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5' 13''

Raul Mallavibarrena

El día que los médicos me comunicaron que me quedaban siete horas de vida pensé que se trataba de un error. Uno de tantos. ¿Acaso no amputan piernas sanas u olvidan tijeras en lugares sólo visibles en radiografías? Pero el tono del doctor fue severo: “Estamos obligados a hablarle con total franqueza. Siete horas, ni una más”. Salí sin mediar palabra y caminé calle abajo sin acertar a gobernar mi gesto.

El mundo seguía girando con la misma indiferencia. Entonces acepté el veredicto. No malgastaría el resto de mi existencia  en buscar una segunda opinión. Siete horas. De hecho ya algo menos. Saturado por los fulminantes ecos de la avenida centré mi atención en dibujar un mapa esparcido del tiempo sobrante: en números redondos poco más de seis horas. Me visitaron novelas y relatos, películas pobres y espacios suculentos, desde la perdida infancia hasta el instante previo a mi entrada en el hospital esa misma mañana,  mientras en la balconada del recuento aparecieron fugazmente los cientos de rostros que ya nunca volvería a ver.

Me senté junto al río. Me pareció ver que la corriente me abanicaba con escrupulosa sincronía con el segundero (los relojes habían pasado a ser un tema preferencial para mí) La pasarela incesante me obsequió con algunos barcos de turistas, y en el último de ellos un hombre con sombrero blanco tampoco me miró. Hice mis cálculos: cinco horas y quince minutos me separaban de la catarata mayor.

Volví a caminar y los saturados engranajes de la elección me llevaron a la Música. ¿Qué obras caben en cinco horas? Todas, salvo, tal vez, alguna ópera larga que ya nunca escucharé. Me acordé de Heinrich Schütz, nunca supe la razón. Cuando quise recordar algunos de sus salmos en mi cabeza sonó la decimotercera variación Goldberg y después una antífona del Canto Ambrosiano (no me pregunten cuál). De retorno a Bach me topé con Purcell y asigné varios minutos a una de sus cintas de Moebius: “Music for a while”. Los di por bien empleados (les podría asegurar que disfruté como la primera vez que la escuché).

Cuando llegué a casa los números se alinearon: cuatro horas, puede que algo menos. Era el turno de Beethoven (venía pidiendo paso desde lo de las Goldberg) Me regaló el Andante de su sonata 10. Es una marcha con variaciones, todas tan hermosas.  Quiso entonces tararearme el cuarteto de su  Fidelio pero le dije: “espera”. Sentí los nudillos de un hombre en la puerta. Era Josquin, el gran Josquin, pasó sin presentarse, sin mediar palabra (siempre hace igual): no puede eludir su “Miserere mei Deus” a cinco. Era un anuncio más, la confirmación de mi justificada y negra angustia.

Tres horas.  Luego se agolparon Monteverdis, Landinis, Scarlattis. Dos horas. Asistiéronme en mi agonía Tchaikovskys, Puccinis, Palestrinas.  Sesenta minutos. Unos instantes de Brahms y el enigmático tema de Elgar entremezclados con una galería de llantos populares y sonidos ciegos, melodías infantiles sin nombres ni letras que sólo ahora mi memoria atinaba a resucitar. Recuerdo también los golpes secos de un martinete, aunque ya no lo entendí. Y entonces miré el reloj: siete minutos. Las ventanas me anunciaban el tránsito a las tinieblas. Los médicos habían hablado rectamente. Me incorporé y busqué entre los discos.

Seis minutos. Tan sólo una música podía escuchar ya: aquel motete específicamente concebido para clausurar el aire y sus terminaciones. Cinco minutos cuarenta. Volví a sentarme y con mis dedos di órdenes precisas al equipo. Cinco minutos trece segundos: eso era todo. De la garganta profunda del silencio surgió Nicolas Gombert, compositor malogrado de la capilla del mismísimo Emperador Carlos, condenado a galeras e indultado in extremis por su Católica Majestad, llamado ahora a remar y gobernar mi barca hasta la otra orilla, quinientos años después de su perdón. Sonaron seis voces como seis serpientes, todas –casi a la par- con idéntico responso:

Media vita in morte sumus
Quem quaerimus adiutorem,
Nisi te Domine…
domingo, 01 de febrero de 2009
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