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Los adioses

Uno: Adiós al vals

La Valse, el poema coreográfico que Ravel escribió para Serguéi Diáguilev y sus célebres Ballets Rusos, es el último vals de la historia. No quiere decir ello que después de la fecha de su redacción no se compusiera ni uno más. Vaya si se compusieron. Para empezar, la opereta vienesa, que no sería nada sin ese ritmo característico, continuaba intentando reverdecer desesperadamente sus esplendores pretéritos para alegrar la existencia de los europeos, tan alicaídos ellos con los rigores de la posguerra. Prokófiev, Shostakóvich, Poulenc, Britten, Schnittke... también los incluyen en algunos de sus trabajos, que todo el mundo ha escuchado. Pero estos valses, y todos los demás, ya no tienen el mismo sentido.

Después de La Valse, el vals perdió su inocencia, su alegría franca, y se convirtió en una sombra, en un esqueleto que baila una danza de la muerte al modo de las medievales: hoy comamos y bebamos, mañana Dios dirá. Pura ironía, en los casos más valiosos, o como mucho, evocación nostálgica del paraíso perdido. No es casual su fecha de composición, 1920, porque después de la atroz Guerra del 14 el mundo ya no volvió a ser jamás el mismo; y las esperanzas de sus sufridos moradores, tampoco.

La partitura de La Valse, bien sabido es, está construída sobre dos crescendos; dos lentos, poderosos e implacables crescendos, que van evolucionando en espiral, como impulsados por los contornos mismos de su propio ritmo. El primero de ellos, cuando llega a su punto álgido, se frena en seco, como si hubiese vislumbrado el abismo y quisiera evitar por todos los medios la catástrofe que a la postre resultará irremediable. Porque el segundo, que comienza otra vez todo el proceso desde el pianísimo partiendo desde cero para intentar tomar otra senda que no le conduzca al mismo destino, no alcanzará un punto álgido como el primero –el esplendor del clímax que daba sentido a la música de los clásicos y de los románticos–, sino que, sencillamente, provoca la destrucción de todo el complejo sonoro. Unos compases, los últimos, terribles, como si la música se hubiese vuelto loca y no atendiese a razón alguna. Un gran castillo de naipes que al ponerle el último de ellos, se viene abajo.

Pero en La Valse no es impericia del compositor, ni accidente o error de cálculo, sino su sentido mismo. El sentido de la autodestrucción una vez alcanzados sus objetivos, y de paso el cierre de las puertas para todo aquel que venga detrás. Adiós al vals.

sábado, 1 de enero de 2011
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