Ritmo "On Line"
Discos para la historia
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HOSOKAWA: The Raven.

HOSOKAWA: The Raven.

NEVERMORE

La elección por parte del compositor japonés Toshio Hosokawa (1955) de The Raven, de Edgar Allan Poe, uno de los más célebres poemas de la literatura estadounidense, como libreto para un monodrama, resulta extraordinariamente acertada. La singular coexistencia de imágenes líricas, extrañas y angustiosas, con el desarrollo y la tensión narrativas que caracterizan el texto de Poe son un espléndido punto de partida en una propuesta dramática que se sitúa con claridad, incluso por su misma denominación, en la estela de Erwartung, de Schoenberg. Al igual que en ella, la atmósfera de la obra oscila entre los estrictos contornos del espacio real y las perturbaciones de una mente alterada por el deseo, la obsesión y la pérdida. La voz del narrador, masculina en el poema, y la única palabra del cuervo, ese ominoso Nevermore, “Nunca más”, que repite incansablemente, son asumidas en exclusiva por una mezzosoprano, que de un modo inmediato el oyente identifica con la amada muerta, Lenore, evocada en el texto, cuyo nombre reaparece una y otra vez, como envés de la palabra emitida por el ave. Voz fúnebre, podría decirse, en la que paradójicamente se aúnan todos los personajes del poema, lo que junto, a la siempre evocadora tímbrica y evanescentes contornos de la música de Hosokawa conforman una partitura inquietante y bella.

Utilizar la voz femenina supone, según el autor, invertir el recurso habitual en el teatro Noh, donde las mujeres son interpretadas por hombres, pero también es una decisión motivada por las cualidades atávicas que asocia a ésta: “En muchas de mis obras con protagonistas femeninas, las mujeres actúan como chamanes que conectan este mundo con el mundo de los espíritus. En The Raven, la cantante es a la vez un chamán y una mujer moderna cuyo mundo racional colapsa”. La voz femenina potencia aún más sus vínculos con la ya aludida partitura de Schoenberg. Los recursos vocales se extienden, desde el sprechgesang o canto hablado, hasta pasajes de un canto pleno, casi de coloratura, pasando por secciones murmuradas, en una amplia gama de expresiones anímicas que se corresponden con el clima alucinatorio de una obra que, sin embargo, nunca resulta paroxística, sino más bien extrañamente encantatoria.

El sueño no se deja vencer por la pesadilla. El conjunto instrumental está conformado tan sólo por doce músicos que operan como una suerte de esencializada plantilla orquestal cuyas potencialidades combinatorias son conducidas hasta sus últimas consecuencias: cinco cuerdas, con glissandi y efectos que se asimilan al extraño aleteo de un ave, cinco instrumentistas de viento, que proporcionan unas sonoridades especialmente sombrías y misteriosas, donde destacan las intervenciones de los diversos saxofones y la extraordinaria escritura de Hosokawa para la flauta, y, finalmente, un pianista y un percusionista, en etéreos registros. Los intérpretes, que estrenaron la partitura en 2012, son soberbios, destacando la actuación de la mezzo sueca Charlotte Hellekant. La inclusión del poema de Poe, recitado en su integridad por la propia cantante, es un inteligente complemento en un registro modélico.

David Cortés Santamarta

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