En pleno verano, cuando este número de RITMO estaba a punto de entrar en máquinas, un buen día nos desayunamos con una noticia que, por un lado, repetía un dato que, de por muy conocido, ya aburre (han vuelto a bajar las ventas de discos), pero que, por otro, añadía algunos nuevos en relación al consumo de la música clásica en vivo en España: también éste se había resentido en cuanto a recaudación. Mala cosa, una vez más, pero, en nuestra opinión, especialmente mala, porque si bien estamos ya resignados a que las compañías de discos hayan perdido un poco el rumbo en el muy despistado mercado discográfico actual, no hemos cesado de decir que lo del consumo de la música en vivo es distinto; que aquí no hay tal despiste, que la gente sigue y seguirá escuchando música…
¿Preocupados, pues? No especialmente, pero sí nos sentimos en la obligación de mostrar una mayor alerta ante las maneras de organizar y gestionar el consumo de la música clásica en nuestro país. Porque el dato en cuestión se refiere a la caída del número de espectáculos de música clásica, pero en absoluto al número de espectadores, que se mantiene numantinamente. Nuestro gremio es fiel hasta decir basta, cosa que no ha sucedido con la música pop, que ha conocido un descenso muy significativo en todo, en recaudación pero también en espectadores.
Alerta que queremos hacer extensible a los responsables de escoger, organizar y programar para que tomen conciencia de lo que la sociedad les está pidiendo: no que gasten menos (que también), sino que gasten bien, con criterio y con una austeridad tan necesaria como bien fundamentada, y en función de las necesidades del mercado pero también de las de un consumidor que asiste perplejo a una nueva caída de las expectativas de su ocio, y a pesar de ello sigue ahí, cumpliendo como un jabato Alerta, decimos: ponerse las pilas o morir. Se acabó el tiempo del poco esfuerzo para conseguir los objetivos. (Por cierto, como ha hecho el INAEM al fundir la gestión del Auditorio Nacional y el Auditorio 400).
En este contexto adquiere un especial valor el tema que desarrolla el contenido de la portada de este número, no otro que unas extensas declaraciones de los responsables del Teatro Real de Madrid, es decir, una de las instituciones españolas básicas para el funcionamiento de ese consumo musical a que hemos hecho referencia arriba. Las tres cabezas visibles de la Casa salen a la palestra para poner más de un punto sobre más de una i. Hay en esa entrevista, como apreciará el lector, no sólo unas cuantas declaraciones de intenciones, sino una serie de serias realidades ya en marcha; realidades económicas, claro, pero también artísticas y de participación de instituciones privadas a través de patrocinios sólidos y enormemente trabajados. He aquí el ejemplo de un teatro que cuenta con subvención estatal (menos ahora, como se verá: la crisis es la crisis), pero que se está moviendo muy activamente desde la Fundación Teatro Real para conseguir financiación privada. ¿Y para qué? Pues para lograr unos estándares de calidad que son tan estrictamente necesarios en una institución de estas características hasta el punto de que, de no alcanzarse claramente, invalidarían el proyecto totalmente. Al modelo de gestión (muy aquilatado, como se deduce del contenido de dichas declaraciones) y a la determinación de la Fundación en asegurar al teatro una marca institucional concreta, clara, comprensible y muy cómplice con el empresariado que participa en los patrocinios, se añade una filosofía de contenidos artísticos absolutamente transparente en su idea general y, a nuestro entender, sumamente inteligente. Programar no es acumular títulos, exhibir grandes producciones o montar un escaparate de cantantes. Afortunadamente esto no ha sucedido en el Real en las últimas temporadas con el director artístico que ahora sale, pero en estos momentos se está sistematizando y realzando la idea con mayor fuerza si cabe. Desde estas páginas alabamos los contenidos de la temporada finalizada el mes pasado, pero damos la bienvenida a la nueva con mucha esperanza, porque su “transversalismo” es de un contenido político y social añadido al puramente artístico que no sólo nos parece bien sino necesario en los tiempos que corren. Creemos en la capacidad de la música –y de la ópera, más– para entretener, pero estamos obligados a recordar que nuestros objetivos van más lejos: si aceptáramos que una página musical y su versión no tienen por qué ser capaces de ir más allá del divertimento estaríamos dando un paso atrás que nadie nos perdonaría. Y menos, nuestros lectores.