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En el centenario de Chopin

Angel Carrascosa Almazán

Discografía de la Primera Balada

Compuesta en 1835, esta primera de las 4 Baladas de Chopin está inspirada en el poema “Konrad Wallenrod” de Adam Mickiewicz, amigo del compositor.

Descrita con acierto por el reconocido musicólogo James Huneker “odisea del alma de Chopin”, es comprensiblemente una de las partituras favoritas de su autor, tanto de los públicos como de los intépretes, que tienen en ella motivo sobrado de lucimiento, tanto de su técnica como de su arte.

De la Balada en Sol menor existen más de medio centenar de grabaciones; nos vamos a centrar en las que consideramos más accesibles y relevantes.

La grabación más antigua es probablemente la del gran pianista francés Alfred Cortot, uno de los pioneros junto a Sergei Rachmaninov de la interpretación llamémosle “moderna” de Chopin; aquélla no he podido localizarla, y este último, el gran compositor ruso, no la grabó (sólo dejó como legado chopiniano poco más de una hora de música).

Ya en la era del microsurco nos encontramos con una sorprendente versión, a cargo del norteamericano Byron Janis, nacido en 1928, y que ya en 1952, o sea a los 24 años, graba para RCA una lenta, solemne, poderosa y apasionada interpretación -en principio atípica para un pianista mayormente virtuosista, como suele ser Janis- que sólo resulta un tanto exhibicionista en la coda conclusiva.

Un año después, en 1953, se lleva al disco una importantísima versión, seguramente la mejor hasta el momento; y todavía hoy, más de medio siglo después, difícilmente alcanzada: es la primera de las dos grabaciones realizadas por Claudio Arrau, uno de los gigantes del pianismo del siglo XX, como es bien sabido. La toma, para la Decca americana, muestra a un genio de la interpretación en toda su dimensión: de entrada nos admira el bellísimo sonido, y cómo la música respira y canta con una naturalidad y lógica pasmosas, algo que podría parecer fácil pero que es todo lo contrario. Cada nota tiene un valor y un sentido, no hay ejecución más alejada que ésta de lo mecánico.

La cantabilidad es excelsa, y el juego tensión-distensión es asombroso, gracias en buena parte a un empleo sensacional del rubato. El turbulento final, “Presto con fuoco” (Muy rápido y fogoso), está admirablemente controlado y, pese a que el mecanismo del pianista chileno es formidable, no hay la menor exhibición gratuita, algo que aquí es una tentación en la que por desgracia se cae muy frecuentemente.

El año 1955 aporta sendas grabaciones de dos pianistas importantes: una para Decca del vienés Friedrich Gulda a sus 25 años (intérprete, dicho sea de paso, más cabal y fiable por lo general en su juventud que en su madurez) bastante dramática, personal e interesante; y otra, atropellada y decepcionante, del francés Samson-François, para EMI.

De 1959 data la grabación (RCA) del gran Artur Rubinstein, no sólo uno de los mayores pianistas de su siglo, sino una reconocida autoridad en particular en Chopin, que ya en los años 30 había registrado un ciclo de Nocturnos considerado piedra miliar en la historia de la interpretación chopiniana.

Él fue uno de los primeros que rompió con la imagen salonesca, decorativa, banal, incluso feminoide y cursi, de Chopin, que nunca más será visto así gracias a un escaso pelotón de pianistas renovadores.

Esto se aprecia a la perfección y desde el comienzo mismo en esta grabación, robusta y viril, al tiempo que poética y maravillosamente cantada, atravesada también por intensas turbulencias y secciones hondamente introspectivas. Empleo magistral, como es lo habitual en él, del rubato. La coda, más que brillante, es poderosa y dramática. Una interpretación sin duda memorable.

De hacia 1960 (no he logrado precisar la fecha) es la espléndida versión (para EMI) del también polaco y también especialmente apreciado en Chopin Witold Malcuzynski: una visión potente y rotunda, más rebelde y dramática que reflexiva, de una sonoridad casi brahmsiana.

Justamente de 1960 es la grabada en público por el gran pianista ucranio Sviatoslav Richter y publicada por el sello Praga; aunque no es quizá Chopin el compositor en el que más sobresale Richter, lamento no haber podido localizar esta versión.

1965 añadió a la lista las grabaciones de dos de los pianistas míticos de su siglo, ambos rusos, Emil Gilels y Vladimir Horowitz, y ambas tocadas en público. La del primero, publicada por Melodiya, es una concepción en extremo apasionada, hasta una cierta pérdida del control, con una coda endemoniadamente veloz y arriesgada; la del segundo es, curiosamente, más sosegada, si bien su sonido, algo en exceso percutivo y seco, no es quizá el más idóneo. Tampoco se libra, sobre todo al final, del efectismo.

Cinco años después, en 1970, nos encontramos con savia nueva de la mano del entonces joven (28 años) Maurizio Pollini. En este registro, de EMI (antes de que pasase a ser artista exclusivo de D.G.), el milanés muestra ya su bien conocida sobriedad, su rigor y seriedad inatacables; no obstante, su paleta sonora no es aún lo suficientemente rica y también desliza algún cambio brusco de tempo entre secciones, no debidamente motivado. El rubato, que en esta página es un arma fundamental, es quizá en exceso contenido, casi inexistente. En todo caso, sin duda una gran versión.

