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Josu de Solaun
JULIO-AGOSTO 2016 / número 898

Josu de Solaun

Historias de un pianista

Día tras día, cuando Josu de Solaun, que vive gran parte de su tiempo entre dos continentes, levanta suavemente la tapa del piano, comienza una nueva historia. Historias de Enescu, como la que le está dando la actualidad pianística internacional, al publicar el sello Grand Piano-Naxos la integral de la magnífica obra del rumano en tres discos, cuya última entrega verá la luz en septiembre. Esta es una música que en nuestro intérprete adquiere una especial significación, ya que el pianista fue Primer Premio del Concurso Internacional Enescu de Bucarest en 2014. Una vinculación que tiene un fuerte componente espiritual, como ya nos habló en su pasada presencia en esta revista, hace justo un año, en julio de 2015. Con proyectos discográficos tan sugerentes como Haydn, Schumann o Granados, en esta entrevista también se habla de arte, oxígeno vital para Josu de Solaun, y, cómo no, de su actualidad como músico, que pasa por sus giras, su reciente interpretación con la Orquesta de Valencia del Tercer Concierto para piano de Rachmaninov o su grabación de Les Noces de Stravinsky bajo la dirección de JoAnn Falletta.

Volvemos a encontrarnos maestro… Pero ahora, con el proyecto Enescu ya materializado. Creo que podemos comenzar por aquí, ya que hace un mes que ha salido el primer volumen de la obra completa para piano de Enescu interpretada por usted… Y en agosto y septiembre aparecerán los dos siguientes…

Sí, ha sido un año intenso en trabajo, sobre todo por este proyecto, pues no ha consistido en sólo aprenderse todas las obras de George Enescu para piano y tocarlas en muchos recitales, sino también hacer una labor filológica, de estudio de manuscritos, un profundo trabajo que me ha llevado hasta el alma del compositor. Algunas de las obras no estaban ni editadas ni publicadas, y las que sí lo estaban contenían muchos errores. Gracias a la gentileza de Clemente Pianos, quienes me proporcionaron un piano Shigeru Kawai maravilloso, un gran ingeniero llamado Jorge Luis García Bastidas, y una sala maravillosa como es el Palau de la Música de Valencia, creo que los resultados obtenidos son muy bonitos, y me siento orgulloso de poder presentar al mundo la obra de un genio que hasta hace poco era muy ignorado como compositor. Me gusta, como sabe, insistir en este aspecto, pero su música permanece tan arrinconada siendo tan importante, qué merece la pena volver a recalcar este aspecto. Por otra parte, el proyecto cuenta con una novedad, se incluyen en estos tres discos algunas obras que nunca se habían grabado, por tanto, son primicias mundiales.

Además de este Enescu, está vinculado a otro proyecto discográfico de envergadura, ya que también en septiembre aparecerán Les Noces de Stravinsky, bajo la dirección de JoAnn Falletta…

Sí, en efecto. Pronto saldrá el disco de Les Noces (Las Bodas) de Stravinsky, una de las grandes obras del siglo XX. Es una cantata bailada, una especia de híbrido entre cantata y ballet, que estrenaron los famosos Ballets Rusos en París, en el año 1923, dirigidos por Ernest Ansermet. Recuerdo una entrevista en la que Pierre Boulez contaba cómo las últimas páginas, con aquellos sonidos maravillosos de campana, le habían influido tanto. También, sin duda, influyeron mucho a compositores tan diversos como Béla Bartók y Olivier Messiaen. Curiosamente, el disco guarda una fuerte relación también con Enescu, pues Enescu, aunque fuera uno de los mejores violinistas del siglo, era también un pianista genial (y también organista, cellista y flautista), y fue uno de los cuatro pianistas que tocaron Les Noces en su première americana, bajo la batuta de Leopold Stokowski (los otros pianistas fueron el arpista Carlos Salzedo, Germaine Tailleferre -compositora y miembro del grupo de Les Six- y Alfredo Casella). Todavía recuerdo la emoción y fascinación durante las sesiones de grabación, y cómo a todos los involucrados nos maravillaba el mundo sonoro tan original que había creado Stravinsky, un especie de cubismo-folk hecho realidad acústica. Grabar Les Noces fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida como músico.

