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Haydn y Barenboim, dos nuevos nombres en el Concierto de Año Nuevo

Angel Carrascosa Almazán

Era extraño que Barenboim no hubiese sido nunca invitado a dirigir el Concierto de Año Nuevo en Viena hasta 2009. ¿O no era extraño? Algunos otros grandes directores tampoco lo han sido, y Barenboim –en mi opinión el más grande entre los vivos – tampoco había dado especiales muestras de sintonía con el repertorio de la dinastía Strauss. Por otra parte, también hay que señalar que algunas batutas de mucho renombre no han dado precisamente en el clavo en estos conciertos, Abbado en primer lugar.

¿Cuáles eran los antecedentes de Barenboim en esta música? Pocos, y no siempre satisfactorios: en mayo de 1982, cuando el centenario de la Filarmónica de Berlín, fue invitado a dirigirlos e hizo en un concierto (creo que de propina) un Vals del Emperador de corte muy sinfónico, bello y grandioso.

En 1993 grabó (para Erato) su único disco con esta música, al frente de una suntuosa Sinfónica de Chicago: en él destacaba el referido vals, la Marcha egipcia y las polcas Pizzicato, Truenos y relámpagos y Tris-tras; versiones, en todo caso, de nuevo muy sinfónicas y más bien al margen de la tradición vienesa. El último día de 2001 dirigía en Berlín, con la Filarmónica, de nuevo el Emperador (DVD TDK, ahora Medici Arts) en una línea similar, si bien creo que mejor aún.

En cambio, en un concierto con la Filarmónica de Viena (“Concierto para Austria, 2005”) emitido por televisión, hizo un Emperador soso y de trámite, seguido de un sensacional Perpetuum mobile del mismo Rey del vals.

Eso es todo lo que yo había escuchado, ciertamente no demasiado alentador. Pero ¿qué maravillas se podían esperar de Georges Prêtre el 1 de enero de 2008? Y sin embargo, resultó una agradabilísima sorpresa; hacen muy bien en invitarlo de nuevo para 2010.

O sea, que quienes decidiesen invitar a Barenboim corrieron un riesgo. Conscientes, supongo, del enorme talento de este músico, confiaron en él, aunque temiendo, tal vez, que saliera por peteneras, es decir, proponiendo un Strauss atípico, lo que en la capital austríaca habría sido casi un sacrilegio.

¿Qué ha ocurrido, finalmente? Que no ha salido por peteneras, si bien tampoco ha calcado sin más la tradición, ésa que han ido forjando Clemens Krauss, Hans Knappertsbusch, Willi Boskovsky, Herbert von Karajan, Carlos Kleiber y Lorin Maazel: todos magistrales, todos diferentes, pero con un sólido sustrato en común.

De entrada, es evidente que Barenboim se ha tomado muy en serio esta actuación y la ha preparado muy a fondo (pese a que tuvo poquísimos días para ensayar desde su último Tristán en Nueva York); llama la atención con qué enorme propiedad ha asumido el bonaerense ese estilo vienés: por ejemplo, qué fantástico empleo del canónico rubato, qué maravilla de pinceladas “decadentes”, expresadas sobre todo a través del portamento, pero sin caer (como otros) en el exceso, la caricatura o lo postizo.

Ahora bien, como no podía ser menos, no iba a limitarse a seguir al pie de la letra los modos de ninguno de sus predecesores. Tratándose de un músico tan creativo, era de esperar y de desear –y así ha sido, por fortuna– que salpicara sus interpretaciones de multitud de detalles personales, que muestran una imaginación, y sobre todo una musicalidad y hondura difícilmente comparables a las de sus colegas.

Su experiencia en la interpretación de las músicas más trascendentes también se refleja en estas páginas ¿“menores”? No menos llamativo ha sido su personalísimo sonido; por encima de las características de las orquestas que dirige, sean Berlín, Chicago, Viena o incluso la del West-Eastern Divan, Barenboim gusta de un sonido muy particular, que es muy reconocible sobre todo cuando dirige música germana, sea Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Wagner, Bruckner, Brahms o Richard Strauss. Un sonido lleno, empastado, armónico, robusto, pero no por ello menos transparente y, como se ha manifestado a la perfección en este concierto del 1º de enero de 2009, el más profundamente hermoso que se escuchaba allí desde hace no sé cuántos años.

Una sonoridad mucho más emparentada con la pletórica, carnosa y sensual de Karajan que con la de Carlos Kleiber, mucho más liviana, afilada y tersa, menos robusta y también menos aterciopelada. Lo que hemos escuchado ha sido, sin duda, el sonido inconfundible de la Orquesta Filarmónica de Viena (el más inconfundible de todas las grandes orquestas del mundo) y, a la vez, el “sonido Barenboim”.

La implicación y la entrega de los músicos de la “aristocrática” y con frecuencia “desdeñosa” orquesta fue incondicional; la complicidad con la batuta fue total y es notorio que disfrutaron de lo lindo. Ya desde la primera pieza, la obertura de Una noche en Venecia, se vio venir que el concierto no iba a ser uno cualquiera: a esta página, que no es una de las más felices del autor de El Murciélago, no parece posible sacarle más partido; otro tanto puede decirse de piezas en principio menores: el vals Leyendas del Oriente, las polcas rápidas Correo urgente, Balas mágicas y ¡No estamos tan preocupados!, el Vals español de Hellmesberger y no digamos la Alexandrinen-Polka, ejemplo de cómo lograr una auténtica creación de una página que podría haber pasado sin pena ni gloria.

Pero, junto a ésta, las partituras que obtuvieron interpretaciones memorables fueron la obertura, la marcha y el Vals del tesoro de El barón gitano y no digamos el vals Música de las esferas de Josef Strauss (equiparable a los mejores de su hermano Johann). Un detalle no menor a señalar: el portentosamente acertado uso que en todo el programa se hizo de la caja o tambor, tan presente en tantas de estas páginas.

Además de su conciso pero contundente alegato sobre la guerra de Oriente Medio en un hombre cuyo compromiso político es bien conocido, no dejan de llamar la atención sus dotes de actor en la “representación” del goteo de músicos huídos en el último movimiento de la Sinfonía “Los adioses” de Haydn. Era, por cierto, la primera vez que se tocaba en un concierto de año nuevo música de Haydn, del que este año se conmemora el segundo centenario de su muerte.

domingo, 01 de febrero de 2009
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