Publicado: junio 2011
Un reciente "Tema del mes" de la revista Ritmo nos ofrece una visión de Los Beatles y el entorno "clásico" de la música popular. Por su interés lo hemos traído a este foro. Participe con sus opiniones y comentarios.
Cualquier año es buen año para hablar de los Beatles (posiblemente los más clásicos de los músicos no clásicos), pero recordemos que, ya conmemorado el trigésimo aniversario del asesinato de John Lennon y el cuadragésimo de la disolución efectiva de la banda, en este 2011 se cumplen diez años del fallecimiento de George Harrison. Por tanto, pretextos no faltan para hablar de ellos y de algunos de los mejores temas pop-rock jamás escritos. Estas líneas aparecen en una revista dedicada a otro tipo de música (aunque sabemos apreciar la calidad allí donde se encuentra) y no pretenden relatar la historia del grupo ni valorar su aportación a la cultura (o contracultura) popular, sino solamente ofrecer un ramillete de datos y apreciaciones de estricto carácter musical (para poesía, la de Bob Dylan) que, dirigidos a un público en su mayoría reacio a tomar en consideración ninguna de las composiciones maduras de los Beatles (no digamos de otros artistas situados en similares coordenadas estéticas), acaso logren sacudir un poco prejuicios por desgracia arraigados. Las comparaciones son odiosas, pero en 1967 a Luciano Berio le admiraban las tendencias progresistas de los grupos rock del momento.
La música pegadiza y comercialmente exitosa de la etapa temprana de los Beatles (Love Me Do, Please Please Me, From Me to You, She Loves You, I Want To Hold Your Hand y un largo etcétera) pronto dio paso en los dos álbumes de 1964 (A Hard Day’s Night y Beatles for Sale) a temas de idéntica simplicidad estructural pero presentados con un sonido más cohesionado, una evolución en parte precipitada por Harrison y su guitarra Rickenbacker de doce cuerdas. El quinto álbum del grupo, Help!, proporcionó las primeras novedades importantes: por un lado, el ingreso de instrumentos y conjuntos instrumentales característicos de la música clásica como son la flauta (You’ve Got to Hide Your Love Away) y especialmente el cuarteto de cuerda (Yesterday), y por otro, la mayor utilización de teclados y doblajes vocales, todo ello futuras señas de identidad del grupo. Con el siguiente álbum, Rubber Soul (también de 1965), los Beatles realizaron una contribución a la música popular que ya podemos calificar de decisiva, al tiempo que inauguraban su periodo más creativo. La introducción en Norwegian Wood del sitar, instrumento indio de cuerda pulsada, llevó aún más allá los límites tradicionales del pop, mientras que el productor George Martin (cuyo papel nunca fue anecdótico) arrancó sonidos de clavicordio a un piano mediante la reproducción de la cinta magnética al doble de la velocidad de grabación (In My Life). Otra de las canciones del álbum, la más filosófica Nowhere Man, cuenta con elaboradas armonías vocales que convertían su interpretación en directo en un reto de extrema dificultad. Como imposible resultaba la ejecución en concierto de muchos de los temas grabados en estudio por unos Beatles cada vez más innovadores y perfeccionistas a partir de 1966, año en que, hartos del constante griterío del público que impedía oír los sutiles efectos de su música reciente y agotados por las incesantes giras, optaron por abandonar definitivamente los escenarios.
Las sofisticadas composiciones de Revolver, último álbum publicado antes de la retirada, profundizan en la línea marcada por Rubber Soul y los Beatles se mostraron aún más eclécticos y experimentales. Cierra el disco un tema con un único acorde en Do (repetido como un mantra tibetano) titulado Tomorrow Never Knows, sin duda la canción más psicodélica de Lennon (la letra se inspira en un famoso libro de Timothy Lear, psicólogo e investigador de drogas como la mescalina y el LSD) y en cuya grabación se emplearon por vez primera el amplificador-altavoz Leslie Speaker para obtener efectos de vibrato a partir de voces y el sistema ADT para duplicarlas. Además de otros espectaculares efectos, este impresionante fragmento de música moderna incorpora un complicado collage construido con diferentes sonidos grabados sobre bucles de cinta mezclados aleatoriamente, un procedimiento cercano a los métodos conducentes a la síntesis de música electrónica y música concreta de algunas partituras de Stockhausen. Entre las otras canciones del disco sobresalen Eleanor Rigby, de estilo indefinido y orquestada para doble cuarteto de cuerdas, y la ácida Taxman.
