Personajes principales
Don Carlo. Hijo de Felipe II. Está enamorado de la princesa Isabel de Valois, esposa del rey por razones de Estado. Personaje “inventado” que nada tiene que ver con el débil, poco atractivo físicamente y un tanto caprichoso hijo de Felipe II. Un tenor lírico-spinto. Isabel de Valois. Hija del rey de Francia, esposa de Felipe II. Está enamorada de Carlos. Una soprano spinto con buenos agudos y muy fluida línea. Felipe II. Un bajo de extraordinaria presencia dramática. Personaje dubitativo y de compleja personalidad. Rodrigo. Marqués (duque) de Posa. Idealista, amigo de Carlos y su instigador político. Un barítono de carácter dramático pero de gran vuelo lírico. Princesa de Éboli. Ha sido amante del rey. Quiere a Carlos. Un animal político reconcomido por la duda. Mezzosoprano de garra pero con buena línea de canto.
La trama
Basada en la Leyenda Negra, los hechos históricos están muy violentados, aunque el carácter y la esencia de algunos de sus personajes y acontecimientos poseen una gran veracidad. La obra original fue concebida en cinco actos, en francés, pero pronto Verdi la redujo a cuatro con traducción al italiano, recuperando más tarde, y en su idioma, el diseño inicial. El resumen que voy a dar es el de la segunda versión, que es la que se escuchó en su día y se va a escuchar ahora en el Euskalduna.
En el acto primero se nos informa del amor que Don Carlos siente por su ahora madrastra, Isabel. Rodrigo, amigo de Carlos, le insta a que se olvide de ese amor imposible y luche, eso sí, contra su padre, al lado de los oprimidos flamencos. Pero Carlos organiza una cita con ella, en la que, utilizando a Rodrigo para entretener a la dama de aquélla, la princesa de Éboli, le manifiesta apasionadamente su amor. Aparece el rey Felipe, quien pide a Rodrigo que vigile a Carlos e Isabel, de los que sospecha. Rodrigo, por su parte, quiere influir en él para que cambie su política en Flandes. La Santa Inquisición, vigilante, no lo permitirá, dice el rey.
En el segundo acto un entuerto entre Isabel, Carlos y Éboli nos pone al corriente del estado del triángulo amoroso. Éboli, despechada por Carlos, quiere vengarse. En el cuadro segundo tiene lugar la quema de herejes. Aparece Don Carlos para pedir clemencia hacia aquéllos, pero el rey, contrariado, ridiculiza a su hijo, quien le amenaza desenvainando su espada. Rodrigo le desarma, y Carlos se siente traicionado. El rey nombra duque a Posa y manda al calabozo a su hijo.
Acto tercero. Felipe II reflexiona sobre su soledad: su mujer no lo ama y su hijo lo traiciona. Aparece el Inquisidor, con el que tiene un tenso diálogo: el “santo padre”, un ciego, fanático y tremebundo loco, pide al rey las cabezas de Posa y Carlos a cambio de su salvación ante el Santo Oficio. O sea, la Iglesia por encima de todo, rey incluido. La orquesta verdiana es aquí particularmente elocuente. La reina cae en una trampa urdida por Éboli para que el rey crea que le engaña. Pero Éboli se arrepiente y decide entrar en un convento. Quien ahora es acusado de alta traición es Posa, aunque es asesinado antes de que se materialice la acusación. El rey trata de hacer las paces con Carlos pero éste le desprecia y huye, con la ayuda de Éboli.
El cuarto acto de desarrolla en Yuste. Dúo entre Carlos e Isabel: él le comunica que su amor ha cambiado; que ahora lo que quiere es, en memoria de su amigo Rodrigo, salvar al pueblo de Flandes. Llegan el Inquisidor y el rey, y éste manda otra vez prender a su hijo, pero en ese momento se escucha la voz del abuelo, el emperador, cuyo espectro se apodera de su nieto ante la estupefacción general.