Atendiendo a esta respuesta, parece usted sentirse como en su casa en la música del siglo XX… ¿También en la del XXI?

Alguna de la música del siglo XX y XXI me parece de lo mejor que se ha escrito nunca. De la primera mitad del siglo XX, salen algunos de los grandes genios de la historia de la música: Debussy, Ravel, Stravinsky, Bartók, Schoenberg, Berg, Webern, Scriabin. Para esa mitad del siglo XX, ya no hacen falta apóstoles, ni defensores. Forman ya parte del canon. Pero la música de toda la segunda mitad del siglo XX, todavía no logra entrar de lleno en las salas de concierto, y es una pena, porque es alguna de la mejor música jamás escrita. Para mí, hay tres grandes genios en la segunda mitad del siglo XX: Ligeti, Elliott Carter y John Adams. Ahora, para mí, sin duda, el más importante es Elliott Carter, que me parece el Haydn del siglo XX, y sin duda el mejor compositor de la segunda mitad del siglo XX. En esto, curiosamente, también coincide Barenboim. Lo leí hace poco en uno de sus ensayos. Luego están otros compositores de nuestra contemporaneidad que me parecen muy importantes y cuya música es una gran calidad artística, que estoy segura perdurará. Podría nombrar aquí a Per Nørgård, Thomas Adès, York Höller,  George Benjamin, James MacMillan, Richard Wilson, Kaija Saariaho, Leon Kirchner, Luigi Nono, Djuro Zivkovic, Tristan Murail, Harrison Birtwistle, Louis Andriessen, Takemitsu, Dutilleux, Barbara Kolb, Arvo Pärt, Edison Denisov, Frank Martin, Iain Hamilton, Robert Moevs, Salvatore Sciarrino, Geirr Tveit y Richard Dubugnon.

Y en proyecto tiene también Tríos de Haydn y música de cámara de Enescu, así como para Centaur Records las Goyescas, Lieder de Schumann y más música de cámara, de nuevo Enescu, más Janácek, Bartók y Szymanowski, compositores con los que siente muy cómodo…

Sí, Haydn es uno de mis compositores preferidos. Un genio absoluto cuya música tiene un espectro de significación amplísimo, desde lo ridículo hasta lo sublime. Toco muchas de sus Sonatas para piano y he estudio en profundidad sus Cuartetos de cuerda. En el siglo XX, Elliott Carter, como le he dicho, me recuerda mucho a Haydn, y es un compositor que admiro también muchísimo, cuya Sonata para piano grabaré también en un futuro muy cercano.

La música para piano de Carter tiene defensores como Aimard o Ursula Oppens, que creo grabó en vida de Carter la que hasta entonces era la obra completa del compositor. Se atreve con esta difícil partitura, ¿con qué la “acompañará”?

Sí, conozco bien a Ursula Oppens, y hemos hablado en varias ocasiones de la Sonata de Carter, que me parece una de las cimas de la escritura pianística del siglo XX. Supongo que cuando la programe en concierto la pueda quizás acompañar con la Sonata de Liszt, con la que guarda gran relación, o cuando la grabe, quizás con su Sonata para cello (la de Carter), que es una obra también fundamental. Como le decía antes, la música de Carter es como un soplo de aire fresco. En Naxos también  saldrá un disco de algunos de los mejores Tríos de Haydn, y otro con el Trío en la menor y el Cuarteto Op. 16 de Enescu, grabado junto con el violinista Stefan Tarara, la cellista Eun-Sun Hong y la violista Molly Carr. Es un proyecto por el que tengo mucha ilusión. Luego también saldrá un disco con las Goyescas de Granados, de las cuales llevo ocupándome muchos años en público, para el sello estadounidense Centaur Records, junto con una grabación de tres de los principales ciclos de canciones de Schumann, los dos Liederkreis, los Op. 24 y Op. 39 y Dichterliebe Op. 48, junto al tenor noruego Nils Georg Nilsen. Por último, un recital de música de cámara junto a mis amigos y grandes violinistas Anna Margrethe Haugland Nilsen y Jesús Reina.

