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Cuando el azar se hace necesidad

Dedicado a Pirula, mi jilguero

Uno. A través de la amplia cristalera que comunicaba la galería de arte con una de las calles de la ciudad, se distinguían las esculturas que formaban parte de la exposición temporal del momento. Estas esculturas, de formato mediano, no podían ser más simples de concepción: formas abstractas en metal, estilizadísimas. Algo así como volutas desenrrolladas irregularmente en vertical y un poco inclinadas hacia adelante –alguna de ellas podría recordar el báculo de un obispo–, diseminadas caprichosamente aquí y allá sobre sus pequeños pedestales de mármol por todo el espacio de la sala. Una muestra pues del llamado arte minimalista que no destacaba por nada en especial de entre las tantísimas otras que pueblan la actividad expositiva de cualquier ciudad del orbe.

El azar quiso sin embargo que en aquella tarde cualquiera, la sombra del ramaje de un humilde arce de la calle, desnudo aún de sus hojas, se proyectase a través del ventanal, con esa luz fría característica de los primeros días de primavera, sobre aquellas insulsas esculturas y se mezclase en el suelo blanquecino con sus propias sombras. Formas y sombras –la del árbol, la de las figuras– entrelazadas en un todo unitario; con un apunte además de movimiento, un temblor apenas, provocado por la brisa en las ramas. Una percepción indivisible para quien lo estaba contemplando. Esas esculturas que no eran nada del otro jueves adquirieron de pronto, como por toque de gracia, una dimensión nueva, un sentido mucho más acabado, más pleno, más rico en connotaciones, en estímulos sensoriales e intelectuales. El azar les dio el chispazo de vida que por sí mismas no tenían.

Dos. Sonaba en los altavoces del equipo de música en otra tarde sin historia el Primer Libro de Estructuras para dos pianos de Pierre Boulez. Página de serialismo altivo, que no ha sabido envejecer; música yerta en donde la experiencia auditiva del oyente –es decir, su estar en el mundo a través del oído– importa un higo. Borbotones interminables de sonidos neutros –impersonales: porque si su lugar lo ocuparan otros diferentes, la pieza sería exactamente la misma, contradiciendo la hiperdefinición hasta lo maniaco de todos sus componentes estructurales que exhibe–, que sólo tienen en cuenta los principios rectores que les garantizan su plasmación lógica en el papel pautado, y a su vez esa plasmación lógica en el papel pautado sólo tiene la función de afirmar esos principios rectores, que además son extramusicales, como todos los principios rectores. El huevo cuya misión es engendrar gallinas, y las gallinas cuya función es poner huevos. La pescadilla que se muerde la cola: principios que en el fondo sólo son coartada para no mirar a la música a la cara, del mismo modo que los sistemas de pensamiento siempre acaban convirtiéndose en pretexto para no mirar a la cara al mundo, a la vida. Porque la música no es desde luego el resultado de un proceso de especulación, de escritura, de interpretación, sino, si acaso, lo que queda tras él.

De repente, el jilguero, que ajeno a los elementos brincaba de un palo a otro sin más horizonte que los barrotes de su triste jaula, se puso a cantar con fervor creciente, respondiendo al estímulo de la música que en el disco sonaba. No era simple superposición de sonidos, porque sus gorjeos altaneros, de una alegría exultante, reaccionaban al devenir del discurso musical, buscando descaradamente el diálogo con él. La obra de Boulez, como antes las esculturas de McBride, refulgió entonces con una luz radicalmente nueva, como si su destino verdadero hubiese sido desde siempre el de acompañar el canto del pájaro, concertar con él.

Y tres. El azar regala generosamente a quien sabe estar ojo –y oído– avizor experiencias estéticas de primer orden, y además da lecciones rotundas como sopapos. Velad y orad.

sábado, 1 de mayo de 2010
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