Una primera parte de altura
Tuvo lugar la inauguración de la 52 Semana de Música Religiosa de Cuenca en la iglesia parroquial de Villaconejos de Trabaque. Por razones que no vienen al caso no pude estar allí, pero tengo elementos de juicio suficientes para asegurar que la velada protagonizada por The Royal Wind Music fue memorable. Es este un consort de flautas de todos los tamaños y especies que desearíamos ver pronto en el Auditorio Nacional de Madrid, pues por estilo y técnica (flautas, recuérdese: no hay quién afine) los resultados se salen de lo común. Me consta que fue un extraordinario inicio para una edición que de manera milagrosa pasó de no haber sido a ser quizá una de las mejores de los últimos años. Ya en la presentación de la misma en Madrid se percibió un especial empeño por parte de la Consejería de Cultura de la Comunidad, e incluso más, la implicación directa de la propia presidenta. No asistió esta al primer concierto en Cuenca (celebrado en el Auditorio, el 24 de marzo), pero no se perdió, el Martes Santo por la mañana, la Visita Acústica a la Catedral, una interesante actividad paralela que es lo que su propio nombre indica: un pequeño coro canta en unas capillas escogidas, y se escucha a los dos órganos.
El eficaz Paul Dombrecht y su no menos correcto grupo Il Fondamento (extraordinario el Coro de Cámara del Palau de Barcelona), dieron esta vez un buen campanazo, mostrándonos una pieza de Rösler/Rosetti que alguno de los asistentes calificó de “larga”, pero que a un servidor le pareció un auténtico hallazgo. El oratorio Der sterbender Jesus salió de la pluma de su autor en 1786, es decir, más de 10 años antes que La Creación, de Haydn, quien por cierto había sido seducido por la belleza de las sinfonía del compositor checo. Hago referencia a esas fechas porque la pieza recuerda en más de un momento al estilo suelto y elevadamente positivo del último Haydn coral. Lo que desde luego es más que suficiente para dar saltos. Un acierto.
El lunes pude asistir a dos conciertos, cada uno en su estilo, de quitar el hipo. Graindelavoix es un grupo de siete jóvenes (contando a su director y cantante Björn Schmelzer), que presentó en la Iglesia de Santa Cruz una obra única (con muy buen criterio no hubo bises), la muy especial Messe de Nostre Dame, de Guillaume de Machaut. Siempre he pensado que esta es una música “de marcianos”, dicho claro está en sentido figurado: su modernidad trasciende siglo a siglo hasta llegar a un tiempo, el nuestro, en el que sigue superando en imaginación, recursos vocales, originalidad, etc. a muchas de las músicas escritas ahora. El grupo (que en un par de días tenía planificada la primera sesión de trabajo para grabar la obra para el sello Glossa) es magnífico. Es una agrupación de mezcla étnica (americana, francesa, belga, estonia) que no admite (palabras del propio Schmelzer a este comentarista) “las influencias de Marcel Peres, prefiriendo situarse en otros terrenos, quizá un mediterranismo de mayor mestizaje”. Sea como fuere, su trabajo fue espeluznantemente conmovedor, pero de una fuerza intelectual en nada inferior a su impronta expresiva, realmente impresionante.
Tras el “chute Machaut”, nos metimos en la Iglesia de San Miguel para dar un salto de 500 años. ¿Protagonistas? Otra vez gente joven de mucho talento; esta vez españoles, chicos de oro de una generación de oro y diamantes de nuestra historia reciente, y que, a pesar de las injustas dificultades a que está siendo sometida, parece no agotarse. Hablo de Adolfo Gutiérrez y Javier Perianes, que hicieron un magnífico e inolvidable concierto. Comenzó este con una rareza de Ernst Bloch, tres oraciones agrupadas sobre un discurso chelístico de la habitual fácil sentimentalismo que suele exhibir la música del autor de Schelomo. Vino luego una incisiva y magníficamente tocada por los dos Sonata Op.5/2 de Beethoven, seguramente no la mejor literatura chelística de su autor, al menos no toda la obra, que tras un maravilloso movimiento lento se pierde luego en excesivo divertimento. Pero claro, tocada así es como un lujo. La segunda parte de la velada fue redonda; en música y en interpretación. Dio comienzo con un extracto del Cuarteto para el fin de los tiempos de Messiaen (Louange à la Éternité de Jésus), cuya existencia conoció una buena parte del público asistente, y que la celebró con entusiasmo. Y finalizó con una soberbia interpretación de la Op.38 de Brahms. Para mí, aunque por razones personales nada gratas, la mejor despedida de una SMRC que está alcanzando uno de sus mejores resultados artísticos.
Pedro González Mira
Selección de dulces
Varios conciertos marcaron la segunda parte de las SMR de Cuenca; una recta final que dejó un buen sabor de boca, con momentos estelares y otros prescindibles, y un saldo positivo entre los oyentes. Philippe Herreweghe ha evolucionado desde su magnífica y referencial versión de La Pasión según San Mateo grabada en 1985. En 2013 utiliza coros más escuetos y huye, sobre todo por razones económicas, de primeras figuras vocales. Su fraseo incide aún más en el detallismo, lo cual es peligroso pues puede perder el sentido global. El caso es que me gustó mucho el trabajo del Collegium Vocale Gent y la idea general del director belga, sobre todo por el sentido dramático conseguido y por el crescendo expresivo que acabó de forma magistral.
El Mozarteum de Salzsburgo y el Orfeón Donostiarra ofrecieron una de cal y otra de arena. El Viernes Santo, una pobre Misa en do menor de Mozart, junto a unos sufridos y mal cantados Motetes para un tiempo de penitencia de Poulenc, donde se mostró el encorsetamiento del director Leopold Hager, lo que llevó a un desbarajuste generalizado y a potenciar los defectos técnicos de los cantantes, tanto solistas como corales. Bastante mejor y con la ayuda de la peculiar acústica de la catedral, sonó la Novena de Beethoven. La brillantez de la orquesta austriaca y la capacidad sonora monolítica de los donostiarras se adaptó mejor a este repertorio que supuso un broche brillante para la 52 edición.
Algunos conciertos fueron descubrimientos inolvidables. El Cuarteto Bretón nos sorprendió por su sobresaliente nivel en la interpretación de la obra de Gubaidulina, así como por la puesta en valor del excelente Cuarteto n. 2 de Guridi. Exquisito en lo tímbrico y en lo expresivo fue el resultado del Rose Consort of Viols, el contratenor Mark Chambers y Andrés Cea desde el curioso claviórgano. Curioso en lo formal y excelente en lo coral fue el concierto del Vocalconsort de Berlín.
Manuel Millán de las Heras
Foto: Adolfo Gutiérrez y Javier Perianes tocaron obras de Bloch, Beethoven, Messiaen y Brahms.