Bernstein (y tantos otros): “Sólo existen dos tipos de música, la buena y la mala”. Sí, pero ¿criterios para dilucidar cuál es buena y cuál es mala? ¿Infinitos? ¿Ninguno?
. . .
A ningún escritor que pretenda escribir un ensayo se le ocurre ponerse a la labor sin antes haber leído y estudiado toda la bibliografía posible sobre el tema. Entre los intérpretes de música, directores, solistas, cantantes, existe sin embargo el mito romántico que postula todo lo contrario: dejar su personalidad a resguardo de cualquier posible influencia de quienes han abordado la partitura que pretenden interpretar antes que ellos. El mito de la personalidad única, irrepetible, que no tiene ascendientes ni descendientes parece guiar esta actitud tan ridícula. Interpretar es, de algún modo, dictar un ensayo sobre esa partitura, y sólo quien domine toda la bibliografía –es decir, todas las versiones que de la obra han sentado cátedra– podrá aspirar a decir en verdad algo nuevo.
. . .
En arte, y en la música con él, la originalidad quizá no sea necesariamente un valor, pero la falta de originalidad sí que es desde luego una tacha.
. . .
Todas las definiciones de cuanto existe son siempre provisionales. Pero hay un momento en que funcionan como si no lo fueran; de ahí su utilidad. La música, sin embargo, es una de esas pocas realidades de la existencia –¿la única?– que jamás han alcanzado esa definición “momentáneamente definitiva”. Todas las definiciones sobre ella que son y han sido han dejado desde el punto mismo de su formulación el regusto amargo de lo insatisfactorio.
. . .
La música no es un fin en sí misma, pero fuera de ella no tiene finalidad.
. . .
La música no se desarrolla en el tiempo, sino paralelamente a él. Ésa es su grandeza, que coincide con la del sueño: crear un tiempo que ignora el tiempo y que no es un sucedáneo suyo.
. . .
Sentir la estructura, la forma. Algo en principio racional, acaba por convertirse en sensorial, en expresivo. Sólo es buen oyente quien alcanza este grado de percepción.
. . .
La mala pasada de creer que se escucha lo que en realidad no se escucha. Quien afirma que la llamada música contemporánea requiere un mayor esfuerzo de concentración, está confesando sin pretenderlo que no sabe escuchar música.
. . .
Al final, el único dueño de la obra musical es el oyente. Él es quien decide, al margen de las intenciones del compositor y del intérprete, qué hace con ella: en qué pasajes relaja la atención, en qué otros la concentra, de qué manera organiza en su mente lo que está escuchando...
. . .
Cuando la música nos da la sensación de haber “parado el tiempo”, lo que ocurre en realidad es que el intérprete de turno ha cogido el tempo exacto, que no es necesariamente el que coincide con el prescrito en la partitura.
. . .
De los más grandes intérpretes hemos aprendido que el tempo, más allá de la mayor o menor velocidad impresa al discurso sonoro, no consiste sino en el ámbito espacial capaz de permitir a la expresión de las ideas musicales alcanzar su exactitud, su coherencia, su lógica última. En cuántas ocasiones nos hemos topado con versiones que, de entrada, nos sorprenden por una lentitud o una rapidez inhabituales, para, compases después, evaporada como por arte de magia la sorpresa inicial, sentir el convencimiento de la íntima necesariedad de la opción, de su idoneidad absoluta para desplegar en plenitud el pensamiento que el intérprete está transmitiendo.
. . .
El buen intérprete no es aquel que sigue escrupulosamente las indicaciones del compositor en la partitura. El buen intérprete es aquel que es capaz de ir más allá de ellas.
martes, 01 de diciembre de 2009