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Buscando el norte

Publicado: mayo 2011

Recordamos un editorial de Ritmo en el que se defiende la continuidad del excelente trabajo realizado en España para las infraestructuras musicales, pese a la crisis económica actual.

Los primeros meses del año 2011 siguen sin aportar buenas noticias para la economía de nuestro país. Las tasas de crecimiento siguen estancadas, parece que el sector de la exportación trae cierto aire fresco; pero el consumo interno sigue sin despegar. Por otro lado, las grandes potencias no se ponen de acuerdo en la regulación del cambio de sus monedas y los países emergentes no consiguen la estabilidad esperada, desequilibrando la globalidad con sus excedentes comerciales. Todo está confuso, o al menos el sistema no aporta esperanzas a corto plazo para dar la claridad necesaria para ir disipando las tormentas encadenadas que nos amenazan. Tras la tempestad siempre llega la calma, dicen. Pero, al parecer, esa calma económica se va a hacer esperar más de lo previsto.

Mientras tanto, los gobiernos aplican fuertes reducciones a sus gastos e inversiones. Grandes carteras como las de fomento y obras públicas retrasan proyectos. Se congelan pensiones y se reducen los salarios de los funcionarios; se habla incluso de limitar su número. En nuestro país comienza un debate acerca de la posibilidad de adelgazar la estructura administrativa de las comunidades autónomas. En otros países del entorno, tras contundentes frenazos en las inversiones, ya se está descendiendo incluso a pequeños detalles en el sector de la cultura, de la música clásica: se pretende eliminar orquestas y disminuir significativamente las subvenciones a agrupaciones, festivales, conservatorios, convocatorias de concursos… En España se confirma día a día la fuerte reducción prevista del dinero para la música y la cultura.

Ante esta situación, las instituciones públicas –nacionales, autonómicas y municipales–, así como las empresas privadas que mueven el sector de la música clásica en nuestro país, están buscando soluciones de emergencia. Por ejemplo, la reducción del número de espectáculos en las programaciones o la de sus gastos generales y de representación. Soluciones todas ellas que van a conllevar una importante disminución de la oferta musical en la actual y siguientes temporadas.

Ya hemos dicho en esta misma página editorial que, después del extraordinario esfuerzo realizado en la creación de infraestructuras estables para la música clásica en España, sería una lástima ralentizar su funcionamiento y continuidad en estos momentos. Si, finalmente, el Estado mantiene sus duros planes de reducción de dinero para la música, quizá sería conveniente cambiar el rumbo en el diseño de las programaciones de los espectáculos y en el de las políticas de contratación artística de los teatros, auditorios y otras entidades musicales.

En estos años de abundancia económica la música clásica en España ha generado infraestructuras, servicios y cuerpos artísticos estables. Y también, como consecuencia, un gran número de excelentes jóvenes artistas y agrupaciones independientes que están presentes en los circuitos nacionales e internacionales. Todos ellos trabajando a precios de contratación muy asequibles y dispuestos a sacrificar una parte de su “cache” en favor de su carrera y del mantenimiento de la oferta musical a lo largo de toda nuestra geografía.

Por otro lado, quizá los programadores deberían también ir pensando en realizar propuestas musicales que exijan menos medios orquestales o puestas en escena más económicas, rechazando las apuestas por los grandes “divos” o “estrellas” del panorama internacional, que ahora no se pueden pagar y que, en caso de ser contratados, hipotecarían programaciones futuras y reducirían la oferta musical global.

En música, como en los demás aspectos de la vida, necesitamos para este y los próximos años una racionalización de nuestra economía, adecuando las programaciones y ofertas a la actual situación, no reduciendo su número, sino siendo más imaginativos y austeros. Se confirma que disponemos en nuestro país, y en nuestro entorno europeo, de excelentes jóvenes instrumentistas, nuevas voces de primera línea, magníficas agrupaciones independientes y reconocidos nuevos directores de orquesta que podrían ser contratados a precios razonables. También el mercado ofrece agentes y programadores musicales con un documentado conocimiento del repertorio e imaginación para, con poco dinero, producir muy aceptables espectáculos.

El público desea escuchar música clásica, buena música clásica. Conforme con que los grandes nombres arrastren público a los teatros. Pero también es cierto que, cuando las obras propuestas se han seleccionado con inteligencia y los carteles artísticos responden con humildad y dignidad (y, en la mayoría de las ocasiones, con posterior éxito), el público siempre lo agradece, los teatros se llenan y la vida musical continúa, incluso en épocas de crisis económica.

Por todo esto quizá sea el momento de buscar un nuevo norte para la vida musical española, pues tantos años de abundancia probablemente hayan desviado ligeramente los objetivos esenciales de nuestra brújula o compás cultural.

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