Revista Ritmo
Editorial
Revista RITMO
DICIEMBRE 2016 / número 902

Ha sido una gran decepción que, tras los nombramientos del nuevo Gobierno, hayamos vuelto a constatar que, finalmente, Mariano Rajoy sigue considerando no necesario un ministerio específico para la cultura, manteniendo una cartera compartida con la educación y el deporte. Hay voces que han manifestado que lo importante no es el organismo sino la voluntad de las personas que lo dirigen; pero también es cierto que el peso político e influencia económica de un ministerio “ad hoc” sería mucho más efectivo para los intereses concretos de la cultura. En otros países del entorno, como Francia, Italia o Portugal, siempre han tenido (y siguen teniendo) un ministerio propio para esta materia. Nuestra última ministra de Cultura fue Ángeles González-Sinde, entre 2008 y 2011, durante el último gobierno socialista.

Sectores de la cultura como la literatura, el cine o el teatro mantienen una actitud activa y unida para defender sus intereses ante el Gobierno; mantienen también la necesidad de un apoyo institucional a sus actividades, pues con la explotación comercial no se puede cubrir los mínimos necesarios para la supervivencia económica de sus distintos proyectos; teniendo además un criterio único en la demanda social de un ministerio de cultura. La música clásica, por el contrario, parece que está en una situación más ambigua, quizá por el falso pudor y la creencia equivocada de que su audiencia proviene de una clase social económicamente acomodada y, en opinión de muchos, que no precisa necesariamente del apoyo oficial vía impuestos del resto de la sociedad.

Bien es cierto que la en principio estereotipada música clásica se asocia históricamente a las clases sociales más privilegiadas. Los compositores en siglos pasados precisaban del apoyo y subsidio de los aristócratas de turno para vivir y seguir componiendo nuevas obras. En compensación, esas obras eran estrenadas ante las audiencias de dichos aristócratas, siempre alejadas del pueblo llano. En el siglo XX y en la actualidad, con la democratización cultural y económica de la sociedad, se ha potenciado enormemente la creación y el disfrute de música clásica a nivel popular. Por otro lado, el desarrollo de los medios de comunicación y la tecnología también ha participado activamente en esa democratización. El acceso a la música clásica ya no es un privilegio de las clases acomodadas. Ahora, su aprendizaje y goce llega a todos los niveles sociales, de ahí su gran expansión en las últimas décadas. En este país de grandes contrastes, la creación y promoción de la música clásica se ha mantenido con elevados “tics” clasistas, tanto económicos como culturales, no teniendo un claro soporte popular a la hora de reivindicar su valor cultural y educativo. También convendría anotar que los gobiernos socialistas de nuestra democracia apoyaron con más decisión el desarrollo y difusión de la música clásica que los gobiernos de la derecha.

La cultura, como eje fundamental en el desarrollo de cada individuo y de la sociedad, precisa de un reconocimiento oficial que le permita hacer valer sus demandas y desarrollos desde un ministerio propio, no compartido, que le dé voz única en los Consejos de ministros, mayor fuerza en la defensa de sus intereses impositivos ante el ministerio de Hacienda (permitiéndole una mejor posición en la lucha para acabar con la vergüenza del tipo de IVA del 21%), una voz única en Bruselas y, sobre todo, un ministerio que lance una señal inequívoca de que el Gobierno español tiene en la cultura uno de sus pilares fundamentales para el futuro del país. Compartiendo funciones en el ministerio de Educación, Cultura y Deporte, el mensaje para la sociedad está bastante claro por el momento.

Como el nuevo gabinete ministerial ya está nombrado y, por ahora, tenemos un gobierno establecido y con ganas de diálogo y de progreso económico y social, solo nos queda anotar al ministerio de Educación, Cultura y Deporte, así como a su Secretaría de Estado de Cultura, tres asuntos de urgente resolución: la rebaja del IVA cultural, pues somos el único país de nuestro entorno que equiparamos una obra de teatro, una película o un concierto a un artículo de lujo; una ley de mecenazgo clara y correcta que permita la entrada de la empresa privada en la creación y desarrollo de la cultura; y un apoyo decidido, y no de maquillaje, a la creación y difusión musical a nivel estatal, con el respaldo y presencia de sus agentes, gestores y creadores.

Esperemos de esta nueva legislatura, en todo caso, una mayor sensibilidad cultural, aunque sea desde un ministerio compartido.

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