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Hasta pronto Antonio

Francisco Villalba Talavera

Tras cinco años deja la gestión del Teatro Real Antonio Moral, pocas personas habrán desempeñado un cargo con más entusiasmo, entrega, dedicación y pocos podrán hacer gala de haber conseguido temporadas de ópera tan equilibradas y novedosas, evitando excesos pero sin dejarse llevar por la monotonía en busca del éxito fácil. Ha habido de todo y para todos los gustos. Resurrecciones de óperas españolas tales como La conquista di Granata de Arrieta, Elena e Costantino de  Carnicer, y dentro de la Martín y Soler Rennaissance, tres títulos Il tutore burlato, Il  burbero di buon cuore y L'arbore di Diana. Se han estrenado tres obras de compositores españoles Dulcinea de Sotelo, El viaje a Simorgh de José María Sánchez Verdú y Faust bal de Leonardo Balada. Además se ha ofrecido obras conocidas del repertorio nacional servidas con gran dignidad La Dolores de Tomás Bretón y Luisa Fernanda de Moreno Torroba con un reparto de lujo encabezado por Plácido Domingo.

Händel, un músico hoy imprescindible en los escenarios de cualquier teatro de ópera que se precie y que en la actualidad cuenta con un numeroso grupo de seguidores por fin ha tomado carta de naturaleza en elTteatro Real con representaciones de Tamerlano, una vez más con la participación de Plácido Domingo e Il trionfo del Tempo e del Disinganno, y en versión de concierto Ariodante, Teodora y Agrippina.

De Vivaldi hemos escuchado en versión también de concierto su maravilloso Bajazet.

El ciclo dedicado a ese gigante que era Monterverdi con sus tres óperas señeras L’Orfeo, Il ritorno d’Ulisse in Patria y L’incoranazione di Poppea ha estado servido de forma inmejorable en lo musical por William Christie y más irregular en lo teatral por Pizzi.

Mención aparte merece también el ciclo Janaceck con representaciones de Desde la casa de los muertos, El caso Makropulos, Katia Kabanova, en la extraordinaria e inolvidable puesta en escena de Robert Carssen,  maganífica dirección musical de  Jiri Belohlavek, con una Mattila en estado de gracia y esta temporada una estupenda Jenufa.

Del repertorio ruso hemos podido escuchar esa cumbre, imprescindible y grandiosa de la música que es  Boris Godunov de Mussorgski, tres creaciones de Strawinski The Rake’s Porgress y Le Rossignol y el Oedipe  en concierto, dos de Prokofiev El amor de las Tres Naranjas y también en concierto con las huestes del Mariinski a las órdenes de Gergiev la infrecuente Semyon Kotko, que solamente por escuchar su extraordinario tercer acto merece ser resucitada.

Britten ha estado presente en dos ocasiones con el Sueño de una noche de verano y La violación de Lucrecia.

El repertorio francés ha contado con dos obras en concierto Cléopâtre de Massenet para lucimiento de nuestra última y más grande diva del canto, Montserrat Caballé, y La damnation de Faust de Berlioz y otras dos representadas Los cuentros de Hoffmann de Offenbach y el estreno en Madrid de esa maravilla que es Dialogues des Carmélites de Poulenc cuya dirección escénica de Robert Carssen quedará inscrita entre los momentos más escalofriantes desde la inauguración del teatro.

De Rossini hemos disfrutado La pietra del paragone, Tancredi en  sus  versiones versiónes de Venecia y Ferrara, Il Barbiere con un impagable Juan Diego Flórez como Almaviva y una, esta si, mediocre, Italiana en Argel.

De Mozart hemos escuchado: La Flauta Mágica, Don Giovanni, El Rapto en el Serrallo, un sensacional Idomeneo, unas no menos sensacionales Bodas de Fígaro y una muy decente Clemenza de Tito.

De Richard Strauss a pesar del estigma que parece marcarle ahora para parte de un sector de la crítica y del público, aunque para mi sea uno de los compositores de presencia obligada en cualquier temporada de ópera, la sublime Frau ohne Schatten divinamente servida,  a pesar de que nunca pensé que un teatro español tuviese la capacidad de hacerle los debidos honores dada su dificultaf orquestal y canora,  Ariadne auf Naxos, Salomé esta temporada en la rompedora puesta en escena de Carssen y en versión de concierto la infrecuentisima Ägyptische Helena.

