Los personajes
Wotan, el dios supremo, jefe del clan, esposo de Fricka –la diosa del matrimonio– y padre de Brunilda y sus hermanas walkirias, que sin embargo no son hijas de Fricka. La tesitura del personaje es la de un bajo-barítono que ha de alcanzar un Fa3. Por carácter y resistencia –síquica y física– un tremendo rol. Wotan es, en todos los sentidos, el verdadero protagonista de toda la epopeya, porque es quien con sus actos dicta lo que ha de ser. Fricka. Es la diosa del amor, concebido como contrato, es decir, del matrimonio. Es calculadora, conservadora, dictadora y bastante interesada: un verdadero símbolo de lo femenino en la clase burguesa. Vocalmente es para una mezzo que llegue hasta el Fa sost4. Freia. Es la cuñada de Wotan. Diosa portadora de las manzanas de la vida, único alimento capaz de hacer conservar la juventud a aquellos que lo ingiera. Es la moneda con que Wotan ha negociado con los gigantes la construcción del Walhall. Una soprano lírica. Alberico. El jefe de los Nibelungos. Como ellos, enano y deforme. Es un frustrado sexual que cambia los placeres del amor por la riqueza material. Es quien arrebata el oro a las ninfas que habitan en el fondo del río, cuidándolo. La tesitura es la de barítono o bajo-barítono, pero lo más importante es el carácter, siniestro y malediciente, un feísta de libro. Mime. Hermano de Alberico, maltratado y explotado por éste. Es el fabricante del anillo y el yelmo mágico, de los que su hermano se apropia. Es un tenor de singular carácter: ¿cómico?. Loge. Dios del fuego. Un marrullero y liante dicharachero cuya misión, tener que sacarle las castañas del fuego a Wotan en un asunto que no tiene solución, le convierte en personaje fundamental. A él acude Wotan en los grandes momentos. Por ejemplo, al castigar –ya en la segunda ópera– a su amadísima Brunilda. Es un tenor que ha de dar el Sol3, pero una vez más lo que verdaderamente importa es el carácter: brillante, no cómico. Donner. Dios del trueno. Barítono que no canta mucho pero sí muy sustancioso.
Froh. Un papel poco importante para tenor. Fasolt y Fafner. Los gigantes. Dos bajos. Personajes descerebrados –sobre todo el primero– que sólo atienden a lo obvio. La fuerza bruta. Erda. La diosa de la Naturaleza, un personaje vital en toda la Tetralogía. Consejera de Wotan, es traicionada por él al decidir construir su lanza. Una mezzosoprano de timbre oscuro y gran autoridad.
Las tres ondinas, Woglinde (la más importante en el contexto dramático), Wellgunde y Flosshilde. La primera, una soprano; las otras dos, sendas mezzos.
Los Nibelungos. No cantan. Se requiere un potente coro de niños para lanzar sus gritos.
La trama
En El oro del Rin se nos presentan los acontecimientos que van a desencadenar la historia de la Tetralogía, aunque no todos, y ni siquiera los más determinantes. Se nos explica cómo Wotan se comprometió con los gitantes a entregarles a Freia a cambio de la construcción de una mansión para los dioses, el castillo del Walhall. Se nos explica cómo afronta el dios supremo la solución al problema que él mismo ha creado al prometer algo que sabe de antemano que no va a cumplir. Se nos explica cómo Alberico roba el oro al río y sus ninfas a cambio de renunciar al amor; cómo se construye a partir de él el anillo y el yelmo mágico y cómo queda el anillo maldito. Se nos explica, igualmente cómo, gracias al inestimable consejo de Loge, Wotan decide recuperar el oro robado para pagar a los gigantes y, así, no entregarles a Freia... Y se nos explica algunas cosas más. Pero, en cambio, no se nos cuenta que toda esta historia había comenzado antes, el día que Wotan decidió arrancar una rama del gran árbol de la vida con que construir una lanza para cimentar sobre ese símbolo, y por escrito, su poder absoluto. Erda, claro, se queja por ello y le augura un negro porvenir, pero Wotan sigue su camino, por cierto también a espaldas de su esposa: junto a una mortal engendra a las guerreras walkirias, y con Erda a la pareja de weslungos, Siglinda y Segismundo, hermanos pero a la vez amantes y padres de Sigfrido, nieto de un acorralado Wotan, patético abuelo al que su propio nieto le romperá la lanza en pedazos, etc., todos ellos protagonistas, junto a los descendientes de Alberico, de la epopeya que se desarrollará en las tres jornadas siguientes.
Comentario
Wagner y toda su parafernalia mítica: para algunos, un verdadero impostor. Ningún músico como él ha generado tantísima literatura, a favor y en contra de su vida y sus obras. Bien; a uno, perdido en esta maraña, no se le puede ocurrir plantear las cosas sino de la forma más sencilla: vale, pero quitando a unos pocos, y no siempre, Wagner es el único músico al que puedo escuchar una, y otra, y otra, y otra vez sin ¡aburrirme! Y particularmente la Tetralogía, cuyos secretos musicales están atesorados con tal arte que descubrirlos puede llevar toda una vida. ¿Por qué entonces la polémica?
Efectivamente, nadie discute al músico, ni siquiera aquellos a los que no les gusta. El problema viene con los libretos, que, cuando se consideran como lo que deben ser, los motores que ponen en funcionamiento la música, pueden parecer portadores de mensajes poco edificantes o de dudosa ética digamos político-social. Y en este aspecto, la Tetralogía se lleva la palma; sus elementos dramáticos fundamentales así parecen indicarlo.