Dichterliebe y los Liederkreis, pero especialmente el primero, aunque sea música escrita para un piano que “acompaña una vez”, puede tener algunos de los momentos pianísticos más inspirados de Schumann…

Desde luego, en Dichterliebe, el piano es casi el principal protagonista, el que plasma en sonidos la abstracción emocional del protagonista, lo que queda entre líneas, su verdad, lo que el texto no logra alcanzar. Por eso todas las canciones de Dichterliebe contienen un epílogo pianístico, en la que la palabra calla para dar paso a la música instrumental, que era para Schumann (no muy interesado en la ópera), el ideal de música en general. Es una especie de manifiesto estético medio escondido (¡o no tan escondido!).

¿Cuánto hay de usted en cada pieza que hace suya y que interpreta?

Bueno, supongo que es difícil contestar a esto. ¿Cuánto de un actor hay en un personaje? Supongo que todo y nada, en un buen actor. O quizás la respuesta deba ser que tiene que haber todo para que no haya nada. Es decir, cuando creas algo, no te debe pertenecer. De hecho, no te pertenece. Debe pertenecer al mundo, y estar sujeto a sus vicisitudes. El buen actor en sonidos, el buen músico, o intérprete musical, debe desaparecer en algún momento del proceso, para dejar paso al material, de lo que va lo que hace. Pero para eso se necesita mucho de uno, mucho esfuerzo, sobre todo. ¿Cuánto de mí hay en cada pieza que toco? Sobre todo, mucho esfuerzo.

Acaba de interpretar con la Orquesta de Valencia un titán como el Tercer Concierto de Rachmaninov… ¿En qué viajará ahora tras este trasatlántico de los conciertos para piano?

El Tercer Concierto de Rachmaninov es un concierto que me ha acompañado desde que lo toqué por primera vez con orquesta, con 22 años de edad. Desde entonces, en los últimos 12 años, lo he tocado en España, Estados Unidos, República Checa, Ucrania, Japón y Rumania, en numerosas ocasiones. Es un regalo que nos hizo Rachmaninov a todos los pianistas, un tesoro de exuberancia pianística. Es un viaje heroico de virtuosismo endiablado y lirismo exaltado, por el que todo pianista debe pasar en algún momento de su vida. La pieza comienza con una melodía litúrgica, profética, que anuncia un porvenir complicado, y termina en un arco triunfal en el que el pianista ha pasado por toda clase de peligros, obstáculos y episodios fantásticos. La temporada que viene lo vuelvo a tocar con la Sinfónica de Targu Mures, en Rumania, y espero hacerlo más veces en el futuro en España.

Tiene una gira en China desde mediados de julio, ¿se ve usted bien en un país como ese?

He viajado antes a Malasia, Japón y Taiwán, pero nunca a China en sí. La verdad, tengo bastante curiosidad por conocer una civilización tan distinta a la nuestra. Sobre todo, voy con espíritu aventurero, a presentar la música que amo.

¿Qué programas llevará en esa gira?

Tocaré las últimas obras de Brahms (Opp. 117, 118 y 119), Goyescas de Granados y las dos Sonatas de Enescu. Son compositores que guardan toda clase de relaciones, algunas más evidentes que otras, pero que sin duda ahí están.

También hará una obra bellísima y poco tocada, como el Concierto de Chausson, para violín, piano y cuarteto de cuerda… ¿Qué nos puede decir de ella?

