto terceto, que hace de coro, acompañando a los protagonistas en su discurrir, dispuestos a opinar sobre las características de su tragedia en miniatura.

Sam va al gimnasio antes de llegar a la oficina donde trabaja como ejecutivo de grado medio, mientas Dinah cumple con su cita con el psiquiatra, a quien paga sin recibir consejo alguno, para entrar después en cualquier cine, donde precisamente proyectan la película que da título a la ópera, un absurdo disparate de aventuras exóticas, que indigna a la sufrida mujer por su mediocridad y estupidez. La versión cinematográfica de Tom Cairns utiliza con sintética habilidad la imaginería de la época, el inicio de los años 50 anunciaba una década de crispado consumismo; la sociedad trata de superar el reciente trauma bélico a base de electrodomésticos, un confort mediocre y películas malas. Karl Daymond en el papel de Sam y Stephanie Novacek en el de Dinah, muy adecuados intérpretes, cantan en dúo o escuchamos sus soliloquios “en off”, sostenidos por la nerviosa y percutente dirección musical de Paul Daniel. Cuando el matrimonio decide ir al cine para rematar el día aciago con un propósito de reconciliación, ambos culpables de no haberse presentado a la función de su hijo, termina la ópera de apenas 40 minutos, y el espectador lamenta que no siga la historia.

Leonard Bernstein es un compositor original, dotado de una facilidad melódica, un talento para la caracterización de personajes y un vigoroso sentido del ritmo, que aplicó a sus diferentes obras, sin que quepa establecer una estricta distinción entre lo supuestamente serio y lo convencionalmente popular. Los expertos, en unos oportunos extras explicativos, hablan de un estilo propio, con ecos de Walton, de Britten y de Puccini, aunque también cabría citar a Stravinsky.

Agitación sin propaganda  

Con Doctor Atomic, estrenada en San Francisco el 1 de octubre de 2005, John Adams lograba la proeza de incorporar a la forma ópera el dilema decisivo que ha agobiado a la especie humana desde los albores del homo sapiens, con la sospecha de que el homo no debía de ser tan sapiens cuando ha dedicado tantas energías en garantizar su destrucción. El libreto de Peter Sellars, que como él explica en una reveladora entrevista adjunta, se basó en fuentes fidedignas, sitúa la acción en el desierto de Los Alamos, New Mexico, el día de julio de 1945 en que va a realizarse la prueba definitiva, que demostrará si el artefacto buscado por todas las potencias en liza ha sido logrado por el laboratorio norteamericano, dirigido por el genio científico de Julius Robert Oppenheimer, el joven físico nacido en Nueva York en 1904.

El momento concita una densa concentración de expectativas y alarmas que se presentan a la vez, convertidas en prodigiosa fuente de inspiración para el libretista Sellars y el músico Adams, que convierten la jornada, histórica como sinónimo de lamentable, en una ópera que comunica un lacerante combinado de congoja y esperanza. Trágica es nuestra condición, pero si somos capaces de convertir en arte excelso una jornada de horror tal vez quepa confiar en que los jerarcas partidarios del desastre absoluto, acuciados por una ciudadanía indignada, recapaciten.

El parte meteorológico anuncia una fuerte tormenta eléctrica y un rayo puede alcanzar la bomba instalada en una torre. Los artífices comparten la emocionada tensión ante la prueba que confirmará el éxito de un trabajo realizado a contrarreloj, era preciso ultimar el invento antes que el enemigo. El alma del proyecto espera que su obra alcance el éxito, obligado a oír voces que antes entonces no habían sonado en su laboratorio, porque sí, parece que hemos conseguido la bomba de las mil bombas, pero, ¿tiene sentido utilizarla ahora cuando Alemania acaba de rendirse y Japón está prácticamente destruido? Va a ser una matanza de consecuencias imprevisibles que afectará sobre todo a la población civil.