Comentario
Verdi es, seguramente, el operista en italiano más escuchado por el público aficionado, y el menos discutido: se le acepta sin más, pues se trata de un genio de la ópera, y punto. Sin embargo, y al margen de las razones que inducen a esa adoración, sin duda musicales, es necesario de vez en cuando considerar otros aspectos de su creación, o al menos recalcar cuáles son los resortes, digamos humanos, que le llevan a esos puertos líricos, melódicamente celestiales y teatralmente arrebatadores. Él siempre anduvo dándole vueltas a un par de cosas –o tres– sobre las que, a la postre, acabaron girando la mayor parte de sus óperas: el Poder y al Amor como centros vitales de la vida del ser humano, y, en relación con esos dos conceptos, la Religión como elemento de fricción con ellos. Pero si este esquema es repetido una y otra vez a lo largo de su Obra, en Don Carlo se encarna de una manera muy especial para nosotros los españoles. Y me atrevería a decir más: para los españoles, aquí y ahora, goza de una impresionante actualidad. Don Carlo (o Don Carlos, en su primera versión) es la obra más política de Verdi, pero también la más anticlerical, y ambas cosas, nos están mirando de frente. La política, porque como alguna vez le he leído a José Luis Téllez, esta ópera es para Verdi la aceptación de la monarquía parlamentaria frente a la perdida causa republicana; y de la regiliosa, para qué hablar, con la qaue está cayendo en loscentros de poder religiosos de nuestro país: cuando vemos al Inquisidor enfrentarse al Monarca, ¡al Poder absoluto de Felipe II, ahí es nada! ¿acaso no nos empiezan a caer por la espalda las mismas gotas de sudor frío que cuando hoy, siglos después, observamos atónitos cómo en nombre del poder divino se invita a la desobediencia civil de una sociedad que se creía emancipada y libre? ¿o cómo la Iglesia católica sigue guiada desde el Vaticano por quien fuera director del Santo Oficio, a saber la figura resucitada de la Santa Inquisición, tan protagonista en este Don Carlo?. Así que fíjense ustedes de qué se habla en esta ópera a los españoles: hay toneladas de papel escrito acerca de la barbarie en la que incurre Verdi al ahondar en la Leyenda Negra con el desconocimiento que lo hace. Pues bien, a lo mejor, en lo fundamental, tenía razón.
Como ópera Don Carlo no es un título redondo, dentro de su absoluta genialidad. Y buena parte del problema reside en el hecho de que su primera redacción estuviera dirigida a París, un centro operístico cuyos requerimientos tan mal sentaban, como es lógico, a aquellos que se veían a sí mismos más como artistas libres que como servidores de unos gustos sociales absolutamente rancios y superficiales. Pero, una vez más, dinero es dinero, y por allí pasaron Verdi y Wagner, a hacer como que hacían de Meyerbeer, pero sin hacerlo; demasiada pirueta. Verdi hizo y rehizo versión tras versión de su Don Carlo, pero a lo que mal empieza es difícil dar una solución óptima: cualquiera de ellas tiene sus pros y sus contras. No me parece que, en todo caso, para comprender la grandeza de Don Carlo sea determinante escoger una u otra. Lo sustancial es que, primero: Don Carlo supone un importante paso más en la Obra de Verdi, porque éste, tras la divina triada formada por Rigoletto, Trovatore y Traviata, incide con mayor rigor en la caracterización sicológica de los personajes. Segundo, porque el contexto sonoro del drama, el tratamiento de la orquesta, continúa multiplicando hallazgos y maravillosos efectos dramáticos. Y tercero, porque aquí ya de manera excelsa el tratamiento de las voces alcanza la madurez total de su autor.
Las versiones discográficas
- Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Shirley Verret, Ruggero Raimondi, Sherrill Milnes, Giovanni Fioani. Coro Ambrosiano. Orquesta Royal Opera House, Covent Garden. Dir.: Carlo Maria Giulini. EMI, 5674012. 3 CDs.