Ernest Chausson, junto con Cesar Franck, fue el gran mediador de Wagner en Francia. Sobre todo del Wagner de Tristán e Isolda. Además fue, al igual que Enescu, alumno de Massenet, y luego de Franck. Murió muy joven, a los 44 años, dejándonos muy pocas obras (tan solo 39 opus), pero, sin embargo, su música es de una gran riqueza expresiva, muy influenciada por el simbolismo y también por la literatura rusa de la época. Su casa, en la Rue de Courcelles de París, era un foco neurálgico de artistas, músicos y escritores. Mi admiración por su música es total, y cuando los Manhattan Chamber Players y la gran violinista Caroline Goulding me ofrecieron tocar su Concierto Op. 21 para violín, piano, y cuarteto de cuerda, en Nueva Orleans, no me pude resistir. Fue escrito a finales del siglo XIX, una época por la que siento una especial debilidad. Es una obra que estrenó Eugène Ysaÿe al violín (con Auguste Pierret como pianista, y el cuarteto de Mathieu Crickbook), y que resultó ser uno de los pocos éxitos de la vida de Chausson. Una obra de gran drama que termina en una apoteosis cíclica alla Franck.

Y seguimos con “rarezas”, pero no me diga que interpretar el Concierto para piano de Khachaturian no lo es, aunque lo tocara Alicia de Larrocha…

La música de Khachaturian me fascina desde niño, desde el momento en que escuché una orquesta sinfónica por primera vez, en un disco de Adagios dirigidos por Lawrence Foster, en el que se incluía el famoso Adagio del Ballet Espartaco del compositor armenio. Su Concierto para piano y orquesta es música de montañas, música de altitudes, y tiene algo de legendario, de cuento de hadas, muy propio del folclore armenio, que encuentro muy fértil y original. Es un concierto de una factura formal y pianística exquisita, y que siempre me gusta tocar mucho.

Es una pregunta esta que tiene su trampa… Con estas obras tan poco tocadas, ¿echa mano de versiones discográficas para ver qué hacen aquí o allá…?

A veces sí, ¡aunque también es una buena excusa para grabar…!

¿Qué libro tiene entre manos? ¿Ha dejado alguno por imposible…?

Ahora mismo estoy enfrascado leyendo las obras completas (vamos, casi todas) del filósofo español Gustavo Bueno, en especial su Teoría del Cierre Categorial. También un poemario de Justo Navarro, el gran poeta granadino, y la última novela de Thomas Pynchon, Bleeding Edge, que es una novela detectivesca muy bien escrita. Normalmente termino todo libro que empiezo. El único que nunca he logrado terminarme es Finnegan’s Wake, de James Joyce. Casi lo doy por imposible, pero quizás algún día tenga las ganas, el valor, y el tiempo. Sobre todo el tiempo.

De Joyce hay un libro que muchos afirman haber leído pero, como el Quijote, dudo que así sea… ¿Es el Ulises de Joyce el Anillo de Wagner? ¿A qué obra o creación musical podría comparase?

El Ulises de Joyce yo creo guarda mayor relación con el tipo de cubismo musical de Stravinsky que con el letimotivismo orgánico de Wagner. O quizás con algo como la Sinfonía de cámara de John Adams.

Si nuestros lectores recuerdan, usted es un cinéfilo consumado… ¿Qué ha visto últimamente? Algún filme que le haya hecho reflexionar…

El mejor film que he visto últimamente se llama Upstream Color. Es de 2013, por el cineasta independiente americano Shane Carruth. Solía ser un gran fan de Terrence Malick, pero sus últimas películas me han decepcionado.

¿El Josu de Solaun músico de hoy, es el Josu de Solaun que pensaba hace quince años que podía llegar a ser?

Me da miedo pensar en esas cosas… No lo sé. Quizás otros debieran contestar a esa pregunta…

Con el Tercer Concierto de Rachmaninov el esfuerzo físico es considerable, ¿evita la tentación virtuosística? ¿O acaso esta obra está hecha para que también público disfrute del “no va más”?

