Fernando López Vargas Machuca
Me parece que fui el primero que tuvo la oportunidad de comentar un disco suyo en una revista especializada española. Fue en el número de diciembre de 2002 de RITMO, y la grabación reseñada era el Romeo y Julieta que, en producción escénica del Teatro Villamarta, se ofrecía en Oviedo de la ópera de Gounod.
La estrella del evento era entonces Ainhoa Arteta, pues el tenor apenas era conocido por el gran público. Escribí entonces que “el joven mexicano Rolando Villazón puede y debe mejorar su técnica, pero canta con tal arrojo y efusividad -nada que ver con el tópico de lo francés- que no ha de extrañar que Barenboim le haya escogido para ser el Alfredo de su primera Traviata”. No hacía falta ser un lince precisamente para escribir semejante valoración, desde luego. En tan sólo seis años el artista ha pasado a convertirse en uno de los cantantes más aclamados y más detestados de todo el panorama lírico mundial. No es mal momento para reflexionar sobre el asunto.
Villazón tiene una voz muy hermosa. De tamaño no muy grande, aseguran quienes le han escuchado en directo, pero de indiscutible belleza. Su condición de lírico -que no de spinto- le permite por otro lado abordar una interesante gama de roles en los que hoy día, a contrario de lo que ocurre en la cuerda de lírico-ligero, no tiene demasiados rivales. Otra cosa muy distinta es que, en su indisimulado afán por parecerse a Plácido Domingo, el mexicano oscurezca el timbre de manera artificial, o que se empeñe en abordar papeles demasiado pesados para las actuales posibilidades de su instrumento.
Hasta aquí no parece haber demasiado desacuerdo entre los aficionados. La polémica arrecia cuando se trata de valorar en su arte la relación entre técnica y expresión. Existe una legión de aficionados para los que la máxima emoción se deriva de la pureza, belleza y perfección de la línea de canto, lo que no necesariamente ha de significar frialdad; por lo general son amantes de las voces del pasado y consideran que a partir de la Segunda Guerra Mundial, por diferentes motivos, se fue perdiendo la mejor tradición canora. Frente a ellos están quienes, moviéndose más a gusto entre las voces de la segunda mitad del siglo, pueden valorar positivamente la heterodoxia vocal siempre y cuando la expresividad salga ganando, lo que tampoco tiene por qué suponer la renuncia a la belleza sonora.
No hace falta decir que la inmensa mayoría de los melómanos se mueven entre estos dos extremos siendo conscientes, con toda lógica, de que no es lo mismo el repertorio belcantista que el verismo, pongamos por caso, y de que no pide lo mismo el público de los años cuarenta que el del siglo XXI. Ahora bien, resulta frecuente que los más radicales se tiren los trastos a la cabeza y los unos acusen a los otros de conservadurismo y superficialidad al tiempo que aquéllos replican con acusaciones de ignorancia, falta de criterio y tendencia a dejarse llevar por las modas impuestas por la industria discográfica.
Pero en el fondo, y con todos los matices que se quiera, lo que aquí subyace es el viejísimo enfrentamiento, presente no ya en los orígenes mismos del género operístico, sino en el comienzo de la historia de la música occidental, entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Prima la musica, prima le parole.
Por ello no es de extrañar que Villazón, tenor tan extrovertido e hiperexpresivo como heterodoxo en su línea de canto y tendente al descontrol emocional, desate tantas pasiones a favor y en contra. A mí es un tenor que en general me gusta bastante, pero al que encuentro defectos demasiado importantes como para considerarle un cantante excepcional.
Valoro muy positivamente su comunicatividad y su apasionamiento, me parece muy adecuado para el repertorio italiano e incluso llego a entusiasmarme ante un personaje tan a priori alejado a sus cualidades como es Nemorino. No me gustan su tendencia a dejarse llevar por la pasión en todo momento, a sustituir los matices propiamente canoros por la exhibición de temperamento, a abordar el repertorio francés como si fuera el italiano y a no diferenciar personajes: su Alfredo parece el Don José del cuarto acto, su Don José un Turiddu despidiéndose de la mamma. Como tampoco aprecio su escaso interés por mejorar la técnica -que va a peor- y por escoger los roles que más le convienen a su voz.
Tantos excesos le han terminado pasando factura, como era de esperar. Ahora está por ver, tras este retiro forzoso de varios meses, si el nuevo Villazón sigue en la misma senda del antiguo o si ha decidido, por el contrario, ponerle un poco de cerebro al asunto para explotar de manera mucho más provechosa su enorme potencial. Mientras tanto, seguirá generando una polémica tan vieja como la música misma.
jueves, 01 de enero de 2009