Ritmo "On Line"
Revista Ritmo
Las grandes óperas
Selección de grandes óperas con el detalle de sus personajes, trama, comentario y versiones discográficas de referencia. Cada mes un nuevo título.

WERTHER, de Massenet

WERTHER, de Massenet

Personajes principales

Werther. Un joven poeta obsesionado por sus sentimientos amorosos. Personaje arquetípico de la (en más de un momento cargante) sentimentalidad romántica. Papel para un tenor lírírico con contradicciones expresivas: se le exige una entrega y una fuerza dramáticas más propias de voces de mayor envergadura. Su fatalismo no caja bien con ese espíritu canoro. Por tesitura, además, tampoco necesita un lírico puro (por arriba llega sólo a un La#3
 
Charlotte. Personaje contradictorio. Está enamorada de Werther, pero también (¿) de Albert, el, primero, novio impuesto, y, después, marido obligado. Sin embargo, es su ambigua (¿innoble?: “vuelva usted por Navidad”, le dice a Werther, ya casada con Albert) actitud hacia el primero la que conduce a este al suicidio. Su reacción para evitar el suicido es tibia. Rol de mezzosoprano que también puede cantar una soprano que sea capaz de lidiar bien en la zona grave.
 
Sophie. La hermana de Charlotte. También está enamorada de Werther. Una soprano lírica con agilidad.
 
Albert. Un barítono. Sus intervenciones son escasamente relevantes. Pero es el que “haciéndose el loco”, entrega las pistolas a Werther para que este apriete el gatillo. Personaje de discutible nobleza e inverosímil factura.
 
Le Bailli. Burgomaestre de Wezlar (localidad del actual estado de Hesse, en Alemenia), es el padre de Charlotte y Sophie. Otro barítono.
 
Schmidt y Johann, amigos del anterior, un tenor y un bajo
 
La historia
 
El joven caballero Werther ha llevado al baile a la bella Charlotte. Le declara su amor, y ella no le hace ascos. Pero está obligada a unirse a Albert, pues se lo juró a su madre en el lecho de muerte. Werther le asegura que está dispuesto a morir de amor por ella.
 
Charlotte y Albert están ya casados. Y Werther, desesperado, es consolado por Sophie, la hermana de Charlotte y, a su vez, enamorada de él. Charlotte, acomodada en su vida de casada, sugiera a Werther que vuelva por Navidad. Él le contesta que nunca más regresará.
Pero llega la Nochebuena y vuelve. Werther lo intenta de nuevo, y Charlotte, a punto de sucumbir a las pasiones de su enamorado, lo rechaza otra vez. Un criado de Werther pide a Albert en préstamo sus pistolas. Este no lo duda y se las proporciona.Charlotte lo sabe, pero adopta una actitud poco clara. Sólo cuando la sangre ya resbala por el pecho de Werther es capaz de reconocer su amor por él.     
 
Comentario
 
Como es lógico, todo lo dicho antes a propósito de los personajes está referido al libreto de Werther de Massenet. Pero sería incomprensible perder de vista que todo él está basado en la novela de Goethe. Y ahí empiezan los problemas y las contradicciones. En realidad, se explica mal por qué Massenet obró así, y no decidió encargar un libreto que no fuera subsidiario de la obra del alemán. Porque poco tiene que ver el uno con el otro. En Goethe Charlotte no está enamorada de Werther, y la decisión del suicidio tiene otras razones de ser; en Massenet es el conflicto amoroso el culpable directo de ello, y Charlotte sí ama a Werther, pero a su manera: sí, al principio, pero con reservas; ni sí ni no, sino todo lo contrario, luego; no, más tarde, y sí sin reservas cuando ya la situación se le ha ido completemente de las manos. O sea, una tragedia personal como la del personaje de Goethe (seguramente propia, y sublimada a través de su obra), encarnada en el suicidio como última razón de ser lo que no se acepta ni se quiere ser, se transforma en Massenet en un deslabazado conflicto pequeño-burgués con muy poco o ningún fundamento. Queda la música y el canto, por supuesto. Pero Werther no es Tristán, básicamente porque su terminalidad es definitiva: la decadencia como resultado final. Tristán, en cambio, es tan terminal, pero, a la vez, supone el principio de algo nuevo y, por ello, extremadamente atrevido. Werther es una ópera que se ve y escucha muy bien; pero es hija de una sentimentalidad tramposa y un romanticismo decadente.Sus melodías y las endebles situaciones teatrales que acopañan y rodean a su tronco dramático sobran, son puro adormo, puro relleno. La fuerza del personaje original es la de una declaración de guerra al acomodo burgués; la del personaje de Massenet, en principio, la de la debilidad y el esfuerzo perdido. Sólo una interpretación heterodoxa y fuera de estilo puede resolver (o al menos intentarlo) la irresoluble contradicción existente entre las naturalezas de esos dos “werthers”.O sea, el coloso original y su copia. Y sucede; hay, como vamos a ver, “versionadores” que pasan por encima de Massenet en busca de Goethe.    
 
