Jorge Binaghi
Es uno de los lugares más ‘prestigiosos’ de París. A unos minutos andando –siempre un placer en esa ciudad, no importa la estación o el clima- de la Opéra Bastille. Hace poco, antes de una función que no resultó mala, tuve tiempo de dar una vuelta. Y entendí por qué París tiene la fama que tiene, bien ganada pese a esnobismos y veleidades políticas, en el mundo de la cultura. Más importante que la buena representación que me aguardaba, mucho más que cualquier megaconcierto o recital –grabado o en vivo- de esos que se dicen que se hacen para difundir la música clásica y más concretamente la ópera (y llenar arcas de paso), en un atardecer bastante frío aunque apacible el bullicio turístico bajaba de golpe. Se oía música, así que, escéptico, apresuré el paso a ver de qué se trataba. Un tenor, claramente no demasiado joven pero entusiasta, cantaba la ‘Invitation au voyage’ de Duparc. Como si fuera ‘O sole mio’ para la gente que escuchaba o se apresuraba como yo (sin preconceptos como el mío) y permanecía en silencio a escuchar ‘luxe, calme et volupté’.
Ciertamente hay versiones mucho mejores que esa, pero la naturalidad y la emoción de público y artista eran increíbles (más increíble aún, una madre riñó a un niño que intentaba corretear y hablar en voz alta). Cuando llegó el final y el aplauso, el tenor cedió su lugar a su compañera (al parecer, a todos los efectos) que emprendió una trabajosa pero iluminadora versión de ‘Ah, non credea mirarti’ de La sonnambula. Y más gente aún se reunió, y Bellini volvió a reinar en París como en su mejor momento gracias a una humilde y desconocida soprano callejera. Los euros que haya(n) recogido son más que merecidos porque ellos sí que, aparte de ganarse el pan o el café, pudieron con el frío, el turismo de masas, la frivolidad, el ruido de un sábado al atardecer y, a su modo, ‘enseñaron’.
martes, 01 de junio de 2010