Valencia: faltaron ensayos
No critico en absoluto a la orquesta ni al coro, que en realidad son héroes en esta historia. Porque aunque la orquesta sea la de la Comunidad Valenciana, el coro sea el de la Generalidad Valenciana y el director sea el mismísimo Valeri Gergiev, habiendo demostrado su gran valía todos ellos en incontables ocasiones, son necesarias un mínimo de horas de ensayo para que una partitura que presenta las complejidades técnicas del Roméo et Juliette de Hector Berioz salga correctamente.
Desde luego no fue una catástrofe, pero desde el primer fugado en la cuerda se pudo apreciar que no se estaba al nivel habitual. Que no salía limpio. Que el sonido era apretado. Que fallaba la cuadratura. Cuando se incorporaron el resto de las familias de la orquesta los ataques de los acordes no salieron bien sincronizados. Cuando entró el coro se pudo escuchar su inseguridad. Por supuesto que todo ello trajo también consecuencias en la afinación y en el timbre. A lo largo de la hora y media larga que duró el Roméo et Juliette que pudimos escuchar el pasado ocho de diciembre en el Palau de les Arts de Valencia, se fueron alternando momentos brillantes con momentos deficientes, hasta llegar a un final sin unanimidad en el que unos miembros del coro terminaron antes que otros su última nota para que inmediatamente después sucediera lo mismo con la orquesta. Y es que cuatro horas escasas de ensayos, incluyendo el general, no dan para más. Lástima, porque sin todos estos problemas la versión del maestro ruso hubiera sido ejemplar. La mezzo Ekaterina Gubanova, el tenor Kenneth Traver y el bajo Mijaíl Petrenko exhibieron buenos instrumentos e interpretaron bien sus papeles.
Tras otro pase en Valencia, viajaron a Madrid para ofrecer el programa en el Teatro Real, con un segundo concierto añadido, donde seguramente saldrá todo de maravilla al estar ya todos familiarizados con la obra y con la peculiar gestualidad del director, para lograr un éxito de crítica y público. Ese es el estado en el que se debió haber presentado la obra de Berlioz en el estreno valenciano.
Ferrer-Molina
Teatro Real: problemas encauzados
El incansable y omnímodo maestro ruso nos ha visitado en esta ocasión con dos programas diferentes en el espacio de tres días, al frente de dos extraordinarias orquestas y con programas diferentes pero con alguna similitud.
Para el primero nos ha traído “un producto nacional de primera categoría”, la Orquesta y Coros de la Comunitat Valenciana, las mejores agrupaciones sinfónica y coral del país, para ofrecernos el Roméo et Juliette de Berlioz. Es una obra que rara vez se escucha y por ello el haberla programado me parece un acierto.
Se trata de una sinfonía coral que nos brinda todas las grandezas, indudables, del gran músico francés, tales como una orquestación deslumbrante, una vena melódica extraordinaria, pero, como casi siempre con este músico, también una desmesura evidente. Berlioz comienza un tema capaz de arrobar por su belleza e inspiración, pero lo alarga a extremos de hacerlo tedioso; solo Schubert ha tenido el genio de repetir un tema hasta la saciedad sin perder el pulso sinfónico ni el emocional. De repente el francés es capaz de asombrarnos con una orquestación apabullante y grandiosa, pero no puede evitar que lo que se escucha me suene desmesurado; siempre me recuerda este músico al Eugéne Delacroix de “La muerte de Sardanápalo”, magnífico, pero excesivo.
Los intérpretes vocales Ekaterina Gubanova, Kenneth Tarver y Mijail Petrenko cumplieron en sus intervenciones con solvencia, sobre todo este último que compuso con medios limitados, pero con gran expresividad, el papel de Fray Lorenzo.
La orquesta y los coros estuvieron impecables, y eso con Berlioz ya es una alabanza porque la endemoniada partitura necesita de un control de instrumentistas y voces casi milimétrica para no convertir lo que se escucha en un maremágnum de sonidos. Extraordinarios.
Gergiev estuvo más acertado en los momentos más brillantes y llevó con soltura los líricos, pero sin alcanzar el nivel de poesía que requieren. Con todo una excelente interpretación.
En la segunda sesión el maestro se trajo a “su orquesta”, la espectacular del Mariinski de San Petersburgo y con un programa que les iba, tanto al maestro como a la orquesta, cono anillo al dedo. El programa fue en su integridad ruso y qué programa, integrado por tres obras cumbres del repertorio eslavo y, para mí, de la música de todos los tiempos. Dos ballets de Stravinsky que con el paso de los años cada vez se hacen más grandes, Petrushka y la incomparable La consagración de la primavera. Ambas obras sonaron con tal poderío, incisividad y brillantez que me dejaron perplejo; fue una exhibición de cómo se toca ese repertorio a la rusa, es decir, como a mí me gusta; algunos podrán encontrar reprochable el sonido áspero del conjunto, pero no es una aspereza gratuita (el conjunto logra casi el prodigio en todas sus secciones), sino una concepción estilística; la música de Stravinsky después se civilizó, se occidentalizó y perdió la inigualable genialidad de sus inicios. Pero en estas obras aún era el grandioso y violento escita capaz de romper todos los moldes occidentales con unas obras que cambiaron el discurso musical de la historia. La orquesta del Mariinski se ha resistido a la “globalización” y suena con un estilo tan propio que se la puede distinguir, cosa que no ocurre con el resto de las orquestas del mundo, por muy extraordinarias que sean, a excepción de la de Dresde.
El programa se completó con esos cuatro monumentos que son los Cantos y danzas de la muerte de Mussorgsky, cuatro canciones de una intensidad, profundidad y belleza que por sí solas son una de las mayores glorias de la música; cuatro relatos con música tan grandes y conmovedores que creo no tienen parangón en el repertorio vocal. Las sirvió con intensidad Mijail Petrenko (y en este caso la intensidad y las dotes interpretativas son tan importantes o más que las cualidades vocales), sustituyendo al enfermo Evgeni Nikitin.
Gergiev estuvo a sus anchas y logró un éxito grande, concediendo como propina un fragmento del poema sinfónico Baba Yaga de Anatoly Lyadov, uno de los profesores de Stravinsky.
Francisco Villalba
Foto: Valery Gergiev se ha convertido en un asíduo visitante en Valencia y Madrid.