Raul Mallavibarrena
Era de esos que lleva playeras con pantalones de pinzas. Con esto lo digo todo. En dos o tres páginas de galdosiana descripción no creo que retratara mejor a aquel tipo. Deportivas blancas con bandas oblicuas, apenas ocultas por dos perneras de monótono color crema, propuesta incesante de la típica tienda de barrio, situada entre el estanco y la pollería, con un escaparate mal iluminado en el que se exhiben un albornoz, batas de ama de casa, camisas anti-glamour y un pijama de otros tiempos, entre un enjambre de números negros sobre cartulinas amarillas gritando su precio en oferta. Así era. No tendría los veinte. Sin gafas, dejando al descubierto sus pequeños y apretados ojos negros. El flequillo se descolgaba en paralelo con las cejas, como si el pelo estuviera gastándole una broma siempre, u homenajeando una triste posguerra en sepia. En lo referente a su rostro, irremediablemente provocaba la cruel envestida de los espejos, estado que parecía sobrellevar sin complejo alguno. Un poema. Y allí estaba, sentado, solo, leyendo el Marca sin mostrar debilidad, como quien aguarda la llegada del autobús. El silencioso bullicio de un pasillo en la antesala de un examen de conservatorio es único e indescriptible. Cuanto más en una prueba como ésta, donde los aspirantes pretenden ingresar en uno de los centros más prestigiosos del país. Sin embargo, en los quince años que llevo como catedrático entre estos solemnes muros nunca he visto talento de verdad. Harto estaba de asombrarme con las destrezas de jóvenes sacrificados a las musas desde su infancia, para tocar con aparente soltura a Scarlatti, a Brahms, o a Beethoven, viendo sus dedos recorrer el teclado como vi los míos durante miles de horas, enclaustrado frente al piano, haciendo escalas y tocando estudios para disciplinar los meñiques, despertar la torpe mano izquierda o afrontar las octavas en fortissimo sin ralentizar el tempo. Mis alumnos tocan todos admirablemente y la mayoría ya están en activo, enseñando, acompañando cantantes u ofreciendo recitales de no poca importancia. Con ellos puedo hablar de fraseos sutiles, de intenciones soterradas, del ataque y el sonido, de los silencios y su valor expresivo. Atrás quedó la resolución de los aspectos técnicos, que debieron ser superados para poder asistir a mis clases. Pero ninguno comprende casi nada de lo que le digo. Son buenos músicos pero nada más. Igual que yo. Servimos a la Música pero no la engrandecemos. Como tantos charlatanes, buhoneros de la abstracción, sé entender la profundidad de la creación artística y reflexionar sobre ella, también situarla en un audaz eje de coordenadas estéticas y sociales, pero soy incapaz de traducirla a una realidad tangible. De convertir el sonido en magia. De volver irrepetible el tiempo que me dedica un oyente. Eso es el talento. Y nunca lo tuve ni lo sentí de cerca. Hasta aquella tarde.
Cinco eran los candidatos (tres chicas y dos chicos) para repartirse las dos únicas plazas que podíamos asumir en el nuevo curso. Salvo el solitario de las deportivas, el resto había venido con su familia. Se trataba de un día muy importante y sentirse acompañado puede ser para muchos un requisito indispensable. A cada uno se le asignó un aula, con un Steinway de gran cola idéntico al de la sala del examen, para recapitular sus logros, “hacer dedos” y, tal vez, rezar. Tal y como reflejaban las bases de la prueba, todos debían tocar la Fuga en sol menor del Segundo Libro del Clave bien Temperado de Bach y una sonata clásica. Después disponían de diez minutos para mostrarnos una pieza de su elección, siempre que fuera de Chopin, Liszt o Debussy. Es ése un momento extraño, de tensa incertidumbre. Suelo pasearme por el pasillo fingiendo rutina funcionarial, consultando los paneles y las convocatorias, mientras observo el rostro de los padres orgullosos, derretidos ahora por el nerviosismo inoculado por un nuevo umbral, puede que prometedor. De las aulas brota tenue un abigarrado collage de arpegios diabólicos, escalas cromáticas centelleantes y pasajes sueltos de su inminente recital ante un tribunal de viejos profesores que, un año más, me tocaba presidir. Cuando advertí que de una de las puertas no provenía sonido alguno pedí a un bedel que mirase dentro por si el alumno tenía algún problema. Está sentado en una silla leyendo, tiene el piano cerrado -me dijo. Bueno –pensé-, uno al que no le afecta la presión.
