A simple vista, se diría que el irresistible atractivo que guardan los valses de Johann Strauss para todo el mundo, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, profanos y eruditos –aunque a éstos les cueste, ay, un poco más reconocerlo–, proviene tanto de su proverbial encanto melódico como del particular ritmo del vals. Ritmo envolvente, sin principio ni fin, perpetuo. Movimiento que paradójicamente niega el tiempo, y por tanto la muerte. ¡Qué mejor expresión de la alegría de vivir!
Es cierto, qué ...
Escrito por el domingo, 01 de marzo de 2009