Si Rubber Soul y Revolver significaron el punto de inflexión en la carrera de unos artistas ya en condiciones de desplegar su inmenso talento, el revolucionario Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) dinamitó las convenciones del género, otorgó respetabilidad intelectual al grupo y es generalmente considerado como el mejor álbum de música popular de todos los tiempos. Aunque bandas como los Who desarrollarían la idea, está claro que los Beatles alumbraron uno de los primeros álbumes conceptuales de la historia del rock (junto a Pet Sounds de los Beach Boys), donde las canciones, sin pausa entre algunas de ellas, se conciben como un ciclo unido por un marco común (aquí el concierto de la banda del sargento Pimienta), circunstancia que sumada a la libertad estructural de los temas y a la extensión de las posibilidades tímbricas (en vísperas de los sintetizadores electrónicos) explica y justifica el reconocimiento prácticamente unánime del que siempre ha sido objeto este disco legendario. Lucy in the Sky with Diamonds es una de las primeras canciones rock escritas en dos compases distintos, She’s Leaving Home combina instrumentos de cuerda, arpa y coros griegos; Being for the Benefit of Mr. Kite! incluye órganos, armonio, glockenspiel, armónicas y cintas pregrabadas; Within You Without You usa instrumentos indios y occidentales y dibuja escalas orientales; en Good Morning Good Morning se escuchan ruidos de animales y, al final del disco, la armónicamente compleja A Day in the Life (escrita en Sol mayor, pero con su verdadero centro de gravedad oscilando entre las tonalidades de Mi mayor y Mi menor) concluye con un antológico acorde final tocado en tres pianos y armonio y prolongado durante cuarenta segundos gracias al aumento del volumen de grabación.
La cara A de Magical Mystery Tour, vinilo publicado a finales del mismo año, contenía la banda sonora de la película para televisión del mismo título con temas de una psicodelia extravagante y surrealista no inferiores en calidad a los del álbum anterior. A destacar las emotivas modulaciones en The Fool on the Hill (es proverbial la claridad modal en las melodías de McCartney) y los múltiples detalles a cual más interesante de I Am the Walrus (es decir, Soy la morsa), tal vez el tema Beatles favorito de quien esto suscribe, pero no por su enigmática y comentadísima letra (pura broma de Lennon al fin y al cabo), sino por su increíble música, de una extraña intensidad onírica, instrumentada para ocho violines, cuatro violonchelos, tres trompas, un clarinete... y retazos de una emisión de radio de la BBC de “El rey Lear”. En la cara B refulgen gemas como Strawberry Fields Forever, otra proeza armónico-orquestal introducida en esta ocasión por un envolvente mellotron (ingenio electro-mecánico polifónico que precisamente hace aquí su aparición estelar), y por supuesto, All You Need is Love, de gran audacia rítmica (el verso está en el infrecuente compás de 7/4) y salpicada de citas y autocitas, a saber: al inicio La marsellesa y más tarde Greensleeves, She Loves You y pasajes de J. S. Bach, Glenn Miller y Jeremiah Clarke.
La coherencia de Sgt. Pepper’s y de los temas para el film “Magical Mystery Tour” se desvanece en los tres últimos álbumes importantes de los Beatles (1968-1970) debido a una comprensible necesidad de expresión individual sentida cada vez con más fuerza por los miembros del grupo (caso aparte es el álbum Yellow Submarine, que contiene la música para la película homónima y ninguna canción nueva de relevancia salvo la caótica y fastuosa It’s All Too Much de Harrison). La afirmación anterior cuadra especialmente con el caleidoscópico doble álbum titulado The Beatles (apodado White Album), aunque la mayor parte de sus treinta piezas nacieron en la India durante un curso de meditación trascendental impartido por Maharishi Mahesh Yogi. A pesar de la radicalidad de la propuesta y de ciertos altibajos, los deslumbrantes contrastes (del pop al rock duro pasando por el blues y la balada acústica) y su riqueza temática lo convierten en un álbum de culto. Un sólo ejemplo bastará para llamar la atención sobre este trabajo colectivo: While My Guitar Gently Weeps de Harrison, con un apasionado solo de guitarra eléctrica a cargo de Eric Clapton, invitado de excepción. Por otra parte, valga la mención de Something y Here Comes the Sun, dos canciones del álbum Abbey Road (la segunda popularizó el uso del sintetizador Moog en la música rock), para insistir en mi (hasta este instante) sibilina reivindicación del compositor George Harrison, porque, en efecto, creo que la alargada sombra de Lennon y McCartney ha sido demasiado alargada. Los acordes de Because se inspiran (como ocurre con otras canciones de los Beatles) en el piano de Beethoven, pero obviamente la otra joya de Abbey Road es el exuberante medley de dieciséis minutos fabricado por McCartney al enlazar varias canciones cortas o a medio terminar, tres de ellas melódicamente magistrales: You Never Give Me Your Money, Golden Slumbers y Carry That Weight. Incluso en el controvertido y en mi opinión algo decepcionante Let It Be, último álbum publicado, se hallan canciones sólo al alcance de músicos con enorme talento, y son al menos las siguientes: The Long and Winding Road (otra melancólica melodía de McCartney de tonalidad sinuosa), Across the Universe y, claro, la canción que dio título al álbum.
En resumen, cualquiera puede constatar que a partir de la explosión de creatividad del año 1965 los Beatles nunca repitieron caminos trillados y ni siquiera se repitieron a sí mismos. Lo mejor de su aventura duró apenas cinco años, pero en ese tiempo cambiaron la historia de la música. Clásicos con todas las letras, desde luego.
Por: José Antonio Ruiz Rojo