Jordi Caturla González
Lejos de las monumentales sonatas de Beethoven o Liszt, el periodo romántico vio surgir en el otro extremo formal las pequeñas piezas para piano, breves miniaturas frecuentemente asociadas a alguna idea extramusical y generalmente de carácter intimista. Los inicios de estas piezas “de salón” en pequeño formato pueden hallarse en Beethoven : danzas, ländler, minuetos y bagatelas abren un vía alternativa que se consolidará exitosamente en la música para piano de la época.
Mendelssohn tomó esta senda en sus maravillosas Romanzas sin palabras. El título en sí es un fiel reflejo de la dualidad romántica existente entre música y palabra, pero estas 48 “canciones” están lejos del programa o la fuerte asociación poética, ya que Mendelssohn desconfiaba de lo claramente palpable o ilustrativo; más bien evocan el carácter intimista y el recogimiento, sin ser –en sentido peyorativo- “piezas de salón”: no hay en ellas sentimentalismo vacuo, sino pequeños y sutiles mundos expresivos de sentido pleno. Las piezas, trazadas con gran perfección formal, se apoyan en el concepto del cantabile: las melodías, construidas por un gran maestro del teclado, “cantan” como nadie lo había hecho anteriormente, resolviendo magistralmente la paradoja músico-textual.
A la hora de escoger una versión en disco para las Romanzas, no hay dudas: Barenboim dio en el clavo en su increíble grabación de 1974 para DG, la referencia absoluta casi unánimemente compartida por crítica y público. Ciertamente, una vez oidas las del argentino, se hace difícil imaginar piezas de otra forma. Pasen y disfruten:
martes, 01 de diciembre de 2009