Las versiones discográficas 
 
  • Kraus, Troyanos, Manuguerra, Barbaux, Bastin. Orquesta Filarmónica de Londres. Dir.: Michel Plasson. EMI, 7695732
  • Gedda, De losÁngeles, Soyer, Mesplé, Benoit. Orquesta de París. Dir.: Georges Prêtre. EMI, 5626272
  • Kaufmann, Koch, Tézier, Gillet,Vernhes.Orquesta de la Ópera Naciobal de París. Dir.: Michael Plasson. Decca, 0743406. 2 DVDs
 
Werther es una ópera bien servida discográficamente. Me hubiera gustado en esta ocasión poder haber incluido alguna versión más, por varias razones. Al menos dos: la de Chailly con Domingo y Obraztsova, de 1979; y la de Jordan con Marcelo Álvarez y Garança (DVD, 2005)
La primera, para defender la intervención de Plácido en un rol del que no está escrito en ninguna parte que no sea adecuado al tipo de vocalidad del madrileño, pero del que se admite frecuentemente lo contrario. Por supuesto, para crear una polémica con el Werther de Alfredo Kraus, desde luego genial, pero en las antípodas del anterior. Se trata de dos maneras muy distintas de ver el personaje, ambas defendibles, (más desde Massenet, la de Kraus; más desde Goethe, la de Plácido), ambas válidas y estupendas, pero sin que la una persiga desacreditar a la otra. A la elegancia y la perfecta linea vocal de Kraus, Plácido opone una interpretación negra y extrema, para la que su vocalidad es perfecta. Por eso de lo que se trata es de delimitar quién -y qué- es Werther: ¿un señorito burgués caprichoso y enamoradizo que lleva al límite sus nobles sentimientos por puro idealismo sentimental o un artista desesperado, obsesivo, fuera del sistema, agobiado por unos  sentimientos que de tan atroces lo llevan a su aniquilición? Pues eso; en función de lo que uno espere de la obra, le gustará más una línea que otra. Más o menos, ya lo dejé entrever antes.
 
La otra versión que ha quedado fuera de la triada cuenta con un plausible Marcelo Álvarez (que no es ni lo uno ni lo otro, y por eso queda en un limbo poco convincente), pero sobre todo con la extraordinaria Charlotte de Elina Garança, un voz perfecta para el papel y una actriz que entiende bien la doble personalidad que despliega este, A veces, final del tercer acto por ejemplo, alcanza una dimensión gloriosa.
 
En fin, para las tres grabaciones del podio he escogido dos clásicos y una muy moderna. Esta última (DVD, Decca, 2010) está dirigida por Michel Plasson, que a su vez es quien dirigió a Kraus en la otra (EMI, 1988). Y lo hace –como observa Ángel Carrascosa con su habitual agudeza crítica en este mismo número- de manera no ya distinta sino opuesta: con Kraus fue fiel a la elegante tradición francesa, mientras que ahora, con Jonas Kaufmann desciende al infierno. El tenor alemán, claramente, lo contagia con su tremendo dramatismo y una concepción agria, como dije antes, absolutamente antisistema. Seguro que a más de uno esto no le convencerá. A mí, sin embargo, me parece que añade a estos personajes una honrosa credibilidad, porque, sencillamente, los acerca al original, al Werther suicida en sentido estricto. A estas –para mí- virtudes, habría que añadir el fenomenal trabajo de Sophie Koch (que precisamente veremos en el Real) como Charlotte.
 
Es extraño, pero la versión de Kraus-Plasson, modélica en su estilo, impecablemente ortodoxo en canto y orquesta, es muy distinta a la de Gedda/Prêtre. Extraño porque esta es de diez años antes y en ella ya se atisba las intenciones dramáticas materializadas luego en las interpretaciones de Domingo y Kaufmann. A Gedda le sucede en cierta medida lo que a Marcelo Álvarez, que se queda un poco a mitad de camino, solo que canta de una manera prodigiosa, y con una fuerza expresiva arrebatadora, aun sin perder la línea elegante. Estaríamos aquí ante una verdadera  línea intermedia, porque Gedda, además,  no muestra las debilidades de Álvarez, sobre todo en la zona aguda, y, sin echar mucha leña al fuego, consigue una hermosísima composición, una vesión que a día de hoy sigue siendo imprescindible.
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