Raul Mallavibarrena
Las reunieron en un gran contenedor de vidrio pálido tallado para la ocasión, sobre un fondo de pentagramas infinitos, casi curvos. Las miraron sin contarlas -eran tantas-, señalando admirados los trazos reconocibles de los dioses, mientras los escépticos tristes movían la cabeza musitando: no funcionará, no funcionará.
Eran las notas sobrantes de la Historia de la Música, caídas de la mesa de los creadores y salvadas in extremis en forma de bosquejo, en un cuaderno de ideas o bajo una gran tachadura. Habitantes inertes de museos, archivos, bibliotecas, convalecientes sin diagnóstico de una selección natural que los magos del sonido decidieron imponerles en el último momento. Cada una de un lugar, de un tiempo, de un papel, recuperadas del ancho cajón de “concebidas sin ver la luz”. Todas distintas, distantes, tímidas, perdedoras.
Las de Wagner eran firmes, las de Haydn reverentes, ilegibles las de el sordo genial, herméticas las de Bach, las de Schubert inquietantes como espectros, orgullosas las de Haendel, tortuosas las de Mahler, oscuras y sólidas las de Brahms, luminosas –en apariencia infantiles- las de Falla, alargadas pero dulces las de Tchaikovsky, cortas y precisas las de Borodin. Nerviosas e hiperactivas las de Stravinsky, misteriosas las de Debussy. Blancas, muy blancas, las de Sibelius; negras, casi todas negras, las de Gershwin.
Y de Mozart nada. Él no desechaba. Ni una corchea perdida, ni un garabato en los márgenes, ni un grupeto ornamental, ni un mordente, ni un cifrado. Nada. Ni tan siquiera aquellas que debieron sonar de más en el oído ignorante del Emperador de Austria.
Allí estaban, eran miles de miles, fragmentadas, iniciadas, bocetadas. Distribuidas en acordes, imitaciones, preguntas, respuestas, frases sin conclusión. Invitadas a resarcirse por fin de su olvido a cambio de unir sus fuerzas y cantarnos. Y son miles, ¿qué digo?: millones. Condenadas a sumarse, a entenderse, a combinarse, a reaccionar químicamente dejando de lado prejuicios de estilo, avances estéticos o el éxito o fracaso de sus hermanas, las que sí llegaron a la imprenta ... y prosperaron.
Démosles tiempo, tengamos paciencia, dijeron los convocantes. Nunca antes se vieron. Y cerraron la sala. Esperaron.
Las notas quedaron inmóviles en su cuenca. Eran demasiadas. Gobernó un sepulcral silencio durante días.
Pero de a poco vino el milagro. Dicen que todo partió de un cuarteto fallido de Dussek (¿quien lo iba a decir?) Y el más insólito y enorme puzzle sonoro más jamás oído comenzó a tomar forma. Con los restos de un fugado de Prokofiev y una coda malograda de Bizet se fecundó la cabeza de una melodía digna de mención. Era el incipit del tema A. Pronto se unieron una parte para viola de Elgar y un solo de fagot de Rameau. A las pocas horas aquel magma hirviente estaba en pleno funcionamiento, edificando una catedral de residuos nobles como nunca pudo imaginarse antes. Olvidadas o no, eran notas, eran Música, y el orden su religión. No tardaron en nombrar a las de Bach responsables de la estructura y el armazón de partida. Otras barrocas se hicieron cargo del forjado de los acordes básicos y sus conducciones, al tiempo que las del Renacimiento tejían y tejían. Las clásicas vigilaban la forma mientras las románticas oscurecían los ángulos aquí y allá con nuevas cadencias. De Bruckner provenían los silencios, los trinos de Couperin, de Monteverdi la poesía. En las secciones líricas trabajaban italianas, en las más delicadas francesas, inglesas para los coros, Strauss en indicaciones dinámicas, Webern en ataques y articulaciones, Berlioz en la sección “instrumentos raros”. Los colores de la orquesta para las nacionalistas, las molduras fueron cosa de Chopin, Vivaldi coordinó las progresiones, y en la cantera de rellenos y texturas, trabajando a destajo, un ejército de fusas en staccato, adiestradas por Shostakovich para obedecer sin hacer preguntas. Todas aportaban algo, así fuera para doblar un bajo, octavar un canto, para tensar la armonía o ayudar a reflejar el efecto balsámico de la subdominante. Y si alguna se dormía, las corcheas inégales de Lully la atizaban con un bastón (no era cosa de broma).
En poco menos de un mes la gran Sinfonía de los Restos estaba terminada. Se estrenó en Viena, en la sala más grande, con solistas de glamour, un coro como la ONU, la orquesta Youtube y el director de moda. Cámaras y micrófonos, radios y televisiones, y los políticos -siempre los políticos- para la foto. Audiencias. ¡Qué grande! ¡Qué extraña! Qué enorme mural de sonidos deportados, juntos por primera vez, con la única y legítima intención de gritarnos ¡una vez fuimos proyecto!
Millones de notas de cien estilos, de cien orígenes, conducidas durante dos horas hasta un indescriptible y prodigioso clímax, seguido de una abismal cadencia y acorde final, tras el cual, como las más relucientes pompas de jabón infantil, desaparecieron para siempre.
lunes, 01 de junio de 2009