- Carlo Bergonzi, Renata Tebaldi, Grace Bumbry, Nicolai Ghiaurov, Dietrich Fischer-Dieskau, Martti Talvela. Coro y Orquesta Royal Opera House, Covent Garden. Dir.: Sir Georg Solti. Decca, 4211142. 3 CDs.
- Roberto Alagna, Karita Mattila, Waltraud Meier, José Van Dam, Thomas Hampson, Eric Halfvarson. Coro del Teatro del Châtelet. Orquesta de París. Dir.: Antonio Pappano. NVC Arts, 0630163182. DVD.
Me sigue pareciendo que las dos mejores interpretaciones discográficas en audio son, por este orden, las de Giulini (EMI, 1971) y Solti (Decca, 1965). Las dos corresponden a la versión en italiano en cinco actos, y las dos son de antaño (que una grabación como la de Giulini, de hace casi 40 años, sea lo que es revela a la claras el patético estado actual de la industria fonográfica). He añadido a la lista de tres la más moderna de Pappano, y no sólo por sus dos más resaltables singularidades (estar cantada en francés y corresponder a una función en vivo que podamos ver también por estar comercializada en formato de DVD), sino porque tiene más de un importante punto de interés.
Ni la de Solti ni esta última son interpretaciones redondas, pero ¿acaso las hay en una grabación operística? No lo quiero afirmar con rotundidad, pero en el caso de la de Giulini, casi, casi: creo que estamos antes una de las más asombrosas tomas operísticas de estudio de la historia de la fonografía. La dirección de Giulini es increíblemente irrepetible; tiene absolutamente todo lo que hay que pedirle a Verdi, una mezcla milagrosa y sublime de poder melódico, luz y elevación poética; una soberbia síntesis entre el Verdi más lírico y cantabile y el más tosco, rural, agresivo y negro. Pero si fuera poco este manto orquestal que Giulini pone bajo los pies de los cantantes, además les traza un camino lo suficientemente amplio como para sentirse libres en la creación, y a la vez lo bastante controlado para que todo el mundo acabe plegado a sus requerimientos dramáticos y sicológicos. Todos, hasta los que más les cuesta estar en su sitio (creo que Raimondi, Milnes y Fioani, que despliegan arte y oficio pero no acaban de tocar el cielo) se rinden a Giulini para dar de sí lo mejor. Domingo es un prodigio, pero lo de las chicas no tiene nombre; tanto Caballé como Verret nos regalan la creación de su vida. En fin, la grabación, que fue un acontecimiento en su día en cuanto a calidad, hoy es más que suficiente.
Si no conociéramos esta interpretación podríamos afirmar que Solti es el “rey”. Su dirección es muy verdiana, o sea, expeditiva, nerviosa, apremiante… Pero no tiene el vuelo de la de Giulini, e incluso diría que su grandeza sonora; tanto en los tonos claroscuros como en los más encendidamente luminosos, es menor. Un mítico trabajo, en todo caso, muy apoyado por la espléndida interpretación de Ghiaurov en Felipe II y Martti Talvela en la Inquisidor. Fischer-Dieskau canta un Posa de fábula, pero para algunos fuera de estilo. La Bumbry fue una magnífica Éboli, pero Bergonzi y Tebaldi, aun cantando muy bien, no dieron, para mi gusto, el personaje del todo.
En la de Pappano, por último, interesa mucho la dirección, muy atenta, veraz, de un gran idioma y espléndida realización. Y la presencia de Waltraud Meier, una Éboli de maravillosa presencia y enorme traza dramático, así como el Posa de Thomas Hampson, espléndidamente cantado y actuado. Van Dam, por su parte, delinea un buen Felipe, pero algo parco en fuerza vocal. La Mattila sólo cumple como Isabel y Alagna está bastante pasado de rosca: lo que no sabe hacer vocalmente lo quiere hacer escénicamente, con lo cual se pasa el tiempo sobreactuando de manera ostentible. En fin, un Don Carlo con muchas cosas interesantes.
Por Pedro González Mira