Para mí, el virtuosismo no es ninguna tentación, ni ningún pecado. Es un registro expresivo más. Forma parte de la relación especial que mantenemos con lo peligroso todos los humanos. En Rachmaninov, el virtuosismo, o más bien yo lo llamaría la abundancia pianística, la exuberancia torrencial, la apoteosis de la ornamentación folclórica, está completamente integrado en la forma y en la expresión de la obra. En ese sentido, es un registro expresivo más, un carácter más. Desde luego, la música no se agota en el virtuosismo, pero tiene un atractivo innegable. Paganini fascinó a todo tipo de músicos, desde Chopin, pasando por Liszt, Schumann o Wagner. Y era más bien por lo que su virtuosismo representaba: lo peligroso, lo prohibido, romper barreras. Hay cierto rechazo al virtuosismo, de vertiente puritana, que nunca he entendido. El virtuosismo es parte de la vida, y como tal debe entenderse. Hay virtuosismo en el Tercer Concierto de Rachmaninov, pero el virtuosismo no agota la pieza, es sólo parte de ella. Hay una especie de maximalismo expresivo y pianístico en esta pieza, que es parte esencial de su escucha, del viaje dramático que supone para pianista y público.

Su antítesis, el preciosismo tímbrico, puede llegar a ser más pretencioso que el propio virtuosismo apabullante…

Sin duda, el preciosismo tímbrico porque sí me parece detestable. Es una suerte de narcisismo invertido, que se reviste de poetismo moralista que rechaza el virtuosismo tradicional. Desde luego, en mi opinión, mucho más pretencioso, y a veces, sin duda, refugio claro de la mediocridad instrumental, aunque me duela decirlo.

Amigo de viajes arriesgados pero fascinantes, como el de Enescu, esta música de entre siglos (XIX-XX) le va muy bien, ideológicamente y sonoramente sabe captar las complejas atmósferas anímicas, pero, ¿dónde está el apoyo de los programadores cuándo quiere desarrollar programas de este tipo?

Sí, tiene razón en afirmar que una gran parte de gestores y programadores culturales no saben qué hacer con esta música: Janácek, Szymanowski, Enescu, Bartók, Chausson, Franck, Dukas, Scriabin, etc. Es música históricamente en transición, eclética, que sintetiza muchas tradiciones y que prefigura otras futuras, difícilmente clasificable, y por tanto, más difícil de presentar al público que otras de perfil más definido. Sin embargo, en mi opinión, es de los períodos creativamente más fértiles en la historia de la civilización occidental.

¿Hay música en usted que no lleve un proceso paralelo artístico, es decir, vincula artes cuando estudia o cuando toca?

El contexto histórico es fundamental, pero la música la concibo desde mi presente. Es decir, la cuestión no es sólo qué pensamos nosotros de Beethoven, sino también, qué pensaría Beethoven de nuestra época. En ese sentido, claro que hay grandes relaciones entres las artes, y es imprescindible conocerlas. Ahora bien, siempre entiendo que hay una gran discontinuidad también. La realidad está profundamente entrelazada, pero con cortes. Es el principio de symploké de Platón del que tanto habla Gustavo Bueno, que se opone tanto al monismo holista («todo está vinculado con todo») como al pluralismo radical («nada está vinculado con nada»).

Concluyendo, si tuviera la oportunidad, ¿con quién se tomaría un café?
a) Un compositor…
b) Un intérprete…
c) Un personaje histórico…

Le contesto:
a) Compositor: Elliott Carter.
b) Intérprete: Alfred Cortot.
c) Personaje histórico: Baruch Spinoza.

Y le razono… Elliott Carter por considerarlo el más grande compositor de la segunda mitad del siglo XX, Alfred Cortot por considerarlo como el músico que más ha influido en mí, y Spinoza por ser el padre del pensamiento moderno. 

Creo que quizá un solo café no sería suficiente… Gracias por su tiempo.

Por Gonzalo Pérez Chamorro

Foto: Josu de Solaun ha grabado la obra completa para piano de George Enescu.
(Fotografía de oniricafotografos.com) 

http://www.josudesolaun.com/


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