El belcanto,  aun no siendo plato del gusto de Antonio,  también ha estado presente en sus temporadas con dos Donizetti, L’elisir d’amore y Don Pasquale, la verdad ambas servidas sin mucho brillo. Dos Bellini en versión de concierto sin embargo han honrado a su compositor con todo lujo vocal, I Puritani con Juan Diego Florez y Norma, ausente de nuestros escenarios desde 1978, con unas impagables Violeta Urmana en el papel protagonista y Sonia Ganassi en el de Adalgisa.

Ricardo Wagner ha disfrutado, e excepción del ultimo Holandés, de unas representaciones de altísima calidad con repartos espectaculares  de Tanhäuser,  Lohengrin, Tristan e Isolda, en estas dos últimas hemos podido disfrutar de la mas grande wagneriana de nuestro tiempos Waltraud Meier una fiera escénica capaz de devorar una representación con su simple presencia, pero contando todas ellas con lo más granado de cantantes wagnerianos de nuestros días.

El otro grande del siglo XIX,  Giuseppe Verdi ha estado presente con mucha menos surte que Wagner, cosa que por otra parte ocurre en todos los teatros del mundo, con Don Carlo, Luisa Miller, Macbeth, Rigoletto, La traviata, Il trovatore, Ballo in Maschera, la representación con mejores resultados de este apartado y este año con Simón Boccanegra cuyo mayor aliciente es poder escuchar el papel protagonista a Placido Domingo.

Puccini ha sido el gran ausente con solamente La Boheme y Madama Butterfly.

El verismo ha sido otro apartado escaso (yo diría que gracias Dios), pero hay mucha gente que le gusta y eso hay que tenerlo en cuenta. Andrea Chenier esta temporada ha sido un desastre pero la Gioconda  y Cavalleria/Pagliacci fueron muy notables y tuvimos tanto en la primera como en Cavalleria la surte de escuchar a la única soprano de nuestro días digna de encarnar a sus protagonistas Violeta Urmana.

Alban Berg,  ese genio aún rechazado por algunos,  ha estado, como debe ser, presente con sus dos obras cumbres la conmovedora Wozzeck y la inquietante Lulu.

Del repertorio menos frecuente de la ópera alemana hemos escuchado L’Upupa de Henze, el interesantisimo y bellisimo Wozzeck de Gurlit, el Orpheus und Eurydike de Krenek  y la Ciudad muerta de Korngold. 

De Beethoven hemos podido escuchar en concierto su primera versión de Fidelio, Leonora, y por fin, lo he dejado para el final,  un Fidelio dirigido por Claudio Abbado inenarrable. ¿Cuantos teatros del mundo pueden tener a gala haber contado con el supremo director milanés dirigiendo una ópera? Contadísimos y eso lo hemos podido disfrutar en el Real que en sus trece años de vida atesora el haber contado con un Wagner de primera especial con Barenboim y  Fidelio primero con el mismo Barenboim y posteriormente con Abbado de verdadera antología. Todo esto a pesar de que algunos siguen considerando al Teatro Real uno más del montón.

Parece que los lunares de la institución siempre han sido la orquesta y el coro y quizá lo son,  pero lograr una orquesta y coros como los del Palau de les Arts de Valencia requiere en primer lugar una selección de sus integrantes tan escrupulosa como fue esta y con el coro tres cuartos de lo mismo. El Real comenzó a funcionar a trompicones y ha ido asentándose paso a paso, sometido en sus avatares a los caprichos de  sucesivos grupos de poder de distinta condición que lo han considerado su “finca” y lo han amoldado a su gustos y conveniencias sin respetar lo que se había construido mostrando una absoluta falta de respeto por lo salvable de anteriores administraciones.  Esto, unido a la falta de un director musical fijo de la categoría de un Mehta o de un Maazel es la causa de que hoy en día estemos a años luz del coliseo valenciano, pero aún así por encima de otros teatros de mucha más tradición del país. Lo mismo se puede aplicar al coro a cuyo actual director Peter Burian no se le ha dado la oportunidad de demostrar lo que podía hacer con él y al que además se le ha privado del conjunto estable habitual para sustituirlo por el coro Itermezzo que apunta maneras pero al que aún le faltan horas de vuelo para consolidase.

En resumen la gestión de Antonio Moral ha sido meritoria,  atenta a todos los gustos y públicos y logrando en muchas ocasiones resultados más que notables, cosa que no ocurre en todos los teatros del orbe. Creo que si se le  hubiese incentivado a  continuar más tiempo al frente de la institución habría conseguido colocarlo en el lugar que ahora parece que va a ocupar merced a los tan cacareados “milagros” de la que será su nueva administración.

Querido Antonio, hasta siempre. Estoy seguro de que te recordaremos.

jueves, 01 de julio de 2010
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