A las cinco en punto comenzó el examen y, como siempre, el nivel estaba siempre siendo parejo y muy valorable. El último en actuar fue el chico del periódico. Venía sin partitura alguna. Parecía un polizón inconsciente, un espontáneo, un curioso que pasaba por allí sin saber dónde se estaba metiendo. Durante un instante me lo imaginé comiendo con torpeza un helado de cucurucho, con la boca manchada de chocolate y poniendo sus dedos pringosos en el mejor piano de la escuela. Pero su nombre aparecía en la lista y era el mismo de su carné: Andrés Cancimance Morán: natural de Venialbo (provincia de Zamora). Todo en regla. Puede empezar cuando quiera -sentencié por quinta y última vez esa tarde. Se sentó sin ninguna solemnidad. Cerró los ojos un instante. Y entonces: se hizo la luz. Tocó a Bach como nunca antes había escuchado, con un latido incesante y rejuvenecedor. Cada voz hablaba sola, sabiendo ceder el paso en cada enunciado del sujeto. No usó el pedal de expresión ni una vez pero su legato era tan preciso que la sonoridad expansiva conquistó hasta el último átomo del aire. Luego tocó a Mozart, la sonata K 332, y en el Adagio mis ojos se humedecieron. No quería que terminase. Su fraseo era elegante pero sin ostentación, sereno y comunicativo, impecable, emotivo, subyugante. Aquel joven de aspecto deplorable nos estaba hablando sin despegar los labios. Cada nota tenía la duración justa. Tras ello comenzó con el reconciliador Impromptu Op.90/3 de Schubert, en la infrecuente y anómala tonalidad de Sol bemol mayor. Estaba absorto en aquellos arpegios tan bien cincelados cuando el vocal de mi derecha me dijo algo al oído. No quise atenderle pero él insistió: No puede tocar Schubert, debe ajustarse a la convocatoria -denunció. ¿Qué? Era cierto. Debía detener el examen y advertirle que no podía tocar esa pieza, que debía ceñirse a las bases de la prueba. Muy a mi pesar interrumpí a Cancimance: disculpe pero en esta parte del examen usted debía tocar algo de Chopin, Liszt o Debussy. Me temo que no podemos admitir un impromptu de Schubert. El muchacho quedó inmóvil, sin gesto alguno, silencioso. ¿Comprende que debe ajustarse a la convocatoria? -le recordé. Entonces él trató de explicarse, diciendo que no la había leído bien, que pensaba que sí, pero que... Fue un momento muy violento para todos aunque precisamente quien menos afectado parecía era el propio Cancimance. ¿Me marcho entonces? -preguntó. No es que le queramos echar, pero debemos respetar las normas que han regido toda la sesión. Espero que lo entienda -le dije. Nos preguntó si debía cerrar la tapa del piano, luego recogió su arrugado periódico y salió por la puerta ante el silencio general de los asistentes. Los padres de los demás aspirantes no pudieron ocultar su satisfacción al ver que el enemigo a batir se autoexcluía de un modo tan ridículo e incomprensible. ¡Qué chico más extraño! -murmuró la madre de una de las vencedoras.
Tras media hora de deliberación, concedimos las plazas a dos de las chicas, aun cuando ninguno de los tres examinadores podíamos liberarnos del hechizo de aquel patético joven de las playeras blancas y verdes a quien habíamos empujado fuera de la música hasta quién sabe cuándo. El secretario pinchó la escueta lista en el tablón del vestíbulo y los demás salimos por otra puerta, evitando escenas incómodas con los excluidos. Maldecía la extraña vivencia de aquel día. Cuando por fin me encontraba con el talento que tanto había esperado, me veo en la obligación de cercenarlo debido a una absurda convocatoria que yo mismo había redactado. No podía entender qué demonios había ocurrido. Caminé sin rumbo fijo, alterado, molesto. Pero al llegar al semáforo lo vi. Allí estaba otra vez como un pelele. Mirando el mapa de estaciones junto a la boca de metro. Sin pensarlo dos veces me acerqué. Disculpe Cancimance, quería decirle que siento mucho lo que ha pasado. Estaba tocando maravillosamente... en realidad... ha sido todo un poco raro... El joven se quedó mirándome y tras una pausa comenzó de nuevo a explicarme su retahíla de ridículas disculpas propias de un niño que acaba de tirar un jarrón sin querer. En aquel momento le hubiera zarandeado. Me enfurecía esa indiferencia infantil. ¡Miles de pianistas darían lo que fuera por tener lo que usted tiene! ¡¿es que no se le ha ocurrido pensar en eso con algo de responsabilidad?! ¡¿Tiene usted idea de la cantidad de personas a las que podría hacer feliz?! -me habría gustado gritarle en plena calle. Pero quién era yo para dar lecciones. Espero que la próxima vez se lea todo correctamente -me atreví a sugerir. Le ofrecí la mano para despedirme y él la estrechó como quien retira un tique de la tintorería, mirando a todos lados. Era evidente que quería acabar con aquella estúpida escena. Una cosa más si me permite -le dije. ¿Por qué toca usted el piano? Él entonces se encogió de hombros y tras una breve pausa reveló: por mi madre, le hacía ilusión y con ocho años me apuntó a unas clases que daban por la tarde en la escuela del pueblo. -...Comprendo – le respondí; espero que lo de hoy no la decepcione, dígale que ha tocado muy bien, que yo mismo así se lo he hecho saber. – No, si mi madre murió cuando yo tenía doce años -concluyó. Me quedé quieto, sin saber cómo reaccionar, pero antes de que pudiera hacerlo ya se había dado la vuelta y caminaba escaleras abajo, dejándose absorber por el gentío. A los pocos segundos había desaparecido y nunca más volví a saber de él.
Desde entonces la convocatoria del examen de ingreso dice así:
“El aspirante dispondrá de media hora para interpretar al piano la música que considere oportuna”
viernes, 01 de enero de 2010