En 1972 D.G. lleva al disco la propuesta del gigantesco pianista de Brescia Arturo Benedetti Michelangeli: de extrema delicadeza y depuración sonora que no cae jamás en el puro hedonismo, de una riqueza tímbrica excepcional (lo contrario que la anterior), sólo pueden achacársele ciertos apresuramientos en los pasajes más veloces, que rebajan un tanto la tensión.

En 1978 graba Claudio Arrau de nuevo la Balada No. 1, ahora para la compañía fonográfica de sus últimos lustros de vida, Philips. Absolutamente magistral y admirable como la de 25 años atrás, es -salvo en ciertos detalles- bastante similar a la precedente, por lo que el mérito histórico de aquélla es superior.

Decca no precisa, es curioso, la fecha de grabación de la versión de Vladimir Ashkenazy, una de las interpretaciones estelares de entre todas las que existen en disco. Pero debe de proceder de comienzos de los años 80 (es la primera grabación digital). El pianista y director de Gorki, uno de los poquísimos que han grabado la Obra completa de Chopin (y desde luego el que mejor globalmente), ofrece una interpretación en conjunto muy reposada -sobre todo en su introducción-, severa, honda e introspectiva, paladeada en cada una de sus notas y dotada de significado, maravillosamente tocada y sonada, y de una suficiencia técnica insultante. Es una de las propuestas de más acusado contraste: pese a su casi constante tensión y amargura, alguno de sus pasajes es claramente “escapista” (lo que constituye una notable originalidad), pero esta huida de la angustiosa realidad dura muy poco: el final es decididamente trágico, sombrío y arrebatador.

1985 alumbra, en el sello EMI, la grabación de uno de los astros del piano por esos años, el moscovita Andrei Gavrilov. Pero su logro no está al nivel de otras ocasiones, pues la introspección del comienzo dura poco, cayendo en cierto descontrol emocional y, en el “Presto con fuoco”, en ese estéril y vacuo exhibicionismo al que la pieza puede prestarse.

Según el orden cronológico, la siguiente versión escogida es la de Krystian Zimerman, para varios comentaristas la más extraordinaria de toda la discografía. Publicada en 1988 por D. G., denota ya desde su comienzo una concepción adusta, que nos muestra a un Chopin introspectivo y atormentado; apenas hay concesiones, el mismo sonido tiende a ser duro y casi agresivo. El Chopin amable está casi ausente; todo lo más hay búsqueda de consuelo, pero vana y con recaída inmediata en la desesperación. Estamos ante un pianista genial en posesión de todos sus medios, entre ellos una técnica demoníaca, de pulsación asombrosamente nítida, que logra una tensión avasalladora. Pero que nunca pierde el control cerebral, sin que ello merme en absoluto la pasión y la emotividad (ésta nunca es dulce, no ya dulzona). No da tregua, y llega a la conclusión dejando al oyente sin respiración.

Cuatro años después, en 1992, graba esta Balada la pianista turca Idil Biret, nacida en Ankara, dentro de su muy meritoria integral de la obra pianística de Chopin para el sello Naxos, una poderosa versión, de densidad casi brahmsiana, que ocasionalmente suena un tanto marcial.

Otras veces tan adusto y agresivo como lo ha sido Zimerman en la última versión escuchada, sin embargo en ésta Evgeny Kissin no propone una visión tan extrema o unilateral, sino que logra casi diríamos superponer estados de ánimo contrapuestos: hay en su versión, RCA de 1999, así mismo una tensión extrema, conseguida en parte mediante un empleo abundante y portentoso del rubato (llegando en un par de instantes al límite de riesgo que linda con el exceso), pero hay también una nobleza interior y un como anhelo de felicidad -imposible, sin duda- que convierten su interpretación en seguramente la más poliédrica y emocionalmente rica de cuantas existen. Si parecía que Arrau, Rubinstein, Ashkenazy y Zimerman habían dicho todo cuanto podía decirse sobre esta genial partitura, descubrimos con asombro que un genio musical y del teclado como el moscovita Kissin aún tiene un considerable margen de aportación.

Los retos técnicos, verdaderamente tremendos, de esta partitura, no es que sean superados con comodidad, es que parecen no existir para Kissin.

Lista de las principales grabaciones
 
1929   Cortot  Biddulph 
1952   B. Janis  RCA   9’22” 
1953   Arrau  Decca America    9’17”
1955   Gulda  Decca   7’52”
1955   Samson-François  EMI   7’35”
1959   Rubinstein  RCA   9’16”
1960   S. Richter  Praga   
196…   Malcuzynski  EMI   8’50”
1965   Gilels  Melodiya   8’12”
1965   Horowitz  CBS   8’36”
1970   Pollini  EMI   8’56”
1972   Michelangeli  DG   9’12”
1978   Arrau  Philips   9’14”
h.1980 Ashkenazy  Decca   9’47”
1985   Gavrilov  EMI   8’55”
1988   Zimerman  DG   9’33”
1992   Biret  Naxos   9’55”
1994   Perahia  Sony
1999   Kissin  RCA   9’52”
jueves, 01 de julio de 2010
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