El poema nos presenta una serie de conflictos que parten siempre de la desestabilización del equilibrio natural de las cosas. Para Wagner la Naturaleza es un ente supremo, cuyo maltrato genera enfrentamientos entre los seres –de cualquier condición– que no la respetan. Nada tendría que objetar cualquier biennacido a este planteamiento. Lo que sucede es que Wagner suscita dudas razonables cuando nos habla de los porqués de esa falta de respeto por parte de cada uno. En otras palabras, parece que el ultraje de Alberico al robar el oro no es permisible y sí en cambio la agresión de Wotan al gran árbol, para construir su lanza. Se habla así de un poder legítimo, el de Wotan, y otro ilegítimo, el de Alberico, cuando no se ve muy bien de dónde puede provenir la legitimidad del primero. Y como el que ejerce el primero es un ser bello, mientras que el segundo está en manos de un ser deforme; y como el primero tiene una definición sexual libre, mientras que el segundo ha tenido que renunciar al sexo, y como... no es necesario seguir: presupuestos ideales para dar razones al “enemigo”, al malintencionado. No digo yo que Wagner fuera un techado de virtudes políticas (revolución y burguesía se dan la mano en él con sorprendente facilidad; pero nada extraño en un producto de un momento histórico tan decadente y terminal), pero de ahí a convertirlo en un xenófobo o en el germen de los movimientos fascistas posteriores hay una buena distancia.
Desde un punto de vista artísticamente neutro –si es que la neutralidad es posible en el Arte– la Tetralogía es una obra inmensa que, además, ocupa a Wagner más de un cuarto de siglo. Es un proyecto que va desarrollando de manera simultánea a sus grandes dramas, tras las tres óperas románticas de su primera madurez. Y si “ideológicamente” por su largo desarrollo en el tiempo es producto de muchas “evoluciones” superpuestas, musicalmente es la cumbre de una técnica (la del uso de los motivos conductores) y de una mente musical en constante estado de inspiración. El poema fue escrito en sentido inverso, es decir, desde la muerte de Sigfrido hasta el principio; pero la música, no, y además las tres primeras óperas fueron compuestas en un período de tiempo relativamente breve. La conclusión es clara: las decisiones del poeta siempre fueron más lentas que las del músico. ¿Por qué? Con seguridad porque el gran caballo de batalla de Wagner fue encontrar una respuesta musical a una pregunta literaria, y no al contrario. Seguramente por eso es un despropósito “ver” a Wagner como un músico genial y un mal escritor: su música no existiría sin sus textos, lo que sin duda hubiera supuesto una enorme tragedia.
Las versiones discográficas
- Dietrich Fischer-Dieskau, Gerhard Stolze, Zoltan Kelemen, Martti Talvela, Karl Riddersbusch, Josephine Veasey, Simone Mangelsdorff, etc. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dir.: Herbert von Karajan. D.G., 4577812. 2 CDs.
- Tomlinson, Clark, Von Kannen, Hölle, Brinkmann, Kang, Finnie, Svendén, etc. Orquesta del Festival de Bayreuth. Dir.: Daniel Barenboim. Teldec, 4509911852. 2 CDs.
- London, Svanholm, Neidlinger, Krepel, Flagstad, Watson, etc. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir.: Sir Georg Solti. Decca, 4555562. 2 CDs.
Me parece un total despropósito plantearse la validez de una sola de las cuatro óperas de la Tetralogía, aunque sólo sea desde el punto de vista discográfico. El anillo del Nibelungo debe de contemplarse como una única pieza, de la misma forma que a nadie se le ocurriría recomendar un disco donde sólo estuviera grabado el último movimiento de la Novena de Beethoven o el lento de la Séptima de Bruckner. Las recomendaciones deberían de ser, pues, del ciclo y no sólo de El oro del Rin. De ser así, de la veintena larga de “tetralogías” que tengo en las estanterías de mi discoteca escogería tres opciones, que además resultan complementarias por parejas: por un lado, de las versiones en vivo, la de Knappertsbusch del Festival de Bayreuth del año 1958 y la de Daniel Barenboim del mismo festival en las ediciones de 1991 y 1992; y por otro, de las tomas de estudio, la de Georg Solti, realizada entre los años 1958 y 1965. ¿Por qué?
De las que hiciera Knappertsbusch, la última editada es la del 58, y es la que mejor suena. Y, como ciclo, es el más sólido teatralmente y el más clásico musicalmente. La suma de estas dos cosas le confieren una autoridad de difícil competencia, lo que añadido al reparto vocal, capitaneado por Hotter, Varnay, Windgassen y Rysanek, alcanza una categoría dramática hoy por hoy inalcanzable. Mucho más heterodoxos en el planteamiento son las de Solti y Barenboim, pues en ambas hay una lectura dramática menos generosa con Wotan y una “interpretación” de los hechos menos épica y simbolista y más humana y carnal. La diferencia entre ambas (además de que a Barenboim le queda todavía mucho que madurar en esta parcela wagneriana y la de Solti, sin embargo, es una lectura hecha en plenitud) se percibe en el hecho de ser la una un producto de la escena y la otra no, con todos los defectos y virtudes que ello conlleva.
Tanto en Solti como en Barenboim se puede disponer de El oro del Rin en un álbum suelto. Y como no así en el caso de la tercera Tetralogía en cuestión, a la hora de pensar en una tercera versión que se pueda comprar suelta me decantaría por la grabación de estudio de Karajan (1966-1970, Oro: 1968), cuya exagerada concepción sinfónica la hace discutible, pero que desde el punto de vista musical (con un Fischer-Dieskau que canta-canta a Wotan) resulta muy gratificante.
Por Pedro González Mira