Raul Mallavibarrena
Vinieron y se llevaron la Música. Sin más. No negociaron nada. Eran más fuertes. Provenían del rincón más alejado y oscuro del futuro. De allí donde el universo incierto garabatea el último recodo antes de expandirse más. No precisaron del don de la persuasión, ni del despliegue intimidatorio del guerrero invasor. Nos llevaban ventaja en todo y su mensaje fue claro:
Si queréis sobrevivir al día de hoy dadnos vuestro bien más preciado.
El edificio de la ONU sirvió de improvisado centro de debate (dadas las circunstancias era lo más parecido a un foro planetario que hemos sabido inventar). Durante horas los líderes mundiales y sus asesores trataron de unificar criterios para la gran elección. Todos los países tuvieron su oportunidad de hablar, aunque algunos de ellos (les sorprendería saber cuáles) guardaron silencio en su turno. No sabían qué decir. ¿Cuál es el bien más preciado de nuestra existencia? Los pragmáticos querían darles dinero, los filósofos “la razón”, los poetas el amor, los cobardes sus creencias, mientras los más pobres gritaban “¿qué más nos pueden quitar”? Los minutos se aceleraban y la angustia penetró en sus rostros. Al fin habló un anciano profesor, canadiense, antropólogo y diplomático respetado, pianista aficionado y cantor desinhibido en ceremonias familiares, amante de los barcos y la pesca sin muerte, amigo de los libros y las películas mudas:
La Música –dijo. Por más que nos duela, creo que es la respuesta que estamos buscando. Si ha habido un lenguaje común a todas las culturas, un incesante instrumento de felicidad para cualquier viviente ha sido la Música. Nada ha volado tan encima de las fronteras del idioma como ella. Tanto sirve para danzar como para desfilar, para entristecer como para consolar. Dibuja la risa en el rostro al infeliz y arruga en llantos la faz impenetrable del sátrapa. Hace enmudecer al convulso y adormecer al ignorante. Su naturaleza es compleja en grado sumo y se renueva con cada traductor que la sostiene. Démosles la Música y vivamos luego como mejor sepamos. Cualquier otra oferta será considerada insuficiente.
Hubo un silencio y tras él un murmullo. Después un nuevo silencio, de aceptación. A los políticos fue a quien menos les costó levantar la mano. La situación era límite y la Música fue la sacrificada. Satisfechos con su botín, al anochecer los invasores partieron camino del infinito con sus sacas repletas de sonidos curvados por la destreza. Quedamos inmóviles, rodeados del ruido blanco de la rutina. Como por arte de magia desaparecieron de un plumazo los discos y cds, los mp3 y los archivos WAV, los instrumentos, las partituras y sus atriles, las sintonías y fanfarrias, las marchas, los conciertos y cantatas, las nanas, los “éxitos de la década”, los “números uno” (y los demás también), las baladas, las coplas, los golpes sobre el cajón. Los pitos, los silbidos, las palmas, los sones y las solfas, los cantos de sirena. Compositores e intérpretes quedaron mudos, castrados. Maestros de música, constructores, programadores, managers y técnicos de sonido, todos sufrieron una imperativa reconversión, siendo reinsertados en un nuevo tejido de valores estéticos. Los críticos, por su parte, saltaron -sin grandes traumas- a las páginas del fútbol, de la política o de los toros.
Pasaron los años, las décadas, las centurias. El mundo sin músicas se tornó gris uniforme y aprendimos nuevas formas de conmover. Compensaron el hueco del ritmo y el compás las artes plásticas, el diseño multidimensional, los cronogramas y las siempre exitosas EMP (esferas multisensoriales de plasma). También el cine en 4D (aunque sin bandas sonoras). A los pocos siglos el vocablo Música había desaparecido hasta de los libros de Historia. Ya por entonces, la enésima revolución industrial abrevió el futuro ennegrecido y en poco más de mil años desaparecimos. Como el humo o el vapor. No hubo meteoros impactando Nueva York, ni inviernos nucleares, no hubo violentos tsunamis devorando las costas, ni tornados arrancando rascacielos, ni más ni menos guerras que las de siempre. Tampoco fue un virus que nos volvió a todos locos y caníbales. No éramos mejores ni peores. Nos faltaba la Música, eso sí, pero tampoco ésta hubiera podido aplazar la bajada del telón. Fundido en negro. Nada más.
Silencio. Silencio.
Mientras tanto, al otro lado del universo, un individuo superior golpeaba dos superficies cercanas siguiendo un patrón. El medio elástico que lo rodeaba se contrajo en ondas y su compañero sonrió. Algo lo impulsó a moverse. Un nuevo golpe, y otro más, y otro: Tam, Tam, toc-toc, Tam, toc-toc, Tam... Y les pareció bello. ¡Cuántas posibilidades! Era distinto, sugerente, y tan nuevo que parecía haber llegado de otro mundo.
domingo, 01 de noviembre de 2009