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SCHOENBERG: Moses und Aron.

SCHOENBERG: Moses und Aron.

Publicada en SEPTIEMBRE 2017 / número 910 Article Rating

Mayer, Graham-Hall, Davis, Purves. Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de París / Philippe Jordan. Escena: Romeo Castellucci.
Bel Air Classiques BAC136 (DVD)

La crítica

¡OH, TÚ, PALABRA QUE ME FALTA!

Paradójicamente, la atormentada exclamación de Moisés al final del segundo acto de Moses und Aron se convierte en una de las más eficaces e inquietantes conclusiones de la historia de la ópera, al proclamar la propia condición incompleta de la obra: Schoenberg nunca llegaría a escribir la música para el tercer acto. Como si el conflicto que atraviesa su argumento no pudiera ser resuelto, el compositor dejó en suspenso la oposición entre los dos personajes y quizá, con ello, amplió asimismo las posibilidades interpretativas que éste convoca.

La presente producción, con dirección escénica de Romeo Castellucci y musical de Philippe Jordan, procedente de la Ópera de París, y que formó parte asimismo de la temporada 2015-16 del Teatro Real, confirma esa pluralidad semántica de la partitura. Si en las dos versiones escénicas editadas hasta el momento en formato audiovisual la dimensión política resultaba fundamental, con un coro sometido al afán de liderazgo de Moisés y Aron, en el caso de Castellucci nos encontramos con un planteamiento eminentemente conceptual, a pesar de apoyarse en imágenes de enorme impacto visual. De hecho, como es frecuente en ciertos régisseurs actuales, el italiano parece aplicar a la obra un repertorio de recursos elaborado en producciones previas.

Así se percibe la influencia de las artes plásticas, especialmente del arte povera, en la masiva corporeidad del toro, yuxtapuesta al cuerpo desnudo de una joven durante la escena del becerro de oro, en la presencia de un figurante tetrapléjico o en el uso de un estanque de tinta donde se embadurnan, hasta convertirse en una informe mancha negra, los cuerpos de los cantantes a lo largo del Acto II y que, en el juego de oposiciones que articula toda la propuesta de Castellucci, se opone a la aséptica e inmaterial blancura del primer acto.

Otros elementos (el magnetófono, los tipos de imprenta, las palabras proyectadas, el dispositivo tecnológico que desciende de lo alto) remitirían, de un modo elusivo y enigmático, a las dificultades de comunicar la idea abstracta a través de la palabra. En cierto modo, esa dramaturgia desplegada, no a través del convencional enfrentamiento entre los dos protagonistas y el coro, sino a partir de imágenes visuales, hace que la exasperada tensión expresionista que recorre la obra repose, casi en exclusiva, en la dimensión musical. El contraste entre el exasperado sprechgesang del profeta y el melifluo canto de Aron es expuesto soberbiamente por Thomas Johannes Mayer y John Graham-Hall; el Coro de la Ópera de París logra resolver en toda su complejidad la exigente, casi imposible, escritura coral.

Jordan no alcanza ni la claridad analítica de Boulez (DG) o Gielen (Philips) ni el ímpetu emocional de Solti (Decca), pero mantiene con firmeza la tensión expresiva, expone con nitidez la estricta lógica musical y extrae de la orquesta unas estremecidas texturas tímbricas. Si bien para una primera aproximación sea más recomendable la puesta en escena de Willy Decker, dirigida musicalmente por Michel Boder (EuroArts), ésta ofrece una complementaria y magnífica alternativa, que no hace sino confirmar el incuestionable estatuto de obra maestra de la ópera de Schoenberg.

David Cortés Santamarta

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