Fernando López Vargas Machuca
Hace tiempo que suenan las alarmas. La crítica musical está desapareciendo poco a poco, al menos en España. Y no tanto en lo que a las reseñas de discos se refiere -que también- como en la crítica de conciertos. Es verdad que las revistas especializadas, quizá más por inercia que por convencimiento, siguen reservando cierto número de páginas en las que, a veces con enorme profesionalidad y en otros casos dejándose llevar por intereses personales, se da cuenta de la actualidad musical en el territorio nacional. Pero los diarios han reducido muy sensiblemente la inclusión de críticas en sus páginas, y todo apunta a que lo seguirán haciendo.
No es fácil delimitar un único factor como causante de esta situación. Se trata, más bien, de un cúmulo de circunstancias que se alimentan entre ellas. No son las menores las que tienen que ver con el dinero. La cifra que se paga a los colaboradores musicales en la prensa diaria roza el ridículo. A veces incluso se pide que se escriba gratis. Yo mismo, lo confieso, estuve hace años realizando críticas -durante una temporada- para un diario local cuyo director no estaba dispuesto a pagar a nadie por escribir de música: con las entradas gratis que ofrecía el teatro, pensaban él, basta y sobra.
Cuando me marché volvieron a dejar el asunto (críticas, no la mera cobertura informativa) en manos de los habituales redactores de la sección de cultura. Recuerdo que uno de ellos llegó a preguntar qué obras eran esas que tocaban esa noche, la Heroica y la Pastoral. Los especialistas en política local, fútbol y Semana Santa también han llegado a escribir críticas: la realización de las mismas “va en el lote” de lo que se paga por la colaboración global.
Las presiones externas también tienen que ver con el asunto. Me sé de un poderoso cargo municipal de una importantísima metrópoli que tomó el teléfono para advertir a un diario que si continuaban apareciendo valoraciones muy negativas sobre cierto músico por él protegido desaparecería la publicidad de la delegación de cultura en sus páginas. Se cambió de pluma y las críticas demoledoras fueron sustituidas por otras consistentes en resúmenes de las notas al programa seguidos de elogios varios. No hace falta decir que las redacciones de muchos periódicos, a la vista de cómo están las cosas, prefieren que no aparezca nada antes que buscarse problemas.
Y luego está el puro desinterés del los lectores. No soy precisamente el primero en señalar la paradoja: este complejísimo fenómeno de la Globalización está conduciendo a la situación de que cuando más fácil es el acceso a la “alta cultura”, más queda esta restringida a una minoría cada vez más selecta, cada vez mejor formada, mientras que la subcultura de masas se extiende por el planeta con la misma velocidad que la maleza roja de La guerra de los mundos.
Antes, quizá, podía existir una cierta curiosidad intelectual por parte de lectores y redactores hacia fenómenos musicales. Ahora la sección de cultura queda reducida a los estrenos de Hollywood y similares, mientras que deportes y política-espectáculo ocupan cada vez más páginas. No parece que la cosa vaya precisamente a mejorar, y menos en un país donde la Historia de la Música acaba de ser eliminada por completo de la ESO para relegarla a una optativa de Bachillerato en la que no se matricula nadie. De aquí a unos años no habrá quién conozca a Beethoven.
¿A dónde va, pues, la crítica de conciertos? Me respondo a mí mismo: a la mierda. Con perdón. La crisis económica ofrece la excusa perfecta para ir borrándola del mapa. Por fortuna la consolidación de Internet, cada vez más llena de foros y blogs gestionados por los miembros de las referidas “élites” (los que estamos leyendo estas líneas estamos en ellas, qué duda cabe), ofrece un nuevo aunque aún incierto horizonte en este sombrío panorama. De ello escribiré próximamente.
miércoles, 01 de julio de 2009