Ritmo "On Line"
Discos para la historia
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WAGNER: Parsifal.

WAGNER: Parsifal.

Publicada en DICIEMBRE 2017 / número 913 Article Rating

Klaus Florian Vogt, Elena Pankratova, Ryan McKinny, Georg Zeppenfeld. Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth / Hartmut Haenchen. Escena: Uwe Eric Laufenberg.
DG 004400735350  (2 DVD)

La crítica

UN WAGNER DEL PASADO Y OTRO PARA EL FUTURO

Dos nuevas y esperadísimas filmaciones (con subtítulos patrios y DTS) arriban a los marginales escaparates de nuestra clásica. Dos formas distintas de ver y entender el organigrama dramático de Wagner. Una, desde la perspectiva de la tradición y el clasicismo. La otra, testigo de su tiempo y nociva para los guardianes del comedimiento, desmadejada bajo los mandamientos de la indagación. Dos visiones opuestas, pero complementarias entre sí. No se puede explorar el futuro wagneriano sin entender antes el pasado.

Parsifal en Irak

Del hijo saltamos al padre. Esperando la edición de la más inteligente y arriesgada relectura (en décadas) del Bühnenweihfestspiel (Claus Guth, vista en el Real y Liceu), arriba este enigmático proyectil estrenado el pasado año en Bayreuth (el décimo de su historia) y que ha pasado a la historia como el de la “espantá” de Andris Nelsons (desavenencias con Thielemann le hicieron tirar la toalla durante los ensayos). Dos semanas antes del estreno aterrizó el viejo Kapellmeister de Haenchen, encontrándose ya con el pisito limpio y ordenado. Y es que, en su concepción sonora, se nota el fuerte aliento de Thielemann en su cogote, ya que la lectura es de una potencia, imperio y vigorosidad nunca vista antes en sus manos (recuperar su pobre registro para la Monnaie). Mucho más narrativo y terrenal que meditabundo o celestial (directo como una punzada) firma seguramente la cima de su profesión. Aunque en ningún momento lleguemos a levitar, sus dentelladas sonoras sí que nos sacuden del suelo. Volumen, rugosidad y rotundidad sinfónica, mucho oficio (sin desbarajustes) y un enorme ímpetu, energía y fluidez en el relato (cercano a Boulez), consiguen que nunca se detenga el mecanismo de relojería parsifaliano.

La orientalizada y panreligiosa escena de Laufenberg nos sitúa en el Mosul de nuestros días, ciudad iraquí donde el Estado Islámico (DAESH) proclamara su Califato hace unos años. Un único espacio domina la escena, la derruida iglesia cristiana que se transformará en hammam y harén en el segundo acto. La osada propuesta mezcla elementos y esbozos ya vistos antes en los acercamientos de Tcherniakov y Eichinger para la Staatsoper berlinesa. Los aciertos del sacrificio de la sangre (a lo Mel Gibson), la hierática liturgia, las guerras de religión y sus refugiados… se mezclan con otros menos afortunados y gratuitos como ese erótico y buñueliano crucifijo en forma de pene o contemplar como Amfortas eyacula sobre Kundry. De antología el grandioso epílogo en el que la tres grandes religiones monoteístas renuncian a su fe. La lanza sana nuestra herida. Al fin somos libres. Todos se deshacen de sus objetos religiosos. Dios ha muerto. Paso al nuevo redentor ¡Viva Nietzsche! Esos interminables segundos de sepulcral silencio antes de los aplausos (con todo el Festspielhaus iluminado) ponen el vello de punta. Qué mejor Templo que éste para proclamar la nueva religión.

De los altibajos del reparto destacar la profesionalidad y buen hacer de Zeppenfeld, así como la labor de Vogt, que le viene al pelo este ario, imberbe y asexuado personaje, de voz angelical y blanquecina, que se adapta bien a su inmaculado instrumento. La Kundry de la rusa Pankratova es poderosísima vocalmente, pero lisiada en lo dramático (carece de sensualidad y seducción).

Javier Extremera

Puntuación

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