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Christa Ludwig

Francisco Villalba Talavera

El pasado 16 de Marzo cumplía 90 años una de las más grandes cantantes de todos los tiempos, la mezzosoprano Christa Ludwig.

Al inicio de su carrera su repertorio estuvo ligado a Mozart y Richard Strauss, fue Cherubino en las Bodas de Fígaro, Dorabella en Cosi fan tutte, Octavian en el Rosenkavalier y el Compositor de Ariadne auf Naxos, quizá el mejor con Jurinac del que tengo memoria; después fue ampliando su  repertorio hasta interpretar compositores tan dispares como Bach, sublime en su Pasión según San Mateo dirigida por Klemperer; Bartok; Beethoven, insuperable Leonora de Fidelio tanto con Klemperer como con Karajan; Bellini, Adalgisa junto a María Callas; Bernstein, inolvidable su Kunigunde de Candide; Bizet, Brahms, Gluk, Händel, Haydn, Humperdink, Libermann, Mahler; sublime en la Canción de la Tierra y en las segunda y Tercera sinfonía, con Bernstein, Karajan, Klemperer, Mehta y Neumann; sus desgarradores Kindertotenlieder con Karajan y Klemperer; Mozart,  irrepetibles su Dorabella con Böhm; la más picara y desenfadada de la historia, en el Cosi y su Doña Anna en el Don Giovanni de Klemperer, un prodigio de dignidad y despecho; Orf, Pfitzner, Puccini, Saint- Säens, Schubert, Johan Strauss, Orlofski en el Murciélago, su debut absoluto en 1946; Verdi y Wagner, con el que hizo historia en una Kundry fuera de serie, mejor cantada de lo que se había escuchado nunca, en su telúrica Ortrud con Dieskau, en Lohengrin en la legendaria grabación de Kempe, y Venus en el Tannhäuser con Solti. Sin hablar de sus interpretaciones de lieder en los que comparte la primacía absoluta con Brigitte Fassbaender.

Cuando cantó en 1955, en su debut con 27 años, en el Festival de Salzburgo la Segunda Dama de la Flauta Mágica, dirigida por Georg Solti, y posteriormente el Compositor de Ariadne auf Naxos, dirigida por Karl Böhm, el crítico Walther Friedländer afirmó: “una gran cantante ha nacido”.

Fue la favorita de todos los directores musicales de su época y trabajó con Herbert von Karajan, Karl Böhm y Leonard Bernstein que comentó: “Es simplemente la mejor cantante del mundo y la mejor de las personas”. Ella respondió a tal cumplido comentando más tarde: “Karajan era el más grande haciendo música, Bernstein era la música”

En 1972 la escuché en una transmisión radiofónica de Die Frau ohne Schatten dirigida por Karl Böhm; ella interpretaba la Tintorera. Su voz me pareció, una vez más, de una belleza apabullante y su interpretación a niveles dramáticos del personaje, extraordinaria. Se escuchaba a una mujer insatisfecha, violenta al principio, dando un giro absoluto al final transformándose en un ser abandonado que busca a su pareja con una ansiedad y ternura del más noble lirismo.

La primera vez que la escuché en directo fue en 1980, en la Wiener Staatsoper, en la Mariscala del Rosenkavalier. Fue una experiencia inolvidable. Su Mariscala era la Emperatriz María Teresa reencarnada, voluptuosa, elegante, aristocrática y conmovedora. No es un papel por el que sea muy conocida pero el que suscribe,  que ha escuchado a las mejores mariscalas de los últimos cincuenta años, puede asegurar que junto con Jurinac, una vez más,  ninguna la ha superado en línea de canto, en belleza de voz, en interiorización del personaje ni en presencia escénica. Su Mariscala no era una sofisticada dama un tanto cursi, era una extraordinaria y magnífica aristócrata sin el menor atisbo de amaneramiento que se despide de su juventud con dolor pero enorme dignidad.

El año siguiente  fue en el Festival de Salzburgo, en un papel muy diferente, la Mrs Quickly del inmenso Falstaff verdiano, a las órdenes de Herbet von Karajan. Su Quickly era lo más alejado vocalmente de lo que estaba acostumbrado en el papel; era menos cavernosa menos grotesca, pero tenía una chispa, una socarronería y una elegancia de la que carecían otras intérpretes del personaje.

Su Fricka la disfruté en dos ocasiones, la primera en la Staatsoper de Viena, en 1984, dirigida por Maazel, con un verdadero Wotan, no un sucedáneo de Wotan de los que escuchamos en la actualidad, Theo Adam. Su enfrentamiento en el segundo acto de la Walkiria,  y eso que era en concierto,  fue yo diría “cósmico”; dos poderosas personalidades enfrentadas sin piedad, aunque ella acabase imponiéndose a su oponente celestial. El mismo papel se lo escuché en 1988 en Bolonia y, una vez más, comprobé su magisterio.

En 1986 fue Klytämenestra de la Elektra de Richard Strauss, también en la Wiener. Nada más alejado de la truculencia habitual; era un ser humano torturado y temeroso y, sobre todo, cantó el personaje, no lo bramó como habitualmente hacen otras intérpretes.

También la he escuchado en recitales; uno, por cierto, en el Auditorio Nacional de Madrid. Se desenvolvía en el mundo del lied con una naturalidad pasmosa. No emitía una nota errada y sabía imprimir a cada uno de los lieder una variedad de colores, un lirismo y una profundidad fuera de serie.

Tuve la oportunidad de conocerla personalmente y de forma muy superficial en la Wiener Staatsoper en 2009, durante un descanso de un Tristán e Isolda dirigido por Simon Rattle, Me acerqué a ella, que estaba asistiendo a la representación, y tras disculparme por importunarla le dije: ¿Me permite que salude a la que considero la más grande de las cantantes que he escuchado? Ella sonrió con una absoluta naturalidad y me respondió “Danke”. Comenzamos a charlar. Su optimismo y energía eran contagiosos, no había en ella ni el más leve atisbo de vanidad ni de divismo. Era una gran señora comunicativa, simpática y extrovertida. Aquello no me sorprendió porque eso es lo que esperaba de ella, nada que ver con los pretendidos divos de nuestros días y de los de antes.

Su bellísima voz, su impresionante legato, su presencia y su inteligencia interpretativa siempre nos acompañarán a los que amamos el canto, la música y el arte.

Muchas Felicidades. Eterna Frau Ludwig…y que cumpla muchos más.

martes, 1 de mayo de 2018
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