Publicado: septiembre 2011
Un editorial de la revista RITMO de hace unos meses comentada, o mejor dicho criticaba algunos aspectos de un artículo escrito por Daniel Barenboim en el diario "El País". El tema nos ha parecido interesante para ser comentado en este foro y así recibir sus comentarios y opiniones al respecto.
Ritmo no quiso ser ser excéntrica al titular su página editorial como lo hizo. Tampoco hacer descalificaciones o falsas adulaciones; o amarillos solapados. Los lectores de Ritmo saben perfectamente– y cuanto más veteranos, más y mejor– que Daniel Barenboim es una figura de la música especialmente valorada en sus páginas de crítica, tanto de conciertos y recitales pianísticos como de ópera. Rara vez su arte y la envergadura de su pensamiento musical suscita rechazo en Ritmo; al contrario, más de una malintencionada pluma ajena a la publicación ha llegado a conjeturar acerca de un excesivo “amor” por nuestra parte hacia las maneras del argentino-judeo-español-palestino. Por alguna razón oculta. La revista, naturalmente, nunca a entrado en tales trapos; darle vueltas a lo obvio es malgastar tiempo y esfuerzo.
Pero ahora sí tenemos motivos para “enfadarnos” con nuestro admirado, cómo llamarle, ¿intérprete? Porque, tras la lectura de un reciente artículo firmado por él en uno de los suplementos del diario El País, no sabemos muy bien qué término emplear para definirle. La cuestión es que en el mencionado escrito afirma: “No estoy de acuerdo con el término intérprete. Somos ejecutantes”. Y claro, a un medio de prensa que lleva 82 años dedicando buena parte de sus esfuerzos a pedir a sus colaboradores que expliquen por qué tal o cual “intérptrete” hace mejor o peor tal o cual música; o mucho mejor o mucho peor o tremendamente mal o desastrosamente mal o maravillosamente bien o irrepetiblemente bien, etc., etc.; a una revista, decimos, que lleva tantísimo tiempo en la defensa de la crítica musical, una afirmación así le tiene que sonar al menos a “boutade” peligrosa. ¿Por qué?
Desde luego, no por el hecho de que se haya formulado; naturalmente, Barenboim, como cualquiera, puede decir u opinar lo que desee, por mucho que el contenido dialéctico de sus afirmaciones pueda causar hilaridad. Nosotros, de lo que nos quejamos –y en ello reside nuestra crítica– es de los daños colaterales que una afirmación de esta naturaleza puede provocar en el segmento más sensible del mundo aficionado a la música clásica: el que la consume directamente y, por consiguiente, la mantiene viva en el mercado. Una afirmación así, en boca de uno de los músicos-intérpretes más importantes y mejores de nuestro tiempo es una provocación. Porque supone dar por hecho que él, cuando realiza su trabajo, hace lo mismo que la ingente e inagotable legión de funcionarios-tecleadores-batuteros que pueblan el cicuito profesional y se apañan con sobrevivir a pesar de gozar de un talento parecido al que tienen las hormigas. Que se defina a sí mismo como “ejecutante” es, además, fácilmente rebatible, e invitamos a nuestros lectores a que lo hagan utilizando el camino más corto. Por ejemplo, escuchando en uno de los últimos DVDs del artista la Polonesa núm.6 de Chopin. Y si pueden seguir la partitura al mismo tiempo, mejor. Ante tamaño genial, original y único monumento a la subjetividad interpretativa, a ver dónde queda eso de que interpretar es ejecutar. Obviamente es sólo un ejemplo, pero podríamos sugerir otros muchísmos más, en versiones de obras de Albéniz, Bach, Debussy, etc.
En el mencionado artículo Barenboim dice otras cosas, y algunas en flagrante contradicción con la anterior. No vamos a recordarlas, porque no queremos polemizar. Lo que estamos diciendo lo hacemos con todo el respeto y la admiración que nos merece su figura. Pero es necesario –insistimos– no crear confusión. Para un señor de 66 años que a los 17 ya tenía superados los problemas técnicos que conlleva poder –siquiera– tocar, ejecutar, las Variaciones Diabelli es muy fácil decir estas cosas. Pero después está el aficionado de a pie, el que paga la entrada del concierto, el que compra el disco. Y a ese hay que hablarle claro: dar notas no es interpretar. Porque, de ser así, se haría un buen lío y perdería bastante ilusión a la hora de escoger qué entrada comprar para asistir a tal o cual concierto, o adquirir este o aquel disco de uno u otro... intérprete... Intérprete, por supuesto.