Raul Mallavibarrena
¡Pelucas con rizos! ¡Polvos en la cara! ¡criados vestidos como tales! ¡hasta un jardinero con unas tijeras enormes! ¿Pero dónde estamos llegando? me pregunto yo. ¿Se trata de un virus? Porque contagioso, a todas luces, es. La nueva hornada de jóvenes directores de escena, llegados a los teatros de ópera como señores de la guerra, amparados por no se sabe muy bien qué tipo de programadores, son ya legión. Disculpen mi tono pero ayer asistí al último montaje de “Las Bodas de Fígaro” ofrecido en nuestra ciudad. ¿”Las Bodas” dije?, bueno, al menos eso rezaba el cartel. Nunca imaginé tamaña desvergüenza. ¿Pues no les digo que en la primera escena aparecía Fígaro dentro de una humilde alcoba midiendo con una vara el espacio para su cama? Así como lo oyen. ¡Toda –y digo to-da- la ópera estuvo ambientada en el mismo siglo XVIII! No dábamos crédito. ¿Qué es lo próximo? ¿Don Giovanni con una espada?, ¿Rigoletto vestido de bufón? ¿Tristán e Isolda subidos a un barco? Un argumento como el de Fígaro, llamado desde la primera página a proyectar temas como la violencia de género, las franquicias de las cadenas de comida basura o el calentamiento global, fue presentado ante nuestros asombrados ojos sin hacer la más mínima alusión visual a ninguno de ellos. Ni un destello, ni un gesto, ni un homenaje.
Son tiempos oscuros, sombríos. Y los ejemplos de esta nueva post-modernidad proliferan. En la Bastilla, temporada pasada: ¡una Bohéme situada en una buhardilla parisina manifiestamente decimonónica! ¿Y esa memez? Una obra cuyo subtexto evidente no es sino la ambivalente identidad de los jóvenes en la década de los 60, en plena vorágine de la estética flower pop y la experimentación con LSD. Ahora resulta –como dijo en su día el director de escena en la rueda de prensa- que se trata de no sé qué historia de amor “con una costurera tuberculosa…” ¿Y ya está? Pero esperen: meses antes en el Covent Garden, otro “moderno” hacía aparecer a Orfeo con una lira. Como lo leen: una lira. Existen en la actualidad más de dos centenares de modelos de guitarras eléctricas y me lo ponen tocando la lira, como si fuera un pastor de Tracia. ¿Y las referencias al 11-S, o al cine de Murnau o Dreyer, o a “Cien Años de Soledad”? –por citar lo más evidente-. ¿Es que vamos a pasar por alto las permanentes alusiones fálicas y sexuales que supuran a borbotones en casi todas las óperas desde Caccini? ¿Es que nadie se lee los libretos ya?
Hace dos días hablaba con una famosa cantante de proyección internacional (no diré su nombre). Entre llantos me contaba que en mayo presentará “Sor Angelica” en el MET. Pues bien, en el contrato se le anuncia que durante toda la representación debe permanecer completamente vestida, como una monja. ¿Es que se ha perdido el norte? De hecho, el vestuario (diseñado por otro ambicioso jovenzuelo) evitará explícitamente cualquier mención al drama de los niños soldado de Sierra Leona o la candente crisis del pensamiento sartriano. Estos quieren acabar convirtiendo la ópera en un mero espectáculo escénico-musical. ¡Ay! ¡Cómo añoramos ahora aquel fantástico “Fidelio” en la ópera de Lyon! (¿tres temporadas hace?: entonces nadie hacía olas) con sus alambres de espino rodeando el patio de butacas, los prisioneros esposados y con monos naranjas, y el escenario empapelado con afiches gigantes mostrando las vejaciones de Abu Ghraib. Rocco, con su pelo al uno y sus paramilitares botas negras -como corresponde-, Don Pizarro con sus gafas de espejo -¿qué menos?- y Leonora, talmente una muchacha palestina a la que se le adivinaba un cinturón de explosivos oculto bajo su ropa de carcelero (estaba monísima) ¡Eso eran montajes! Pero no, ahora lo moderno es mostrar que la única ópera que escribió Beethoven transcurre en ¡una fortaleza andaluza! Como el Lohengrin de la Sydney Opera House, no hace ni dos meses, vestido con una armadura de tiempos de las Cruzadas. ¿Qué les parece eso? Coincidirán conmigo que si Lohengrin es la historia de un caballero del siglo X, ningún personaje podrá –¡en ningún caso!- aparecer en escena ataviado con indumentaria medieval.
Termino. El pasado agosto, en Stuttgart, nuevo montaje de Tannhäuser. ¿Adivinan cuántos motoristas aparecían? ¡Ninguno! “Nada de motoristas en las óperas de Wagner” parece ser la nueva consigna; era más fácil vestir a los peregrinos como harapientos errantes apoyados en bastones combados. ¿Y tatuajes en el torso del Landgrave Hermann? No los cuenten, no se molesten, ya se lo digo yo: ¡cero! ¿Me pueden explicar cómo se puede significar la problemática de ningún colectivo o minoría social sin mostrar tatuajes? De locos, lo que yo digo. Pronto nos dirán que Carmen era sólo una gitana y Escamillo un torero, que Eneas un príncipe troyano y que Aida transcurre en el Egipto faraónico y nada más. ¡Un sin Dios! Y cuando llegue ese día, me puede alguien decir ¿quién revelará las sendas del progresismo vivífico?, ¿quién dará las consignas y los dogmas para defenderse del pensamiento único? ¿Dónde iremos entonces a evangelizar?
domingo, 01 de marzo de 2009