Darío Fernández Ruiz
Cuando escribo estas líneas, está a punto de concluir 2008 y uno no puede evitar hacer su balance particular del año transcurrido. Ha sido, como todos, un año rico en acontecimientos, pero en lo musical lo recordaré, entre otras muchas cosas, por el fallecimiento de mi querido, admirado e idolatrado Giuseppe di Stefano, el cantante que me descubrió la ópera.
Fue hace unos cuantos años ya, en el Colegio Mayor América de la Universidad de Oviedo, donde cursaba mis estudios de Filología y en cuya discoteca me encontré un disco de vinilo con una selección de arias tomadas de sus registros con Maria Callas, cuya fructífera asociación conocí, lógicamente, por las mismas fechas; recuerdo perfectamente el impacto y el hechizo que ejerció sobre mí la audición de aquella voz esplendorosa, de una belleza tímbrica sin igual.
Recuerdo, también, lo emocionado que poco después refería mi descubrimiento a un aficionado bastante mayor que yo y lo relativamente chafado que me quedé al comprobar que, lo creyera o no, di Stefano ya había sido descubierto.
Aquel amigo me había regalado un disco de Beniamino Gigli, que fue el primer recital que escuché con uso de razón melómana y “melópata”, porque entonces y ahora mi obsesión con su Mi par d’udire ancora rayaba, sino caía, dentro de lo patológico. Sin embargo, cuando escuché Vesti la giubba a su colega siciliano, sentí que aquella voz, aquel canto todo lo técnicamente deficiente que se quiera, me llegaban con una inmediatez desconocida y Don Beniamino dejó de interesarme (por suerte, el tiempo lo pone todo en su sitio y Gigli volvió a mi altar particular algún tiempo después).
Comenzó así todo un periodo de iniciación en el gran repertorio de la mano del tenor que cantaba como yo sentía que lo haría, como yo me figuraba que lo habría hecho de haber tenido voz, ya que el temperamento no me faltaba y, como dijo Chesterton de los aficionados, era un mal que me afligía desde hacía ya algún tiempo.
Así, uno tras otro, fueron cayendo los grandes títulos –siempre en versiones protagonizadas por él, claro está– hasta que me topé, ya no recuerdo en qué orden, con dos obstáculos considerables: el primero, la constatación de que el gran di Stefano, pese a su liberalidad a la hora de abordar nuevos personajes, no había agotado todo el repertorio; el segundo, el –por decirlo suavemente- pobre concepto que tenían de él los críticos a los que acudía para instruirme y a quienes tenía por oráculos infalibles.
Urgía tomar medidas, traumáticas ambas: la primera, encontrar un sustituto con el que conocer aquellos títulos indispensables que no habían sido grabados por él; la segunda, mantener en cuarentena todo lo relativo a di Stefano y contrastar, en la medida de lo posible, todos aquellos juicios críticos con mi experiencia como oyente de sus discos, poniendo en valor las cosas que leía, como que su emisión era inadmisible o que su estilo verista no se adecuaba a la mayor parte del repertorio que abordó.
Así se iniciaba, sin darme cuenta, un nuevo periodo: el de mi vida operística “sin di Stefano”, marcada por el deseo de conocer otros mundos y, sobre todo, por la verdad absoluta que parecía emanar de las sentencias de aquellos entendidos, que alimentaron en mí un complejo de culpa por haberme dejado engatusar por él y apartarme del buen camino.
Creía entonces –o me hicieron creer– que sólo de una técnica perfecta podía nacer un placer estético superior, que todo lo demás era detestable o, al menos, despreciable, pero por suerte pronto pasé aquel sarampión y comprendí que aquello era una necedad y que si tal cosa como la Verdad existe y se halla en la Música, esa verdad es la emoción que uno siente y no todos los músicos nos la procuran con la misma intensidad. ¿Está usted de acuerdo? ¿Tiene alguna pasión melómana inconfesable?
En mi caso particular –y que me perdonen los popes, críticos y estudiosos del canto– ningún otro artista me ha procurado mayor emoción que Giuseppe di Stefano y por eso quiero confesar, aquí y ahora, mi profunda admiración por él. Grazie, Pippo.
jueves, 01 de enero de 2009