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Terra incógnita

Raul Mallavibarrena

En la elevada cima del nivel máximo, vinieron a concurrir un día las formas más caprichosas del talento. Unas hablaron de la inflexión suave de los vientos, otras del murmullo incesante de las cuerdas, otras del trato severo hacia los parches y las piedras, mientras las más doctas y capaces centraban su discurso en la combinatoria inagotable del ébano y el marfil. Debatieron luego sobre las aguas pantanosas de la heterodoxia acústica, sin miedo a traicionar los pilares de sus alegatos primitivos. Reiteraron su compromiso con la innovación y extendieron sus brazos hacia las polirritmias étnicas y el swing. Acogieron los avances más audaces del acorde y sus emanaciones, llegando sin prejuicios hasta los límites inciertos de la música espectral. Teorizaron sobre texturas infinitas, los colores y el collage. Lo antiguo y lo moderno. Todo vale. Descendieron entusiastas hacia el río de los hombres y les mostraron abiertamente las generosas sacas de la posibilidad. Compositores e intérpretes de todo el mundo repasaron con ellas cualquier combinación viable y se dijeron: cualquier música duerme bajo nuestro manto. A continuación descansaron en la ladera satisfechas.

Entonces, alterando el horizonte tranquilo, apareció un niño (o más o menos: no tendría los catorce). Vestía de anarquía e iba casi despeinado. Tocaba un violín hecho de maderas pobres, tensando cuerdas débiles, frotadas con un arco arañado por el tránsito de los meses y las horas. Su música no se ajustaba a nada y estaba tan distante de la libertad como de la solemne academia. Rascaba, no frotaba. El ritmo, intranscribible. La afinación, cualquier cosa. Balbucía las notas, gritaba las cadencias, quebraba melodías con desdibujos insólitos. Pero el alma de su trova obligaba a cantar con él al aire indiferente. Era como magia.

Pasó el niño ante ellas sin modificar su paso. Tocaba y tocaba como el agua o la luz. Era directo, era Música, era humano, de eso no había duda. Las formas lo escucharon. Escrutaron en silencio sus catálogos, buscaron vestigios, préstamos, huellas. Pero nada parecido apareció. Una rompió a llorar. Era demasiado hermoso. Sin mediar palabra se incorporaron todas para volver a sus vértices dorados. Aún quedaba mar por explorar. El niño siguió su marcha. La distancia creciente atenuaba sus sonidos mientras la silueta decrecía más y más hasta hacerse un punto. El violín en el hombro, el canto en el corazón, camino de la gran ciudad.

jueves, 01 de octubre de 2009
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