Darío Fernández Ruiz

Es una verdad universalmente reconocida que todo crítico musical necesita un medio donde expresarse con libertad e independencia. La prensa especializada –no nos engañemos– tiene tantas luces y sombras como las demás y uno no siempre puede decir allí todo lo que quisiera, ya sea por tratarse de algo inconfesable o, las más de las veces, por ser sencillamente intrascendente. Por eso, si me perdona Jane Austen el préstamo y todos ustedes la petulancia de darme esa vaga y presuntuosa denominación, estoy encantado con la iniciativa de ForumClásico de abrirnos esta pequeña ventana al cibermundo melómano desde la que podremos confesar aquellas cosas que no acostumbramos a ver escritas en papel.
Porque, yo no sé ustedes, pero uno ya va teniendo demasiadas cosas que confesar como para seguir callándoselas y negarse a sí mismo la posibilidad de absolución. La primera, la que mi encogido corazón siente que debo comunicarles con más urgencia, es que, además de melómano, uno es coleccionista. Sí, señores: colecciono compulsivamente y estoy seguro de que ustedes, que me leen y que también serán coleccionistas de algo, sabrán comprenderme.
No sé si será porque, como dice Manuel Vicent, de esta manera uno alarga la vida o, al menos, no se suicida, ya que siempre te faltará algún objeto para completar la colección; tampoco sé en qué momento se fijó en mi personalidad este rasgo de coleccionista; sólo sé que lo soy y que en esto no estoy solo. ¿O es que acaso ustedes no coleccionan discos, por ejemplo? Un servidor hace ya tiempo que perdió la cuenta del número de versiones de Don Giovanni o La Traviataque tiene por ahí: unas pocas en estanterías en lugares más o menos preferentes; otras, por desgracia, en cajas amontonadas sin orden ni concierto –esto de “sin concierto” es otro pecado capital en un melómano– y las demás, vaya usted a saber dónde.
Pero no es este vicio –que, ingenuo de mí, creo tener bastante controlado– el que pretendo confesar, sino el último que se ha apoderado de mi persona: el de coleccionar manuscritos de músicos, intérpretes y, sobre todo, compositores. Reconozco que es aún más absurdo que el de los discos –que al fin y al cabo pueden escucharse y procuran un placer estético insustituible- pero estarán conmigo en que tiene lo que todo coleccionismo debe tener: es por definición inagotable, con lo cual, volviendo a Vicent, tengo la inmortalidad asegurada o, por lo menos, una esperanza de vida considerable; y desde el punto de vista cultural, es muy enriquecedor, pues la adquisición de un nuevo manuscrito suele llevar consigo una pequeña labor de investigación sobre el autor, las circunstancias que le rodearon y las que explican su contenido.
Tomemos por ejemplo uno de esos manuscritos que ha llenado mis últimos ratos de ocio con lecturas y comunicaciones interesantes: una carta autógrafa de Giacomo Puccini, escrita en su casa de Via Verdi, 4 Milán, el 4 de mayo de 1924; dice lo siguiente:
Querido Incagliati,
¿Podrías decirme quién es el secretario que escribe Las cosas secretas en el Giornale d’Italia? Te estaré agradecido si me lo escribes. Buen viaje de vuelta a Roma después de las jornadas neronianas. Yo regresaré a los pinos de Viareggio este fin de semana para dar el último toque a la Princesa Cruel.
Saludos (…) afectuosos,
Giacomo Puccini
Si ignoramos la mención de la Princesa Cruel, que emociona, pero no plantea ningún enigma, la comprensión del resto del mensaje resulta algo difícil: ¿a quién y de qué habla el maestro? Puccini se dirigía muy probablemente a Matteo Incagliati, notable crítico musical y colaborador del
Giornale d’Italia[1], desde donde se aplicaba en la defensa de la música de Puccini y la Giovane Scuola frente a los ataques de Fausto Torrefranca y compañía, para quienes la música del toscano no era lo suficientemente italiana ni lo suficientemente moderna. Lo hacía tres días después del estreno del
Nerone de Arrigo Boito en la Scala bajo la batuta de Arturo Toscanini. ¿Con qué finalidad? Es imposible saberlo con exactitud: pudo moverle una simple curiosidad, pero parece lógico pensar que Puccini había leído en su periódico algo (¿concerniente a él?) que quería precisar; tampoco sería descabellado pensar que quisiera ponerse en contacto con él para comentar alguna cuesitón a propósito del
Nerone, que, por lo que sabemos a partir de otra carta a su amiga Sybil Seligman, no le gustó excesivamente: no halló en la obra ninguna melodía memorable y aunque reconocía oficio en la partitura, todo le parecía ya visto y oído, hasta el punto de concluir que no era más que
“un viejo bien vestido y basta”… En fin, las posibilidades son múltiples.
La naturaleza del placer que uno puede sentir al leer un documento escrito por uno de los grandes y tener entre las manos un minúsculo trozo de la historia de la música del siglo XX es discutible: habrá quienes sólo vean lo que tiene de fetichista o trivial, pero convendrá usted conmigo en que, si bien se mira, es muy divertido imaginar las circunstancias que rodearon a esa carta o a cualquier otro documento y que, en este caso particular, sería interesante echar un vistazo a la hemeroteca y ver qué fue lo que escribió ese secretario antes y después de ese día que despertó la curiosidad del maestro. Dudo que tenga el tiempo y la ocasión de hacerlo, pero, mientras se presenta esa oportunidad, me gustaría creer que no soy el único que encuentra interesantes estas cosas y que, una vez confesada esta desviación mía, he merecido la comprensión del bondadoso lector.
[1] Como recuerda Alexandra Wilson en
The Puccini problem (Cambridge University Press, 2007), el
Giornale d’Italia era un diario nacionalista que, fundado en 1901 y cerrado en 1976, daba voz a la derecha conservadora, formada por la burguesía y aristocracia de Roma. Era el equivalente romano al
Corriere della sera y en la historia del periodismo, se le recuerda, entre otras cosas, por la calidad de su sección cultural de la tercera página, en la que era frecuente leer a Benedetto Croce y Gabriele d’Annunzio.
jueves, 13 de noviembre de 2008