Oppenheimer (Gerald Finley) lo sabe, su esposa Kitty (Jessica Rivera) trata de apoyarle, el colaborador Wilson (Thomas Glenn) lo discute, el general Groves (Eric Owens) exige que el experimento se lleve a cabo por encima de todo, el capitán Nolan (Jay Hunter Morris) comunica el resignado desánimo del militar acostumbrado a obedecer órdenes absurdas, y la criada Pasqualita (Ellen Rabiner) representa al pueblo llano, inerme a priori e irredento a posteriori. John Adams ha aprendido muy bien la lección de su maestro Philip Glass, quien le inició en un estilo, convertido en fórmula por su inventor y enriquecido, profundizado y catapultado por su discípulo hasta convertir el famoso “minimalismo repetitivo” en una materia dúctil de gran riqueza. Con el concurso de una gran orquesta, los breves átomos sonoros, cabría decir aquí, no se contentan con nutrir variantes de un mismo esquema, sino que se abren a un melodismo extraño y absorbente, que abandona cualquier rigidez para evocar el rio caudaloso, de agua o lava, con ecos del torrente que Wagner llevó al paroxismo en Parsifal.

La implicación de todos los intérpretes, la complicidad de la batuta de Lawrence Renes, la puesta en escena de Sellars, basada en una atmósfera sombría que sugiere la angustia de la inminencia, minuciosa en la dirección actoral e imaginativa en la inclusión de la danza, se integran en un logro modélico, cuya toma televisiva, a cargo también de Sellars, nos llega de la representación en la De Nederlandse Opera, coproductora con San Francisco y Chicago, grabada en el Hat Muziektheater de Amsterdam en junio de 2007.

La ópera merece la máxima difusión, como obra artística y como pieza de agitación, en el mejor sentido: aldabonazo a las conciencias y contra la propaganda de la obtusa sociedad, interesada tan solo en que sus ciudadanos compren y compren, según recuerda Peter Sellars con sus pelos en punta como signos de interrogación.

Una obra, también, es preciso señalarlo, incómoda y desagradable para quien no quiera pensar en asuntos tan terribles como la bomba atómica, y para aquellos patriotas de buena fe que encuentran demasiado “radical” el alegato de Doctor Atomic.

El héroe siniestro

Completa la serie el título más reciente, The Perfect American, la ópera de Philip Glass estrenada en el Teatro Real el 22 de enero de 2013. Tan competentemente presentada como las anteriores y provista también de los imprescindibles subtítulos castellanos, este retrato de Walt Disney merece sin duda conocerse, aunque es posible que acabe resultando la pieza más ardua de la colección.

El libreto de Rudy Wuritzer, inspirado en la novela del alemán Peter Stephen Jungk titulada El rey de América, presenta al personaje elegido preocupado por retratarlo en su complejidad, entre el asombro, la incredulidad y el rechazo. Walt Disney fue un perfecto americano porque un sujeto así no habría prosperado, para bien y para mal, en ningún otro lugar. El inventor de un estilo de dibujo no sabía dibujar, apenas fue capaz de esbozar en sus inicios un rudimentario ratón Mickey; ni siquiera el trazo saltarín de su nombre se debe a su puño. Pero fue un genio en el arte de encarnarse en la pericia de los demás, a la que sacó el jugo como lúcido visionario desdoblado en empresario implacable. El mago de la fantasía, el ídolo de la infancia, el genio del espectáculo que procuró sonrisas, lágrimas, diversión y entretenimiento a un ciclo de generaciones que no ha acabado aún, surgía de un megalómano carca y neurótico, que no se consideraba el rey de América, como lo llamó el novelista alemán, sino algo parecido al dios del universo que, conservado en hielo, resucitaría como el Mesías del hombre futuro.

A todo ello se alude en el libreto, sin decidirse, como sus predecesores, por un criterio claro, y se empantana en un eclecticismo híbrido que el montaje funerario no compensa ni la música contribuye a superar. A Philip Glass, fiel al estilo de su invención, es posible que no se le pueda exigir frescura y renovación en sus 70, pero cabe reprocharle la repetición de un esquematismo inadecuado para enfrentarse a su siniestro y prodigioso contemporáneo.

Álvaro del Amo

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