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Disensiones entre crítica y público y el recorte de presupuestos en los Teatros de ópera.

Francisco Villalba Talavera

Es evidente que en muchas ocasiones crítica y público van por caminos divergentes en la apreciación de todo tipo de espectáculo, pero donde quizá ese distanciamiento se agudiza a extremos es en el mundo de la ópera. Este año hemos tenido una muestra evidente en el Teatro Real de Madrid y ha sido con dos obras muy diferentes y de dispar calado musical y artístico. Estas óperas han sido Lulu de Alban Berg y Andrea Chénier de Giordano. A Lulu la considero una obra maestra, casi absoluta, aunque para mí le sobre el añadido de Cerha. Pues bien, la reacción del la crítica ha sido en general adversa a la puesta en escena de esta obra, pero ni un miembro de este sector ha puesto en tela de juicio su calidad artística. Muy contraria ha sido la reacción del público que abandonaba el teatro masivamente en cada representación y esto no ocurre exclusivamente en Madrid; cuando se estrenó esta misma ópera, no recuerdo en que año, en la Wiener Staatsoper, al concluir la primera representación en el patio de butacas permanecieron dos docenas de aficionados. En el polo opuesto se encuentra el caso de Andrea Chénier, obra si no denostada sí contemplada por encima del hombro incluso por mí, pero que el público ha acogido con verdadero entusiasmo y que no ha dudado en llenar el teatro hasta la bandera a pesar de que los repartos vocales no han estado a la altura de las circunstancias.

Mi pregunta después de esta introducción es ¿Cuáles son los criterios que deben asumir los teatros a la hora de decidir sus programaciones, los de la crítica o los del público? Es una pregunta que siempre se plantea y que rara vez logra una respuesta adecuada. En la actualidad la respuesta se complica debido a los recortes presupuestarios que sufren estas instituciones en casi todo el orbe, a excepción de Estados Unidos donde parece que aún la situación no es tan crítica. En el pasado, cuando se gozaba de una boyante y por lo visto falsa prosperidad económica, los teatros podían permitirse el lujo de asumir proyectos arriesgados para ampliar repertorio y con una necesaria función educativa, pero hoy en día esto resulta muy peligroso porque una entidad de esas características es un negocio y los negocios al final se mantienen por una buena cuenta de resultados, si hay beneficio el negocio se mantiene, si no es así se va al traste. Efectivamente los abonados son una apuesta segura, pero puede ocurrir que los abonados abandonen sus abonos y que las funciones libres se vean diezmadas por tantos aficionados y curiosos que lo que quieren es repertorio puro y duro. Existe, como siempre, un choque entre la función meramente artística de estas entidades y sus necesidades monetarias. Y creo, por mucho que me duela, que no están los tiempos para aventuras; lo que deben hacer los teatros por el medio que sea es llenarse sin que esto suponga estancarse ni renunciar a nuevas ideas y atrayendo nuevos públicos, porque de no ser así el espectáculo más grande el mundo se extinguirá en un proceso similar al de los dinosaurios. Porque este es el gran reto al que se enfrentan todos los teatros de ópera hoy en día, el de la subsistencia.

jueves, 01 de abril de 2010
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