Los personajes principales
Don Pasquale. Un viejo verde, soltero y millonario. Bajo bufo de libro, pero que ha de explayarse en el canto, y a veces con ágil habilidad. Ernesto. Su sobrino. Un descerebrado soñador, perdidamente enamorado de Norina. Un tenor lírico-ligero de relevante tesitura aguda. Norina. Viuda, joven, guapa y un tanto “suelta”. Está enamorada de Ernesto. Una soprano ligera que ha de llegar al Re natural. Dottor Malatesta. Médico y consejero aúlico de Don Pasquale. Amigo de Norina (¿sólo amigo?) y, por extensión, de Ernesto. Un barítono bufo
La trama
Acto primero. El médico Malatesta ha encontrado una esposa al ya algo más que talludo Don Pasquale, una mujer virtuosa y alejada de la disoluta vida moderna: su hermana Sofronia, que saldrá del convento para unirse a él. Así el viejo podrá desheredar a su díscolo sobrino Ernesto, que se niega a casarse con una mujer decente y rica, porque está enamorado de la joven, pobre y casquivana viuda Norina. Pero la tal Sofronia no es otra que Norina disfrazada, que, tras enterarse de que el viejo ha desheredado a Ernesto, se presta al juego inventado por el astuto e intrigante doctor, para tender una trampa a Don Pasquale.
Acto segundo. Escena en la que Malatesta presenta a su recatada hermana a Don Pasquale. El pobre anciano no puede resistirse a la belleza de Norina y pronto -con un falso notario, primo de Malatesta- la esposa. Ernesto -que está alertado de la farsa- actúa de testigo. Norina, ya casada con el rico decrépito, comienza a dar órdenes en la casa y a despreciar a su marido.
Acto tercero. Don Pasquale se encuentra aturdido ante el paquete de facturas que ya ha acumulado su flamante mujer. Ésta no sólo sigue despreciándolo, sino que tras una discusión acerca de cómo ella va a utilizar su libertad de casada -es decir, haciendo lo que le da la gana e ignorando a su marido totalmente-, lo abofetea; ambos quedan tristes. Pero poco le dura a Norina la pena, pues a continuación deja caer al suelo un papel en el que alguien la cita en el jardín. Don Pasquale queda abatido, pero quiere venganza. Malatesta -siguiendo su plan- le convence para que baje al jardín, y, ya aquí, le desvela la gran solución: si permite a su sobrino casarse con Norina, Sofronia no soportará a otra mujer en la misma casa y se irá. A Don Pasquale le parece tan bien que acepta y le concede a su sobrino una renta vitalicia. En fin, Norina aparece, Don Pasquale admite -con gran alivio- el engaño, y todos felices.
Comentario
Don Pasquale fue escrita y estrenada en 1843; ya existían para entonces Nabucco y El holandés errante, y hacía más de 25 años que se habían estrenado El barbero de Sevilla y La cenerentola; es una ópera en estilo terminal, fuera de su tiempo, que seguramente fue abordada por su autor para contentar a esa parte del público operístico a la que siempre le horroriza lo nuevo. ¿La última ópera bufa? o ¿un tránsito desde el género hacia Falstaff y Gianni Schicchi? o, a pesar de ello, de su indefinida situación histórica, ¿la obra maestra de Donizetti? Seguramente todo a la vez, para bien y para mal.
Su esquema, tanto en la forma como en el fondo (el tema tratado) es el de una ópera bufa en la mejor tradición del género. Sin embargo, Donizetti, como todo el mundo en su época atado de pies y manos a la hora de hacer crítica social, se arriesga a hacer una lectura del asunto más políticamente incorrecta que de costumbre. Para ello da un protagonismo especial –más inmoralista– a los personajes que maquinan, frente a los que esperan los resultados de esa maquinación; y además, los relaciona sentimentalmente: en el libreto no queda explicitada la relación entre Malatesta y Norina, pero la tensión erótica existente entre ambos puede sugerir que han sido amantes. Así las cosas, la trama se quedaría en: un listo sin escrúpulos y una jovencita de moral laxa, una pareja de truhanes en toda regla, engañando a un viejo rico para, con la excusa del enamoramiento de Ernesto, de un absolutamente bobo Ernesto, desvalijarlo. No deja de ser curioso, así, que los caducos esquemas de la ópera bufa sirvan a semejantes críticos mensajes hacia el sistema, ya que, aun en clave cómica, el derecho del señor a decidir el futuro de la gente que le rodea queda bastante en entredicho. Habremos de admitir que, como ocurre con las óperas de Puccini, a veces obras fuera de su tiempo dicen más que determinadas vanguardias. Pero no deja de chocar que tantos años después de El barbero de Sevilla -o incluso de Las bodas de Fígaro- una obra de estas características pueda resultar más simpática por plantear historias con tales “disgresiones”, antes que ser defendida musicalmente. ¿Es justo? A mi entender, totalmente: Don Pasquale está entre las dos o tres mejor musicas de ópera de Donizetti, pero a mi juicio y en el mejor de los casos, se trata -lo siento-, de una música bonita que no va más allá. ¿Acaso estoy reclamando más “carne” para este repertorio? No; sólo más imaginación, más variedad, más originalidad y más talento musical. Es cierto que Don Pasquale cuenta con una transparente y agradable orquestación y con un buen puñado de preciosas melodías, pero en el desarrollo como historia interesa más por el enfoque sicológico de los personajes que por la música que les da vida. Sí, ya sé; están pensando que Rossini hubo sólo uno... Pues no crean; hay gente muy seria a la que le interesa más Donizetti. No es mi caso.
