¡Desde que te compraron el trombón, no hay quien te aguante! Todo el día de acá para allá con la fanfarria eterna. Entiendo que te haga ilusión, pero la convivencia es hermana del respeto. Especialmente en lo referente al vecindario. ¿Comprendes lo que te digo? Verás: la Música.... la Música es un don, un regalo, un diamante que sólo unos pocos han recibido. Y de entre éstos, aun menos tienen el privilegio de saber pulir sin hacerlo añicos. En cierto sentido es como algo infinito, un límite irreal que uno de cada mil vivientes acierta a comprender, mientras el resto se dedica a mirar a un lado y a otro buscando respuestas a preguntas que apenas saben formular. Preguntas como ¿por qué me siento triste hoy?, o ¿a qué verano de mi infancia me gustaría volver? Hay quien lo siente como una populosa torrentera de sentidos llanos, un flujo de susurros sin mordaza que nos instalan en el mejor palco desde el que mirar el mundo. Yo lo veo más como un pájaro de alas huecas, habitadas por un manantial de almas serenas y tranquilas. Por eso algunos músicos están locos, ¿entiendes? Digo locos como quien dice ausentes. No participan de la realidad. Porque tienen el antídoto para curarse de ella. De sus males. Hacen música porque así esquivan la muerte. La eluden un poco, más que el resto. Si recuerdas a aquel hombre de la calle Ramales -¿lo recuerdas?-. Tocaba la guitarra y cantaba frases parecidas a los vientos. La gente lo miraba, lo escuchaba, para después seguir con su vida, sin darse cuenta que esa música les había cambiado, que ya no serían los mismos. Pues bien, aquel hombre, el de la guitarra digo, vivió mucho, mucho más que el abuelo Alberto, el tornero, o más que el padre Sontálvez, el que marchó a Honduras y volvió con el corazón envuelto en llamas. Pues el guitarrista ése vivió ochenta o cien años. Por lo menos. Así, sin dejar de toser, bailando agarrados con la enfermedad, adiestrando las arañas del envejecimiento, rozando la llamada de la caverna. Y riendo. Y la gente, cuando pasaba por los soportales, otrora cajas de resonancia de su sentir, se detenían disimuladamente en los escaparates, como interesados en las ofertas y las gangas. Pero yo sabía que lo hacían para buscar su voz desaparecida entre los arcos. Porque la echaban de menos. Y sé que caminaban luego hasta un lugar sin tránsito, bajo el puente, o en la senda de los olivares, y lloraban. Lo sé porque los vi. Ahí, sentados, como niños asustados por el mar rompiendo en el litoral dentado. Era como ver espectros atrapados en un museo de cera. Sabrás que lo cerraron ¿no? El museo digo. El dueño se largó con la chica de la taquilla y se terminó. Abajo el telón. Nunca más. Dicen que se fue a Rusia (ella debía ser de por allí). Una pena de local, tan hermoso. Sin vigilar la temperatura en dos años, las figuras se deformaron como una orquesta de muecas. Como un corro de muñecas dormidas por el sol. Cuando entraron los del Ayuntamiento para rehabilitar el edificio dijeron que daba miedo mirarlas, dobladas, torcidas, derretidas por la indiferencia de las mariposas. Debió ser eso... poco antes de Pascua. Justo cuando te dieron el trombón. Ahí fue. Sí. Y tú, venga, a trombonazo limpio ¿te acuerdas? Día y noche, ¡para-bampam-tan-tararantan...! Un no parar. Por eso te decía lo del respeto. El trombón está bien pero
- Mamá
- ....es para tocarlo en el campo o cuando
- ¡Mamá!
- ¿Eh?
- No es un trombón. Es un clarinete ¿recuerdas?
- ¿Un qué?
- Debo irme ya mamá. Hace un momento ha entrado la enfermera para decirme
que es la hora. Os van a dar ya la cena. El domingo vuelvo, como siempre.
- ¿El domingo?
- Haz lo que te digan ¿de acuerdo?, y tómate las medicinas que te traigan. Es por tu
bien. Venga, dame un beso.... Acuérdate de abrigarte cuando salgáis al jardín que
aunque haga sol los días están fríos, ¿me oyes? Hasta la semana que viene.
Cuídate mamá.