Fernando López Vargas Machuca
Recién terminadas las funciones de Los Troyanos en el Palau de Les Arts bajo la mediocre dirección musical de Valery Gergiev (¿por qué demonios se han traído a este señor?), aparecen en DVD las dos primeras entregas del Anillo del Nibelungo ofrecido a lo largo de estos últimos años por el teatro valenciano. Carlus Padrissa y su imaginativo equipo procedente de La Fura dels Baus recibieron elogios unánimes por su realización de la Tetralogía. En el título de Berlioz la controversia ha estado servida, hasta el punto de que la noche del estreno el equipo catalán fue sonoramente abucheado por un (se dice que pequeño, pero desde luego muy ruidoso) sector del público, mientras el resto del respetable salía huyendo del Palau sin mostrar apenas entusiasmo por el trabajo de los fureros. ¿Hay para tanto? Me parece que ni para el entusiasmo en el caso wagneriano ni para el desprecio en la propuesta berlioziana.
La Fura no es más que un producto de su tiempo. Un tiempo en el que priman el impacto visual, la agresividad sonora, la acumulación de sensaciones más o menos fuertes y la descarga de adrenalina muy por encima del goce que se desprende de saborear una propuesta compaginando la reflexión con el puro goce de los sentidos. Es el tiempo de la fast-food, de los grandes blockbusters cinematográficos (puros zambombazos en Dolby Digital, acompañados últimamente por asombrosos efectos en 3-D), de la publicidad televisiva de montaje aceleradísimo y de la -impulsiva, rápida, superficial- navegación por Internet. La Fura, un equipo de talento, creatividad e inteligencia sin duda extraordinarias, capaz de reciclar los elementos más variados y de amalgamarlos en un todo personalísimo y homogéneo, alcanza una capacidad de seducción verdaderamente portentosa. Lo que ocurre es que detrás de semejante acumulación -a veces mera yuxtaposición sin trabazón dramática- de deslumbrantes efectos visuales no hay más que el vacío. Mucho ruido y pocas nueces.
Si los fureros lograron seducir a casi todo el mundo con su trabajo en la Tetralogía fue por dos razones principales: que la magna obra wagneriana ofrece a lo largo de sus catorce horas numerosas ocasiones para el despliegue de los más maravillosos efectos visuales, y que Padrissa y su equipo se mostraron -al contrario que la mayoría de los registas de hoy- altamente respetuosos con la dramaturgia wagneriana, procurando potenciarla antes que dedicarse a digresiones sociopolíticas. Si gustaron menos en Los Troyanos se debe primero al menor potencial narrativo de la historia puesta en música por Berlioz, y segundo a la excesiva creatividad mostrada, y no tanto en lo que al cambio de coordenadas espacio-temporales se refiere (todo en plan futurista, con Eneas y los suyos buscando agua en otros planetas) como a la manera de servirse de la trama para desplegar todos los recursos habituales en La Fura. Pero en realidad virtudes y defectos fueron parecidos en ambas propuestas: personalidad, imaginación y extraordinaria desenvoltura escénica en un platillo de la balanza, deficiente dirección de actores, pobreza de concepto y superficialidad en el otro. Y es que no basta con manejar de manera inmejorable los recursos para narrar una historia. También hay que saber qué historia se quiere contar, y cómo poner esos recursos al servicio de ella para no caer en el mero narcisismo -por no decir onanismo- furero.
martes, 01 de diciembre de 2009