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Otro plan

Raul Mallavibarrena

Hace unas semanas me echaron una culebra en la comida. No quise matarla pero me negué a asumirla como parte de mi dieta. Seguí a lo mío. Ella -supongo- a lo suyo. Quien lo hizo tendría sus buenas razones –no lo dudo- y desconozco si reaccioné como él esperaba, pero en ese momento decidí no dar más importancia a aquel suceso.

Desde el día en que escenificaron mi muerte por ahorcamiento, este tipo de actuaciones se han sucedido con regularidad. En aquella ocasión llegaron a levantar incluso un cadalso, con sus escaleras, su trampilla y su soga colgando de una viga de madera, ensamblada por la mañana a tal efecto. Yo permanecí en silencio durante todo el ritual, como no podía ser de otra forma, pero ellos siguieron el orden protocolario hasta el final de la farsa. Antes de rodearme el cuello con la cuerda áspera y blanca, leyeron la sentencia condenatoria en voz alta. Se me acusaba prácticamente de todo, sin matices ni atenuante alguno. Cuando accionaron la palanca para abrir la trampilla, sencillamente no se abrió. Todos rieron y yo caí desmayado según me contaron. Desperté luego en mi casa, arrojado de cualquier forma en el suelo. Habían dejado las puertas y ventanas abiertas para que entraran los perros. Merodearon por las habitaciones sin atacarme. Dicen que un perro nunca ataca a alguien que esté inmovilizado e indefenso. Sé que es mentira, pero es lo que dicen.

Cuando recobré el conocimiento me levanté del suelo tembloroso. Tembloroso por el miedo a no saber a qué me enfrentaría esta vez. No suelo dramatizar, ni me gusta adoptar posiciones extremas ante las provocaciones. Nunca antes lo hice y no tengo intención de empezar ahora. Eché a los perros de mi casa, cerré las puertas y ventanas, y me senté a esperar acurrucado en una esquina. Me pareció ver algún tipo de tarántula, agazapada entre unos vidrios que había esparcidos por el suelo, y pensé: esta es la siguiente, han soltado arañas por la casa. Pero no. Resultó ser una sombra. De haber sido una tarántula hubiera tenido un tamaño inasumible para mí.

Pasaron dos noches antes de que vinieran a buscarme de nuevo. Esta vez serían unos nueve o diez. Dos de ellos traían palos y uno llevaba un hacha pequeña. No para agredirme, saben que no pueden hacerlo. En ese aspecto soy intocable. Lo hicieron para asustarme. Eso sí pueden. A fin de cuentas es su razón de ser. Siempre que los veo sé que traman algo, y si se dirigen hacia mí, sé que ya tienen un plan. Otro plan. Y vuelta a empezar.

viernes, 1 de junio de 2018
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