Francisco Villalba Talavera
Todos tenemos que agradecer a las grabaciones discográficas, sobre todo en nuestro país, donde a excepción del Liceo de Barcelona, no hemos tenido la posibilidad de escuchar ópera con regularidad, el haber conocido el repertorio gracias a este medio.
Los más viejos crecimos con el Mozart y el Richard Strauss de Böhm, con los Wagner de Furwängler, Kna y Klemens Kraus, los Verdi de De Sabata y tanto otros geniales directores como Guilini, Karajan, Kleiber, Bernstein. Las voces que entonces nos enloquecían y en muchos casos aún lo hacen eran Schwarzkopff, Christa Ludwig, Windgassen, Ramón Vinay, Nilsson, Callas, Zinka Milanow, Cerquetti, Eleanor Steber, Flagstad, Varnay, Mödl, Greindl, Victoria de los Ängeles, Del Monaco, Corelli, Bastianini, Kraus, Hotter, en fin, una serie de cantantes irrepetibles y grandiosos. Pero esto tuvo también sus desventajas y es que cuando acudíamos a una representación la realidad, excepto en contadísimas ocasiones en otros pagos y nunca en este país, era una sombra de lo que habíamos disfrutado en la grabación. Sí, escuchábamos ocasionalmente a algún divo, pero los directores de orquesta nunca eran otra cosa que practicones y nuestras orquestas y coros eran de una insuficiencia notoria. La realidad era muy otra de aquella a que nuestros oídos estaban habituados con el subsiguiente desencanto y las reacciones más virulentas en contra de lo que se nos ofrecía.
Empecé a viajar y me di cuenta que en los grandes teatros de Europa y frente a lo que se pensaba aquí, no todo el monte era orégano y solamente en contadísimas ocasiones en ellos se asistía a representaciones similares a las del disco, con una peculiaridad: que el público de esos teatros era mucho menos airado en sus reacciones que el nuestro, con las excepciones del de la Scala de Milán y el Regio de Parma; pero esto fue hace muchos años. Me pregunté entonces que cual era la razón de que espectadores mucho más acostumbrados que nosotros al hecho operístico fueran mucho más tolerantes. Y creo que la razón era y es evidente, un escenario no es un estudio de grabación, en el escenario las pifias no se pueden remediar, en los estudios sí.
Aquellos públicos que me parecían tan complacientes eran habituales de la realidad teatral de la ópera, nosotros estábamos deformados, entonces por el vinilo y hoy por el CD y la realidad, aún siendo mil veces más gratificante, al menos para mí, que las mejores grabaciones discográficas, siempre o casi siempre adolecen de lagunas de las que carecen estas. Y todo esto en los tiempos en los que las posibilidades de trucar una grabación eran mucho más limitadas que en la actualidad. Siempre se hablaba entonces de que en el monumental e irrepetible Tristan und Isolde de Furtwängler, a Flagstad, ya en su decadencia, le había prestado los agudos Elisabeth Schwarzkopf....
Hoy la cosa ha empeorado ya que según creo una ópera se puede grabar de una forma un tanto extraña tal como que hagan a cada uno de los interpretes cantar sus partes en diferentes lugares y después las ensamblen con ayuda del director musical. Sin llegar a estos extremos ya que hoy el DVD esto, creo, que no lo permite, los ingenieros de sonido son capaces de convertir un cantante en estrella merced a sus habilidades y ¿cuales son las consecuencias de todo esto? Que excepto en rarísimas excepciones cuando dichas “estrellas” aparecen en un escenario no son más que eso, un producto de la ingeniería acústica para decepción del aficionado que esperaba encontrarse con algo que no es en realidad. Y entonces viene la eterna cantinela del aficionado, ya no hay cantantes, cualquier tiempo pasado fue mejor; vamos, lo de siempre con el peligro de que cantantes y directores que no están dentro del circuito publicitario, algunos estupendos, quedan relegados, mientras que los que sí lo están son sobrevalorados a extremos que yo calificaría en ocasiones de indecentes.
La otra cara de la medalla son otros intérpretes famosos y conocidísimos a los que el disco no ha hecho justicia, cito entre ellos nada más y nada menos a la Nilsson, este monstruo sagrado no es ni sombra de lo que fue en las grabaciones. Solamente la he escuchado en una ocasión en la Tintorera de la “Mujer sin sombra” de Richard Strauss y puedo asegurar que en el teatro, escuchándola en directo era algo inenarrable, su voz era de tal potencia, su línea de canto tan depurada, que no había posibilidad de análisis, era una ola gigantesca que te sumergía en un océano de canto irrepetible muy lejano a la tantas veces comentada frialdad de sus grabaciones. En fin, que el CD bien, pero para juzgar, el directo y nada más, aún así sea bien venido para ampliar repertorio.
lunes, 01 de marzo de 2010