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El lado oscuro de Les Arts

Desde su inauguración en octubre de 2005, la prensa musical no ha regateado alabanzas al valenciano Palau de Les Arts. Se ha elogiado, con toda la razón del mundo, la increíble belleza plástica del edificio diseñado por Santiago Calatrava. Se ha reconocido la calidad de una orquesta que es, con gran diferencia, la mejor de toda España, y posiblemente una de las más brillantes formaciones de foso a nivel mundial. Se ha aplaudido el magnífico hacer del Coro de la Generalitat Valenciana que, aunque ya estaba formado desde años atrás, es hoy día uno de los más sólidos cimientos artísticos del Palau. Se ha mostrado el asombro ante el hecho de contar nada menos que con Lorin Maazel como director musical y con Zubin Mehta para hacerse cargo del Festival del Mediterrani. Y se ha interpretado acertadamente la capacidad de montar un Anillo del Nibelungo como el que se ha montado como la demostración de un extraordinario potencial artístico y organizativo por parte del Palau. Pero hay también una serie de aspectos sombríos, cuando no escandalosamente censurables, que apenas se han aireado en la prensa especializada, y de lo que solo hay testimonios en foros de Internet y en algunos blogs más o menos atrevidos. De ello queremos (y creo que debemos: ya ha pasado tiempo suficiente para realizar una valoración) dar cuenta ahora.

Para empezar, el edificio de Calatrava es un desastre desde el punto de vista funcional. La visibilidad no es siempre óptima (¡un teatro en herradura en pleno siglo XXI!) y la acústica deja que un tanto desear: en la sala destinada a ópera, arriba del todo se escucha mucho mejor que abajo, mientras que en auditorio donde se ofrecen los conciertos sinfónicos el sonido llega hasta las filas superiores de modo más bien turbio. Los accesos a las diferentes salas son complicadísimos, con terribles escaleras para acceder a los pisos superiores en las funciones operísticas (apenas hay ascensores a disposición del público) y todo lo contrario, elevadores obligatorios para llegar hasta el auditori, con la subsiguiente cola monumental para acceder a los mismos. Los aseos, minúsculos y muy mal distribuidos, obligan también a guardar grandes colas, y no solo a las señoras. Y refugiarse de las inclemencias del tiempo al terminar una función resulta poco menos que imposible: incluso los que guardan su coche en el parking subterráneo tienen por fuerza que mojarse.

Artísticamente hay también puntos flacos. Los elencos vocales distan de estar a la altura de los conjuntos estables del Palau: salvando el citado Anillo y algunos casos más, la muy aceptable y muy digna corrección, no más que eso, es lo que predomina en un teatro que presume de ser de primera. Entre otras cosas porque las cancelaciones están a la orden del día, superando el número de las mismas, con mucho, a las de cualquier otro teatro de ópera que se precie. ¿A qué se debe esto? Recientemente se ha apuntado la posibilidad de que determinados artistas se dan de baja cuando no encuentran garantías de que van a cobrar a su debido tiempo, e incluso se afirma por ahí que algunos han prometido no volver hasta que se resuelva la cuestión financiera.

Claro que lo más llamativo es la absoluta falta de atención hacia el público. ¿Les parece a ustedes digno de un teatro que presume ser de primera que en la mayoría de las ocasiones en que hay doble elenco no se especifique quién va a cantar cada día? ¿Y que uno tenga que enterarse de las infinitas cancelaciones, jamás anunciadas con comunicados a prensa, a través de visitas a continuas a la página web? Y ya que hemos citado a esta última, menos mal que desde hace unos meses han puesto una digna de tal nombre, porque la anterior era una chapuza. Eso sí, adquirir una entrada sigue siendo una odisea, no solo por los atascos del servidor, sino porque la venta suele comenzar con retraso de la hora fijada (he llegado a estar hora y cuarto sentado tontamente frente al ordenador) y la navegación a través de los diferentes menús resulta problemática. De acuerdo con que parte de las insuficiencias artísticas arriba planteadas (al igual que otras tales como la supresión de los libretos con sus traducciones, o la reducción progresiva del número de espectáculos) pueden deberse a la falta de financiación por parte del gobierno central y a la crisis económica que nos sacude, pero estos aspectos ahora citados, como otros que no vamos a mencionar, lo que evidencian es una mezcla de desorganización interna y de desinterés por otra cosa que no sea recibir elogios de patronos, políticos y periodistas acreditados. Desinterés por el público, vamos.

Si a todo ello sumamos las denuncias que están circulando por internet sobre el trato humano que ofrece la intendente Helga Schmidt hacia sus empleados, las acusaciones hacia unos sueldos -los de Maazel y la citada Schmidt- que pese a los recortes parece que siguen siendo desorbitados, las amenazas de reducciones de plantilla que se ciernen sobre los que se han dejado la piel en el proyecto y, finalmente, la advertencia que realizaba el mismísimo Lorin Maazel en el último número de RITMO sobre la posibilidad de echar el cerrojo, se nos evidencia un panorama muy sombrío en el que la huida hacia delante (o sea, aguantar hasta que Rajoy gane las generales y suelte la pasta) no parece el mejor recurso, porque las deficiencias son en gran medida otras. Hay que cambiar de radicalmente de actitud y, quizá, haya también que cambiar de modelo.

martes, 1 de febrero de 2011
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