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Marzo 2010 / Número 828

Editorial

Música y dietética cultural

La cultura (o por mejor decir, su admimistración) en España no es ajena, naturalmente, a la imponente crisis económica que atraviesa el país. Con consecuencias que atienden a varios frentes, entre los que se encuentra la música, y muy particularmente ésta por tratarse de una materia especialmente sensible a los vaivenes económicos, ya que se trata de un arte consumido por una minoría que, aun siendo importante y cada vez más voluminosa, no deja de ser una minoría. Claro que, por ello mismo, tampoco supone grandes esfuerzos crematísticos para las diversas administraciones públicas, sean la central o las autonómicas. Sin embargo, también a la música ha llegado la sicosis de probreza y falta de recursos que ataca al país entero, para replantearse desde la adjudicación presupuestaria de una carretera hasta la necesidad de que nuestros abuelos queden avisados de que su compulsión en el consumo de medicinas va pronto a ser severamente castigada, pasando por el alargamiento elástico de nuestra vida laboral para que el sistema no acabe hundido en la más mísera de las simas oceánicas. ¿Cómo ha llegado toda esta especie de violento brote sicótico del dinero a la música?

Pues de muy mala manera; y atacando a principios que, sinceramente, creíamos superados desde hace tiempo. Cada día llegan a nuestra redacción las últimas ocurrencias de tal o cual consejería, de tal cual ayuntamiento, de tal o cual ministerio, a propósito de las nuevas directrices presupuestarias a seguir para la financiación de sus productos musicales: orquestas, festivales, concursos... Explicando que, como el dinero se necesita para otras cosas más importantes, hay que apretarse el cinturón. Lo que, a veces, en la práctica supone la esclerotización de los gastos corrientes de la institución, además de conllevar una consecuencia subsidiaria de mucho calado: el país lleva años realizando brillantes inversiones patrimoniales (salas, auditorios, orquestas, etc.), y ahora resulta que no hay dinero para rentabilizar tal inversión. Nos hemos comprado una bonita casa, pero no tenemos agua, luz, gas, teléfono...
 
Creemos que el problema es otro. Comprendemos que los patrocinadores privados se echen atrás por todas partes, pero entendemos mal que las administraciones públicas hagan lo mismo, porque tienen una responsabilidad ineludible en la formación cultural del ciudadano, por un lado; porque, a pesar de lo que se pueda decir, siguen teniendo los recursos necesarios, por otro, y porque, a menos que echaran un poco de imaginación al asunto, se darían cuenta de lo mucho que se puede hacer con muy poco. Pero claro, para funcionar así se necesitaría otro tipo de políticos, menos obsesionados con la imagen y más sustanciales en el manejo de las ideas. En otras palabras, se trataría de gastar en lo fundamental y no en lo superfluo. ¿Qué consideramos nosotros fundamental y qué accesorio?
 
Pues no queremos ser demagógicos, pero no nos parece serlo al afirmar que éste es el momento para prescindir del lujo; para que nos olvidemos de lo óptimo y nos centremos en lo –sólo– bueno; para adelgazar determinadas estructutras, buscando la optimnización de los resultados con mucho menor esfuerzo del factor trabajo; para aprovechar lo que tenemos, que es mucho, y darle rentabilidad cultural; para, en suma, ser conscientes de que crisis no puede significar parar.
 
A veces resulta penoso hacer el ejercicio de la observación. No diremos nombres, pero, ¿cómo es posible que se le pueda reducir drásticamente el presupuesto a una orquesta que es la titular de la capital de una de las comunidades autónomas cruciales del Estado, y que no se tenga inconveniente en seguir subvencionando –con un notable aumento de asignación– un producto musical de absoluta élite, por mucha calidad que éste tenga? Hambre no significa no comer, sino ingerir lo preciso, lo que, en boca de los dietistas, es lo sano y lo necesario para gozar de una buena salud. Pero en este país, aquí y ahora, estamos empezando a caer enfermos.
 
 
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