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Tiempos de cambio en la ópera

Francisco Villalba Talavera

Es curioso comprobar que, en general, y en el Teatro Real en particular, las representaciones de óperas denominadas “modernas” alcanzan unos niveles muy superiores a las de las clásicas, y me pregunto cuáles son las razones cuando las óperas de nuestros días son mucho menos atractivas, en principio, para el aficionado medio. Creo que el tema merece una reflexión. Hay un público que es tan ignaro del repertorio clásico como del actual; he visto a muchos leyéndose el programa de la Bohème y de Aida con fruición como si de novedades se tratasen; claro que en el Teatro alla Scala de Milán he visto que ocurre lo mismo con las óperas de Wagner y en países del Norte de Europa, considerados cultos, con algunas obras del repertorio italiano, incluida Il Trovatore de Verdi. El problema del repertorio clásico, para los verdaderos aficionados, que hay muchos, es que se las “saben”, las han escuchado muchas veces tanto en  teatro como en grabaciones y tienen unas ideas firmes de cómo se deben interpretar, qué cantantes son los idóneos para cada papel y qué director musical es el que ha logrado hacer maravillas con sus partituras, en ocasiones endebles. A esto se añade el, para mí, mayor de los problemas, y son las puestas en escena, donde vemos el mítico mundo de Lohengrin transformado en un laboratorio con ratas, el de la Tetralogía wagneriana en un espanto con Wotan entregándose a orgías con Freya y Frika en un motel, la Bohème traslada de París a una estación espacial, el Macbeth de Verdi a un pueblo de mafiosos en la Rusia contemporánea o Salomé a una tienda de ropa. Todo muy ingenioso pero que suele darse de bofetadas con los libretos y, lo que es peor, con las músicas. Si a esto añadimos que para las grandes creaciones del pasado tampoco hay muchos cantantes que tengan la personalidad suficiente para interpretarlas, entendemos las razones por las que quienes no se las saben las acepten y los que sí, no lo hagan.

Harina de otro costal es la ópera más moderna con reparos; muchos consideran Wozzeck, estrenada en 1925, una novedad.  En general su música es más difícil de lo habitual, los temas más cercanos y los libretos infinitamente mejores que los de tiempos pasados, aunque cuentan con gloriosas excepciones, lo que facilita a los directores de escena la posibilidad de desplegar las mismas habilidades que muestran en el teatro sin música. Además, en ellas los cantantes arriesgan mucho menos; efectivamente en algunas se les exigen auténticas acrobacias vocales, tesituras inmisericordes, pero da la casualidad de que si no reúnen las condiciones exigidas por la partitura, lo pueden suplir con sus dotes teatrales, imprescindibles en este repertorio. Este es el motivo por el que las verdaderas estrellas de la ópera pocas veces accedan a interpretarlo, ya que a estos los que se les pide es que interpreten el personaje, pero sobre todo que lo canten bien. No es lo mismo cantar Lulu que Lucia,  Elvira de Puritanos o Norma.  No es lo mismo cantar en obras como El gran Macabro, Die Soldaten,  incluso Diálogos de Carmelitas, Written on Skin o L’amour de loin que en las Bodas de Figaro, Guillermo Tell, la Walkiria o Don Carlos.

Muestra de todo esto es que este año los verdaderos éxitos a nivel artístico de la Temporada en el Teatro Real han sido  Dead man walking, Street Scene, Gloriana y Die Soldaten, quedando muy por debajo las óperas  digamos “habituales” que no han superado la mediocridad artística y canora. Lucio Silla se ha salvado, pero Carmen, la Bohème y Aida han sido decepcionantes. Aunque programarlas es una absoluta obligación para cualquier teatro de ópera porque son las que los llenan por ser las más solicitadas por el aficionado medio y por las nuevas generaciones.

En fin, los tiempos cambian, el público también, esperemos que el espectáculo más maravilloso del mundo sobreviva con las óperas de cualquier tiempo en un mundo tan convulso y cambiante.

viernes, 1 de junio de 2018
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