Las versiones discográficas
- Sesto Bruscantini, Mirella Freni,Leo Nucci, Gösta Winbergh. Coro Ambrosiano. Orquesta Filarmonía. Dir.: Riccardo Muti. EMI, 7470682. 2 CDs.
- Donald Gramm, Beverly Sills, Alan Titus, Alfredo Kraus. Coro Ambrosiano. Orquesta Sinfónica de Londres. Dira.: Sarah Caldwell. EMI, 56603302. 2 CDs.
- Alessandro Corbelli, Eva Mei, Roberto de Candia, Antonio Siragusa. Coro y Orquesta del Teatro de Cagliari. Dir.: Gérard Korsten. TDK DV.-OPDP. DVD.
No suele suceder, pero a veces pasa: ¿cómo es posible que no haya ninguna versión plenamente recomendable de una ópera tan de repertorio como Don Pasquale? Pues sucede, aunque en casos como éste tenga especial interés en consignar algo que por obvio no deja de ser fundamental: es sólo una opinión personal, y de hecho sé que otros colegas no sólo no piensan lo mismo sino que defienden exactamente la idea contraria. Yo procuraré que mis razones se entiendan.
Cada una de las tres versiones seleccionadas en esta ocasión tiene su punto, sin duda; pero también su o sus granos negros. La primera de ellas, seguramente la que más se pueda aproximar a la ideal, interesa bastante porque Muti, con su diseccionadora y analítica batuta, revaloriza la partitura orquestal hasta el extremo de transformar la escucha en descubrimiento. El mérito es inconcebible, pues la materia prima en absoluto es, a mi juicio, de primera. Entre los cantantes, frente al oficio de Nucci y la maestría de Bruscantini y Freni, una vez más sobre todo la de esta última, el Ernesto de Gösta Winbergh resulta muy decepcionante, tanto por estilo como por la propia prestación vocal. Nucci es al menos discutible, pues no se llega a saber de qué está haciendo, si de Malatesta o de sombra de Don Pasquale...
La segunda interpretación tiene el atractivo de saborear el arte de dos estilistas fuera de serie, aun estando ya los dos lejos de su mejor momento vocal. Desde el punto de vista interpretativo, la Sills y Kraus son una Norina y un Ernesto de antología; una pena que no hicieran la pareja diez años antes. Pero de alguna manera ahí se acaba la versión, pues si al menos los Don Pasquale y Malatesta alcanzan una plana corrección, quien falla totalmente es la desubicada Sarah Caldwell, esta vez sí, el típico director de orquesta que cree que dirigir Don Pasquale es dar las notas y punto.
El más moderno de los tres trabajos arriba consignados procede de una función del Teatro Lírico de Cagliari, del año 2002; es decir, además de escuchar, vemos. Y está bien lo que vemos, porque se trata de un montaje que escénicamente no pretende descubrir nada, pero que mueve a los cantantes-actores justo en el plano que más conviene a la historia que se cuenta: al del guiño, al de las complicidades no confesadas entre los personajes, y sobre todo entre Norina y Malatesta. Un acierto al que coadyuvan los cantantes con su trabajo escénico, sin duda producto no sólo del talento sino del interés, la dedicación y el esfuerzo. Vocalmente quien mejor está es, a mi entender, Eva Mei, lo que añadido a su excelente presencia escénica y su muy jugosa concepción del personaje hacen de esta Norina un modelo. Alessandro Corbelli ajusta bien el rol del viejo; vocalmente no es ninguna maravilla, pero el oficio le sale por todos los costados, lo que sucede en igual grado con Roberto de Candia, muy contenido en lo bufo, quizá un Malatesta más “intelectual” que “charlatán”. Antonino Siragusa, por último, tiene las notas y la planta, pero su prestación vocal, de timbre tan impoluto como incoloro, llega a aburir. En fin, una versión para pasar un rato muy agradable.
Por: Pedro González Mira