Raul Mallavibarrena
Habita frente a mi casa
un árbol de extraña sombra
no por su forma de viento enfurecido
sino por su larga longitud y rara envergadura
Háganse una idea
Su anchura puede albergar un país entero
y los extremos de sus brazos trepan por las fachadas como lagartos tostados
obsequiando cada metro conquistado con la música callada de lo oscuro
Acunan al niño desvelado y bajan el volumen de los televisores
enfrían las bebidas y apalean las alfombras extendidas
liberándolas del innoble singobierno de los ácaros
Conversan con la mujer frente al espejo
ilustran al estudiante entre sus dudas
y mecen al anciano en la terraza
Jalean y perjuran cuando la radio vocifera los goles y los ¡huys!
aguardan en silencio en la consulta del dentista
decoran la habitación del soltero descuidado
y cocinan, si es preciso, aunque sólo preparados naturales
Debaten en los foros y consejos
discuten al profesor sus teorías
apaciguan el ímpetu de las asambleas vecinales
y hasta levantan acta cuando el administrador está ausente
Soportan el contorno dentado de las ruinas
recorren como anguilas el ladrillo visto de la infravivienda
y, persiguiendo el rastro del dinero,
coronan los áticos con piscina de los ricos
Se dejan escurrir por el exterior del rascacielos
y golpean luego el suelo
asustando al paseante inadvertido
Acarician el lomo de los coches
merodean con los perros hasta el hábitat secreto de los parques
envuelven a las plantas con las hojas
y amerizan en las aguas del estanque
como un escuadrón de guijarros laminados lanzado por los niños
Se reúnen, a veces, en las plazas con iglesia
y afectan, del algún modo, el orden de los bancos y las fuentes,
socabando la confianza del concejal de urbanismo
Ya luego, en la tarde,
víctimas de su ajetreo,
se separan cuando el sol, por gravedad, hace mutis por el foro
Entonces se alargan más, aún más
y viajan en carreras hacia el Este de las casas y las cosas
De regreso a su morada rememoran sus hazañas
y, contrariando la gravedad impasible y sus mandatos,
ascienden veloces hasta las cornisas de los palacios,
para desplomarse sin temores en el vacío acelerado
Retoman el camino del solar y el vertedero
y clausuran las juntas bulliciosas con el punto de “ruegos y preguntas”
Mecen ahora al profesor acurrucado
y tiran de las orejas al estudiante distraído
Se expanden a lo alto y a lo ancho, bostezan y se estiran
su gris se torna negro atenuado
inundando las fachadas con su canto inapreciable
El árbol las acoge y las previene del espectro de la luna vespertina
los límites se pierden
se dan todas la mano, como hermanas, se miran
se desvanecen
martes, 01 de septiembre de 2009